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El Padre Pipo

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

Nuestra fe en el Señor resucitado nos lleva a anunciar, con esperanza, la vida eterna. “Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe… En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad.” 

Con esta firme convicción, agradecemos hoy a Dios el regalo que nos ha hecho en la persona del Padre Julio Fonseca Mora “Pipo” y en el fructífero ejercicio de su ministerio sacerdotal y, a la vez, pedimos que el Señor Jesucristo, Buen Pastor, le lleve a gozar de los pastos eternos.

Pipo puso a Dios como fundamento de su vida y como base de todo, animándonos a vivir siempre para Él: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor”.  

Nació en un hogar de ondas raíces cristianas en Barrio México, el 8 de noviembre de 1924, siendo el menor de los cinco hijos del pianista y compositor nacional Julio Fonseca Gutiérrez y la señora María Elena Mora Montero. Sus estudios primarios los realizó en la escuela Juan Rudín y la secundaria en el Colegio Seminario. Fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1948 por Monseñor Víctor Sanabria, en una época especialmente convulsa en nuestro país.

Recién ordenado fue nombrado coadjutor en la Merced, durante catorce meses fue párroco en Barbacoas de Puriscal, también fue formador en el seminario menor en San Cristobal y luego en Tres Ríos y, durante mucho tiempo, dedicó parte de su trabajo a las misiones en la zona de Sarapiquí. 

En el año 1955, según narró el Padre Armando Alfaro, su compañero y amigo q.d.D.g, el presidente José Figueres le pidió a Monseñor Rubén Odio un cuerpo de capellanes en la llamada “contra revolución” y, entre ellos fueron convocados: “Armando Alfaro; Alfonso Coto, que después fue Obispo de Limón, Edwin Baltodano, Román Arrieta, quien después fue Obispo de Tilarán y más adelante nuestro arzobispo; Julio Fonseca, mejor conocido como Pipo, quien fue teniente general de los capellanes, y José Manuel Cordero.”  

De esa etapa de servicio pastoral se nos dice: “Pipo tenía que estar en donde estuviera el enfrentamiento. Él era el que disponía… Pipo era un hombre conocido de las tropas, tenía mando, y las tropas estaban todas en Liberia. Ahí comenzamos todos en el trabajo de los capellanes”.  Su atención pastoral también se volcó hacia la Fuerza Pública a lo largo de su ministerio donde ostentó el máximo rango de coronel.

Sin embargo, a Pipo se le recordará, sobre todo, por sus 57 años de servicio en Nuestra Señora de Luján, comunidad a la que llegó cuando sólo se contaba con una humilde ermita, un galerón de madera de piso de tierra, y que formaba parte de la Parroquia de la Soledad. Se crea rectoría en 1954 y es erigida parroquia en 1976.

Es allí, donde Pipo tras una vida de entrega a Cristo y a los hermanos se convierte en toda una “institución” al hacer de “Luján” un punto de referencia en San José, cultivando el afecto de muchas generaciones. Fue un catequista consagrado, un apóstol del sacramento de la reconciliación, su servicio eclesial fue generoso, siempre disponible y cordial.

Pipo murió ejerciendo su ministerio hasta el último día de su vida, con la certeza de que Cristo es el vencedor de la muerte. Habiendo finalizado su combate y completado su carrera en esta vida, sabemos que nuestro querido Padre Pipo recibirá la corona de gloria que el Señor, como juez misericordioso, tiene reservada a los que lo aman.  

1 I Corintios 15,14.53

2 Romanos  14, 8

3 Cf. Camilo Rodríguez Chaverri, Garra de león, Vida y obra del Padre Armando Alfaro. 

4  Idem

5  Cf. 2 Tm 4, 6-8

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