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El amor que cuesta

Pbro. Juan Luis Mendoza

Aquí el término afectivo equivale a “de gusto” en contraposición al oblativo que implica siempre algún sacrificio. Esta clasificación la trae en sus libros el Padre Larrañaga. Por su parte, en la Biblia se especifican otros modos que se incluyen en uno de los dos, el afectivo y el oblativo. En el primero y hecha la traducción del griego al español, el amor de la condición sexuada, entre la pareja; el amor en la familia, los parientes; el amor de amistad, los amigos. Los tres pertenecientes a lo que designamos como amor afectivo, es decir, natural, de gusto, que no cuesta. 

Y hay un cuarto, que podríamos llamar “agápico”, de caridad, benevolente, abnegado, en fin, oblativo, con el que se es capaz de amar a todos, incluso a los enemigos, de acuerdo al mandato de Jesús: “Han oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y rueguen por los que los persiguen” (Mateo 5,43-44). 

Amar al que es pareja, familiar, amigo, es fácil, es agradable. Pero amar al que te odia, al que te hace mal, ya no es lo mismo. No es suficiente el amor afectivo, se necesita el oblativo o agápico. A propósito, el Padre Mario Montes, biblista, se explica: “Según esta cuarta categoría de “amor”, no importa lo que una persona pueda hacer o hacernos; no importa la forma en que nos trate, o si nos injuria u ofende. Siempre estará en nosotros la posibilidad de “amarla” que no consiste en “sentir algo” por ella sino en “hacer algo” por ella, prestarle un servicio, brindarle una ayuda, aunque afectivamente no se lo sienta. El amor de “agapago” no consiste en lo afectivo sino en lo efectivo. Es un amor racional y activo. Es el amor teológico. El amor total”.

Es cosa, pues, de diferenciar entre el sentir y el hacer, aquello de que “obras son amores y no buenas razones”. Incluso, se puede sentir lo contrario, siempre y cuando haya obras. Y entre ellas, el mismo Evangelio nos indica alguna en concreto: hacer el bien a quienes hacen mal, bendecirlos y orar por ellos. Cosas prácticas al alcance de todos. Ahora bien, para lograrlo, nos hemos de dejar llevar por el buen Espíritu y el amor que infunde en el corazón, el oblativo, el agápico, el que cuesta.

Aún hay otro modo de reaccionar ante el enemigo y el mal: no darse por ofendidos, porque comprendemos y excusamos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,33) y el dicho del Padre Larrañaga: “Si supiéramos comprender, no haría falta perdonar”. Al fin puro “agapago”, amor del mejor.  

 

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