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Dios habla al corazón

German Rojas Merlo
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Soy de la Parroquia Nuestra Señora del Pilar de Tres Ríos, y actualmente curso el último año de formación del Seminario, a mis 31 años. Plantear el inicio de una historia vocacional es difícil, debería marcarse su inicio en el primer contacto con Dios, por lo que ocurre desde que Él nos ha pensado. 

Cómo nos haya pensado, y para qué, es el más grande misterio del ser humano. Encontrar la respuesta a esta pregunta fundamental constituye todo el esfuerzo de una vida que nunca se llega a culminar más que en su presencia.

En mi niñez estos contactos con Dios fueron muchos, aunque a veces muy desapercibidos por mi parte, y solo el tiempo es capaz de revelarlos con su verdadera fuerza. Momentos de sencillez como ir a una procesión en San José, contemplar a Cristo en el sepulcro en una imagen que refleja sufrimiento pero paz, cuestionan sobre por qué ocurrió algo así. ¿Por qué mataron al Señor?, y la tierna respuesta de mi mamá: “por salvarnos”, van revelando quién es Él, y se plantea una relación nueva con alguien que parece que nos conoce mucho, pero que pareciera difícil encontrar. 

Al crecer se me enseña que puedo hablarle, sin embargo, no me responde, al menos como uno lo espera. Este gran misterio es uno de los que más que me ha costado resolver, porque Dios no habla con palabras que tengan sonido, habla con palabras al corazón que se descubren en el silencio. En muchos momentos he logrado escuchar estas palabras, aunque decir escuchar es erróneo, porque mis oídos no las han captado, ha sido mi corazón, al que he tenido que entrenar para percibirlas. 

En la experiencia de la Jornada de Vida Cristiana del año 2006 percibí una de estas experiencias, e inició un camino de interrogantes que me han acompañado desde entonces. Al comentarle a un sacerdote esta inquietud empieza un camino de compañía fidelísima de la Iglesia a mi vocación, en esto he percibido con toda verdad que la Iglesia es Madre, me ha cuidado, alimentado, enseñado, guiado, corregido, aunque mi respuesta no ha sido siempre igual de contundente; el ser hijo de la Iglesia es un papel que he vivido entre luces y sombras, siempre cuesta ser agradecido con la mamá, muchas veces se supone el cariño, pero siempre hay que hacerlo evidente. 

El proceso de Seminario ha sido largo, inicié en el Introductorio en el año 2008, allí encontré el lugar en el que Dios ha querido trabajarme, el contacto cercano con los padres formadores, los compañeros seminaristas, van formando el corazón y ayudan a que la relación con el Señor crezca. Allí descubrí que lo primero que Dios quiere para cada uno es la felicidad. Luego del quinto año de formación se me pide interrumpir el proceso, un momento difícil porque no era algo que yo quisiera, pero fue el momento de gracia en que Dios me mostró su amor y providencia eterna. Trabajando con niños de escuela pude estar muy cercano al dolor humano, entender que no todos tienen las mismas oportunidades, y que la mayor carencia del ser humano es Cristo. 

Al estar cercano el final del proceso de Seminario miro con agradecimiento, descubro que Dios ha estado siempre allí, que me ha hablado, me ha escuchado, me ha educado, corregido y sobre todo amado. Me descubro frágil, con grandes posibilidades de servirle, pero consciente de que es algo que se debe cuidar, en completa intimidad con Él, pidiendo su fuerza y siendo dócil a su acción. 

 

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