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La dicha de mi vocación…

Bryan Calvo Araya
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Soy Bryan Calvo Araya, tengo 25 años, el mayor de 3 hermanos, oriundo de la Parroquia San Francisco de Asís de Agua Caliente de Cartago y actualmente curso el quinto año de formación. Al hablar del llamado vocacional, estamos de frente a un misterio ¡vaya misterio! del cual inmerecidamente el Señor nos desea hacer partícipes. 

En los orígenes del llamado vocacional, tengo que mencionar a mi madre, quien hacia el final de su embarazo asistió a la Pasada de la Virgen de los Ángeles, el primer domingo de setiembre. Ese día ella ofreció a este hijo al Señor por medio de María. De ahí que el amparo maternal de María, bajo la advocación de la Reina de los Ángeles, me ha acompañado hasta el día de hoy. Nací un día después de la Tradicional Pasada.

En el 2005 ingresé al grupo de monaguillos, curiosamente fue el año en que se erigió la Diócesis de Cartago, un signo vocacional muy claro en mi proceso, la pertenencia a mi diócesis y posteriormente el llamado al sacerdocio diocesano. En el 2011 ingresé a la Pastoral Juvenil Los Ángeles y posteriormente fui lector en la Basílica de los Ángeles, es de resaltar la presencia de la Virgen de los Ángeles en esos años hasta mi ingreso al seminario.

Mi secundaria la concluí en el Colegio Vocacional de Artes y Oficios de Cartago, obteniendo un técnico medio en contabilidad y finanzas. Al salir me incorporé al mundo laboral, en el 2012. Sin embargo, no continué con los estudios en contabilidad, sino que me incliné por uno de mis sueños desde niño, ser aviador, es así como en el 2013 ingresé a una escuela de aviación, estudios que realicé por dos años, llegando incluso a practicar horas de vuelo. Todo hasta aquí vislumbraba un futuro muy prometedor, pero fue cuando se cumplió la Palabra del Señor: “Mis proyectos no son tus proyectos” (Is 55,8). Y el ofrecimiento de mami 20 años atrás a Dios por manos de María, el Señor empieza a tomarlo en serio.

Es a principios del 2014 cuando conozco al entonces acólito Walter Morales, hoy sacerdote de mi diócesis, quien por primera vez me lanza la inquietud de si he pensado en algún momento ser sacerdote. Así me lo planteó en varias ocasiones y aunque mi respuesta era que no, en mi interior empezó a germinar una voz que me decía ¿Por qué no? 

Fue en la proclamación  de la Pasión de Señor, en el Domingo de Ramos del 2014, donde “una tarde como tantas Él pasó y pasando tiernamente me miró”. Ese día no pude hacer otra cosa que aceptar que Jesús me estaba haciendo una invitación a seguirle. Cuando dejamos que Dios actué en nuestra vida, todo cambia hasta aquello que consideramos nuestros sueños y te devuelve más de lo que esperas, sobre todo en amor y misericordia.

El camino del discípulo no es fácil, es un constante estar muriendo a uno mismo y eso no siempre gusta, pero es en la mirada puesta en el crucificado donde he encontrado la dicha de mi vocación, adherirme a ella pero no con cara triste, sino con alegría. 

Muchos pueden preguntarse si vale la pena ser sacerdote hoy en día y aunque es todo un reto en estos tiempos de confusión, la obra del Señor debe seguir y aún en el Siglo XXI Jesús sigue siendo un gran desconocido por muchos, esto me exige a dar lo mejor de mí en la formación para llevar el mensaje de amor y misericordia donde el Señor así lo quiera.

 

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