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Sin Jesús no hay Navidad

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

En muchos corazones quedó resonando la advertencia del Señor en el Evangelio del pasado domingo: “Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida de vicio, el libertinaje, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso.”1

Sin perder de vista que dichas palabras apuntan a la segunda y definitiva venida de Cristo, podemos repasar esta exhortación para examinar, puntualmente, la manera en la que los cristianos nos “preparamos” para conmemorar su nacimiento. 

Llamados a crecer espiritual y moralmente, los creyentes debemos tomar conciencia de cómo esta lógica de la navidad comercial o la navidad sin Cristo influye en nosotros y condiciona, y muchos cristianos, desentendidos de una auténtica vida de fe, con sus actitudes desisten a ennoblecer y santificar estas fechas. Ya lo decía San Pablo VI, “la fascinación de la vida profana es hoy poderosísima”.2

A la habitual embestida consumista que estimula el derroche irracional en la época navideña, ahora debemos coligar lo superficial, lo vulgar y lo absurdo de algunas costumbres impuestas en estas fechas.

Una vida de vicio, el libertinaje, las borracheras o las preocupaciones de este mundo son presentadas por Jesús como aspectos que distorsionan, enajenan y distraen nuestra atención durante su espera, al punto de dejarnos aletargados o inconscientes. Somos esclavos del egoísmo, de los vicios y del pecado y, por tanto, es necesario que nuestras conciencias se conviertan a la justicia, a la fraternidad y a la sobriedad que Jesús nos propone, al hacerse uno de nosotros.

En su sobriedad, el adviento nos va disponiendo para reconocer “la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza.”3 Este tiempo preparatorio es, pues, una valiosa oportunidad para superar nuestros apegos y así, fraternalmente, enriquecer a otros. 

El niño que nacerá es acogido por una familia humilde. Padre, madre e hijo recién nacido se tienen y se entregan a sí mismos. En el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios es confiado a la entrega amorosa de María y José y, desde entonces, en cada navidad las familias unidas, con sus alegrías y problemas, son bendecidas por este regalo maravilloso del Padre: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.4

La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con los otros. “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.”5

Retomemos lo esencial en esta época del año. Compartamos en familia con alegría y responsabilidad, cuidémonos mutuamente, renunciando al propio egoísmo y a todo deseo desordenado que nos impida buscar la felicidad auténtica, a Cristo mismo. Entonces sí que seremos verdaderos constructores de la civilización del amor, que como anhelo acariciamos en la profundidad de nuestros corazones.

1Lucas 21,34

2Ecclesiam Suam,n.23

3II Corintios 8,9

4Juan 3,14

5CF. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.88

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