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“No huyamos de la resurrección de Jesús”

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

Así como celebramos la “solemnidad de todos los santos” y reconocíamos la vocación a la santidad de todos los bautizados, un día después, recordábamos a los fieles difuntos, ocasión en que la Iglesia, de nuevo, insta a dirigir la mirada hacia la vida definitiva como un hecho que nos alcanza a todos.

En todos nuestros templos y cementerios hubo momentos de oración por aquellos seres queridos que nos han dejado, recordando su legado y pidiendo a Dios por su descanso eterno.

Es probable que, para muchos, esta sea la única fecha en el año en que la muerte, como misterio, puede ser abordado pues, prácticamente, es un tema casi prohibido en nuestra sociedad, con el agravante actual del posicionamiento de ideologías laicistas y ateas desde distintos escenarios, en detrimento de las nuevas generaciones.

El Concilio Vaticano II nos habla del misterio de la muerte como el máximo enigma de la vida humana: “El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo”.1

Benedicto XVI nos advertía: “Hoy el mundo se ha vuelto, al menos aparentemente, mucho más racional; o mejor, se ha difundido la tendencia a pensar que toda realidad se deba afrontar con los criterios de la ciencia experimental, y que incluso a la gran cuestión de la muerte se deba responder no tanto con la fe, cuanto, partiendo de conocimientos experimentales, empíricos.”2

Evitamos pensar en la muerte como esa ruta por la que todos transitaremos y hacemos de lo temporal nuestro valor supremo, buscamos la felicidad instantánea, una gratificación, aquí y ahora, un espejismo que intentamos perpetuar, sin embargo, “en una sociedad intoxicada tan frecuentemente por el consumismo y el hedonismo, la sobreabundancia y los lujos, la apariencia y el narcisismo, él (Jesús) nos llama a actuar con sobriedad, es decir de una forma simple, equilibrada y recta, capaz de ver y hacer lo esencial”.3

Sin más, quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir a partir de esa esperanza.

¿Cómo respondemos los cristianos al tema de la muerte? Confesamos la fe en Dios, con una mirada de sólida esperanza que se funda en la muerte y resurrección de Jesucristo. No damos culto a la muerte sino a aquel que nos enseña: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.4

Es el mismo Señor, vencedor de la muerte, quien nos llama hoy a renovar nuestra esperanza: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar”.5

Es Cristo, Buen Pastor, quien nos sostiene en sus hombros y a cuya Palabra nos confiamos.  Por ello, con el apóstol Pablo reiteramos “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”6

Este mismo triunfo de la resurreción debe alentarnos a vivir plenamente sobre todo en momentos en los que la oscuridad y el desánimo nos invade y, como nos recuerda el Papa Francisco: “Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” 

1Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes n.18

2Benedicto XVI, 2 de noviembre 2012

3Papa Francisco, Homilía, 25 de diciembre del 2015

4Jn 11, 25-26

5Jn 14, 1-2

61 Co 15,55.

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