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¿Parque Jurásico o la cultura del descarte al interior de la misma Iglesia?

Pbro. Edwin Aguiluz Milla

“Jurassic Park” se titula un artículo de Jorge González Guadalix, publicado desde julio recién pasado en varios sitios de Internet y reproducido en la revista Vida de Iglesia en su última edición (n.º 193). Me llamó la atención el título, por lo que procedí a leerlo, sin imaginar que los dinosaurios de los que hablaba son un grupo de teólogos, sacerdotes en ejercicio unos, y separados del ministerio, otros; ortodoxos unos, y contestatarios y heterodoxos, al menos en algunas materias, otros. Todos septuagenarios, octogenarios y nonagenarios, que tienen como “referentes”, según el autor, nada más a personas de tercera y cuarta edad. Evidentemente, unos y otros “dinosaurios” están, desde el punto de vista del artículo, fuera de juego. No tienen nada que decir al mundo de hoy; menos al de mañana. Lo curioso es que el autor es un sacerdote no joven, pues ya carga con treinta años de presbiterado (uno más que los míos). No dudo que se trata de un virtuoso sacerdote (su trayectoria parece confirmarlo); pero santidad de vida no significa que siempre se acierte en el pensamiento. No pongo en duda que escribiera con “conciencia recta”, pero, en mi opinión, errada, porque, pese a su edad, hizo una contribución a la cultura del descarte de las personas mayores. Por talante personal, rehuyo las polémicas. Entrar en una no es mi afán, sino aprovechar el artículo mencionado para hacer ver que, desde el magisterio de la Iglesia, puede haber otra forma de ver la realidad. 

El autor discrepa de la teología de estos teólogos. Tiene todo el derecho de hacerlo, aunque no de la forma en que lo hace, como diré después. Pero lo que más me preocupa es que no hay una correspondencia entre su enfoque y la enseñanza de la Iglesia en cuanto al respeto a las personas y, en particular, a los adultos mayores, de cualquier corriente teológica que sean: “progresistas” y “avanzados”, o “conservadores” y “retrógrados”, o de cualesquiera etiquetas que se les quiera endilgar.  Lo primero que no acepta el autor es que haya personas que tomen en consideración el pensamiento teológico de adultos mayores que todavía siguen pensando. Se refiere a ellos anteponiendo su edad: “91 años Aradillas… 85 Faus, 89 Castillo, 91 Gutiérrez, 81 Boff, 82 Marciano Vidal, 84 Forcano… Los jóvenes andan por Arregui (67), Pikaza (78), Masía (78), Tamayo (73)”. El argumento principal es geriátrico, pues comienza citando a otro autor, que afirma: “Cuando tus grandes estrellas tienen 85 (Faus), 89 (Castillo) y 91 (Aradillas) años y pretendes ser el referente para el futuro de la iglesia, es normal que antes o después quedes ‘algo’ rezagado en el mundillo de la información religiosa”. En este nivel de su reflexión, el autor esgrime su primer argumento, que es, reitero, un argumento de edad (en la edición mencionada del artículo, “Jurassic Park” aparece tres veces: una en el título y dos en sendas imágenes tomadas de la película que lleva ese nombre).  Personas septuagenarias, octogenarias y nonagenarias, por razón de su edad, no pueden ser las “grandes estrellas” de quien quiere “ser referente para el futuro de la Iglesia”. Según esto, por mera razón de temporalidad, deberíamos rechazar no solo el pensamiento de estos teólogos (no por su contenido, repito, sino por su edad), sino todo el magisterio de la Iglesia anterior al siglo XXI; por supuesto, también la escolástica y todos los teólogos anteriores, incluidos los Santos Padres. Son muy viejos para la sociedad actual, para los jóvenes de hoy y de mañana. Por la misma razón, no podrían ser nuestras estrellas tantos adultos muy mayores que son pilares en nuestras parroquias. Pero, en la dirección contraria, yo me resisto a dejar de tener como estrellas motivadoras a tantos de esos laicos. También siguen siendo para mí referentes nuestros obispos adultos mayores, que tanto han aportado a nuestra Iglesia costarricense y de los que seguimos enriqueciéndonos, como Mons. Hugo Barrantes y Mons. Ángel San Casimiro, de quienes tanto aprendí trabajando bajo su autoridad, y el sabio teólogo Mons Vittorino Girardi, el incansable profeta social Mons. Ignacio Trejos y el siempre apasionado pastor Mons. Rafael Barquero… A escala universal, obviamente, en el espíritu de ese artículo, no pueden ser estrellas admirables el Papa san Juan Pablo II, el Papa emérito Benedicto XVI, ni el Papa Francisco. En sus últimos años, para mí no dejó de ser una estrella envidiable el anciano padre Armando Alfaro, que todavía me inspira en mi servicio de la pastoral social. Hace poco partió hacia la morada del Padre otro sacerdote octogenario, el Muy Ilustre padre Freddy Chacón, quien para los sacerdotes de la Vicaría de San Juan Bautista y muchos otros, era un modelo de presbítero que deseamos imitar. Los límites de este artículo no me permiten incrementar la lista. Todos los lectores podrían enriquecerla con creces.

El Papa Francisco ha insistido en el fenómeno de la cultura del descarte. Por ejemplo, en Evangelii gaudium (n. 53), dice: “Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del ‘descarte’ que, además, se promueve”. Y nos enseña: “La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (n. 195). No podemos admitir el descarte de las personas por su edad, ni por ninguna otra razón. Añade el Santo Padre: “Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, ‘les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse’ (Is 40,31)” (n. 11). Nos invita a ese equilibrio que no contrapone a jóvenes y adultos mayores: “cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual” (n. 108). Ojalá que, a la luz de estas enseñanzas, desterremos de la Iglesia expresiones como la de “parques jurásicos” para referirnos a los adultos mayores, aunque discrepemos del pensamiento de algunos de ellos.

El segundo error del articulista, en mi opinión, es la simplificación del pensamiento de los susodichos teólogos. Lo más fácil –y lo menos ético– para descalificar a un pensador es caricaturizar su pensamiento. El análisis del texto no deja lugar a dudas de que, para el autor, el pensamiento de estos teólogos está a la base de un discurso actual que él resume así: “Un discurso vacío y repetitivo hasta la náusea. Basta tomar cuatro o cinco ideas para tratar de construir lo imposible: hay que estar con los pobres, mujeres al poder, abolición del celibato, vender el Vaticano y abolir la moral sexual. Se me olvidaba lo de la Iglesia democrática, que significa que, o se hace lo que yo digo, o seguimos bajo la dictadura del oscurantismo medieval”. Podemos discrepar de planteamientos de los autores mencionados. Yo, de hecho, no defiendo el conjunto de las posiciones de dichos autores; más aún, disiento profundamente con muchas de ellas. Lo que no podemos es ridiculizar la totalidad de sus esfuerzos intelectuales. Lo mismo diríamos a los “progres” –como él los llama– que descalifican en banda el pensamiento de los “conservadores”.  Somos Iglesia, no un campo de batalla. Es válida la controversia, pero con respeto y sin caricaturizar al de pensamiento contrario.

Y en cuanto a “estar con los pobres”, sí, señor, yo lo suscribo, y sufro no vivirlo más fielmente, en coherencia con el magisterio de la Iglesia, que cuenta con una muy sólida y amplia doctrina sobre la opción preferencial por los pobres, con raíces en las mayores profundidades de las fuentes de nuestra fe: la Escritura y la Tradición, no en el pensamiento de los teólogos “jurásicos” mencionados. Hoy tenemos que recordar con vigor que el magisterio de la Iglesia exige fidelidad y un religioso “asentimiento de la voluntad y de la inteligencia” (Donum veritatis, n. 23). No me parece caricaturizable lo de “mujeres al poder”. Bastaría -y urge- desempolvar la maravillosa Carta apostólica Mulieris dignitatem, publicada hace 31 años por san Juan Pablo II, sobre la dignidad y la vocación de la mujer, que recapitula las enseñanzas del magisterio eclesial preconciliar, conciliar y postconciliar sobre la mujer, para entender las enseñanzas actuales del Papa Francisco al respecto (por ejemplo, en los números 103 y 104 de Evangelii gaudium). Estar de acuerdo con estas enseñanzas no significa promulgar la “abolición del celibato, la venta del Vaticano y la abolición de la moral sexual”. 

Que el Espíritu Santo nos ayude a vivir en la Iglesia las diferencias y discrepancias, ante todo, desde la caridad. Y del autor del artículo, pese a las diferencias con su pensamiento, me permita a mí enriquecerme de su amor a la Iglesia y a sus feligreses campesinos en las sierras madrileñas. 

 

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