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Llamados a vivir el amor

Mons. José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”1 es la expresión del Señor que sirvió de lema al recién celebrado Año de la Misericordia y que el pasado domingo resonó en nuestros corazones como un llamado a vivir el amor sin medida, siguiendo el ejemplo del Padre. Por consiguiente, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en la perfección del amor. 

Jesús nos ha propuesto un estilo de vida absolutamente novedoso y contrastante con la oferta del mundo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente… Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio…”

Todos los razonamientos que el Señor nos ofrece son, primeramente, expresión de su forma de actuar caracterizada por el perdón y el amor a los demás. Estos criterios, a su vez, deben impregnar el modo de relacionarnos unos con otros, teniendo los mismos sentimientos de Cristo.2

Su propuesta difiere de la conducta que percibimos, habitualmente, en nuestras familias, en los centros de trabajo, en las calles, en los medios de comunicación, en las redes sociales, en la política y hasta en la Iglesia. Hemos invertido los consejos evangélicos combatiendo a los enemigos, haciendo el mal a los que nos odian, maldiciendo a los que nos maldicen, difamando a los que nos difaman, en fin, cobrando venganza ante cualquier ofensa.

“No juzguen” es un consejo que Jesús nos da insistentemente: «¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, ¿déjame sacarte la mota de tu ojo, cuando no ves la viga que hay en el tuyo?”3 La severidad de mi juicio contrasta con mi propio pecado, de allí que el apóstol Santiago nos recuerde: “¿Quién eres tú para juzgar a tu prójimo?”4

Al decirnos: “No condenen” Cristo nos advierte que al sellar con un estigma al hermano corremos el riesgo de equivocarnos, de cometer graves injusticias y de causar daños irreparables. Vale recordar como nuestra sociedad ha socavado la presunción de inocencia como derecho fundamental, para dar paso a los juicios mediáticos que tanto hieren la dignidad de las personas.

Jesús nos llama a perdonar, a revestirnos de sentimientos de ternura, de bondad y de magnanimidad: “Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»” 5

Al respecto, dice el Papa Francisco: “Si tú no sabes perdonar, no eres cristiano. Serás un buen hombre, una buena mujer… Pero no haces lo que ha hecho el Señor.  Y también: si tú no perdonas, no puedes recibir la paz del Señor, el perdón del Señor.”

No nos quedemos solamente contemplando el gran misterio del amor de Dios sino imitemos al Padre en su amor desmedido, mirando a los otros con misericordia y compasión. 

1Lc 6,36

2Filipenses 2,5

3Lucas 6,41

4Santiago 4,12

5Mateo 18,22

 

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