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¿Cómo puede la Sangre de Cristo lavar los pecados?

Monseñor: Por favor, no se sorprenda de mi pregunta; estoy empezando una mejor formación cristiana y me brotan muchas inquietudes y preguntas.

Jesús dejó el Bautismo a su Iglesia para limpiar el pecado original y otros pecados para los que reciben el Bautismo ya adultos. ¿En qué sentido, entonces, hay que entender la afirmación de que Cristo lava nuestros pecados con su sangre? ¿Cómo puede la sangre lavar pecados? Muchas gracias por su respeto y paciencia”.

Paula Bermúdez L. - La Guácima, Alajuela

Estimada Paula, es muy comprensible su sorpresa. Si entendemos fácilmente que el agua del Bautismo, por el poder que Cristo ha comunicado a los Sacramentos instituidos por Él, puede “lavar” nuestros pecados, nos sorprende que se diga que la Sangre de Cristo nos lave de nuestros pecados.

Para entender el sentido de esta afirmación, hay que volver a los ritos del Antiguo Testamento. Entre los varios sacrificios en que se ofrecían animales (sacrificios de alianza, sacrificios de comunión, holocaustos…) ocupaba una gran importancia el sacrificio de expiación o purificación. Lo encontramos descrito con detalle en el libro del Levítico, en su capítulo 16. Cada año, con la sangre de los animales sacrificados, el Sumo Sacerdote rociaba lo que se encontraba en el “santuario” que correspondía a la parte más importante y sagrada del templo. De ese modo -leemos en el Levítico- “purificará el santuario de las impurezas de los israelitas y de todas sus rebeldías en todos sus pecados” (Lev 16, 16).

Como podemos ver, propiamente no es la sangre la que “lavara” a los israelitas de los propios pecados, sino que el sacrificio y el hecho de rociar con la sangre expresaba la necesidad de pedir perdón y la confianza de que Dios se lo concediera. Se trataba de un rito de expiación: con el sacrificio de los animales y la aspersión de la sangre se significaba la necesidad de recibir el perdón por los pecados cometidos durante el año.

Ahora bien, como acontece muchas veces en nuestro modo de hablar, pasando del medio con que se obtiene la purificación, al hecho de la misma purificación, podemos decir que la “sangre nos purifica o nos lava”. Es por eso, que en el salmo 50, el salmo penitencial por antonomasia, el pecador suplica: “rocíame con el hisopo y seré limpio, lávame y quedaré más blanco que la nieve” (50, 6)… y vale la pena recordar que en el mismo libro del Levítico se prescribe que se rociara con la sangre a un enfermo de la piel para declararlo “limpio” y puro (cfr Lev 14, 4).

Si ha tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, estimada Paula, puede ahora comprender el sentido de las palabras de Jesús al instituir la Santa Eucaristía: “Beban todos de ella (la copa) -dijo Jesús a los Apóstoles- porque ésta es mi Sangre de la Alianza, Sangre que es derramada por el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Como también nos resulta clara la afirmación del Apocalipsis: “Jesucristo, el testigo fiel, el que nos ha lavado con su sangre, de nuestros pecados (Ap 1, 5).

Otra vez lo repetimos: como acontece muchas veces, en nuestro modo de hablar, también en este caso, se ha pasado del hecho de pedir perdón y de obtenerlo por la confianza en Dios, a acentuar el signo (sangre) con que se ha expresado la súplica de perdón.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿Existen milagros reconocidos fuera de la Iglesia Católica?

 “Mi consulta es la siguiente: Sé que la Iglesia Católica tiene todo un protocolo y unas comisiones que investigan los supuestos milagros, antes de que éstos sean oficialmente reconocidos como tales por la Autoridad Eclesiástica. Normalmente los milagros reconocidos como tales son aquellos que han sido obtenidos directamente de Dios o por la intercesión de María Santísima o de otros santos, y que acontecen dentro de la Iglesia Católica. Sin embargo, (de ahí viene mi consulta) un supuesto milagro que ocurre fuera de la Iglesia Católica, o sea, dentro de un grupo no católico (sé bien que muchos son sólo “show”), este milagro, ¿podría ser investigado según el protocolo y Comisión autorizada para su investigación? ¿En caso de demostrar la autenticidad de tal milagro, la Iglesia Católica lo reconocería? ¿Ha sucedido alguna vez? Muchas gracias por su respuesta”.

Walter Antonio Bosques B. - San José

Estimado don Walter: es como usted hace comprender. La Iglesia Católica procede con mucha cautela y prudencia cuando se trata de posibles milagros. Lo que la Iglesia de Cristo pretende y debe, es ser “servidora” y cooperadora de la Verdad; no debe en absoluto buscar “llamar la atención” o “ser noticia”, sino, proponer la verdad, la que nos hace libres.

Le doy un ejemplo: cuando en la Congregación de los Santos (Dicasterio o Ministerio de la Iglesia que se encarga de las canonizaciones) se propone un posible milagro, hay una comisión de varios médicos especialistas que deben dar el veredicto acerca de su autenticidad, antes que la misma Congregación lo pueda considerar tal y obtenido por la intercesión de alguien que se quisiera beatificar o canonizar.

Ahora bien, no podemos negar que alguien que pertenezca de “buena fe” a una religión distinta de la cristiana católica, pueda obtener, con su oración hecha con fe sincera y profunda, una intervención milagrosa de parte de Dios… Dios mira la autenticidad de la Fe, no a los posibles límites y errores de una determinada religión. Le presento un caso que conocí directamente. En Khartum, Sudán, África, se encontraba una señora en muy grave situación; los médicos no tenían ya ninguna esperanza. Ella y su esposo médico eran musulmanes… Se les preguntó si estaban de acuerdo en que se pidiera un milagro en su favor por la intercesión de un posible santo católico. Ellos estuvieron anuentes y se unieron en oración dirigiéndose obviamente a Alah, mientras que los médicos y enfermeros católicos de aquel mismo hospital se dirigían suplicantes a nuestro Dios por la intercesión de Daniel Comboni… Dios concedió el milagro y fue reconocido tal por la Autoridad Eclesiástica. No creo que el milagro haya sido obtenido sólo por la fe y la confianza de los católicos, sino también por la fe humilde de aquella familia musulmana. ¡Fue por la fe de todos! Ellos mismos lo creyeron y se unieron a dar gracias a Alah.

Alah es un nombre distinto, pero para indicar al mismo Dios, Creador y Padre de todos.

¿Significa esto que todas las religiones se equivalen? ¡De ninguna manera! En efecto, “Dios quiere que todos lleguen al conocimiento de la verdad” (I Tim 2, 4) y de ahí deriva el deber que todos tenemos de buscar la Verdad. Sin embargo, Dios mira el corazón y la conciencia de cada uno y según esa misma conciencia Él nos ve y nos juzga. Lo ha afirmado con toda claridad el mismo Concilio Vaticano II en su Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Alegría y Esperanza) en su número 16: “La conciencia es el núcleo más secreto del sagrario del hombre en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella […] La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad.

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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¿Los católicos enseñamos doctrina que no está en la Biblia?

“Hace unos días, un hermano evangélico me lanzó una pregunta a la que no supe contestar con seguridad y suficiente convicción. Me dijo: “¿con qué derecho los católicos enseñan doctrina que no está en la Biblia? Además, me hizo observar que Jesús reprochó a los judíos porque dejaban los mandatos de Dios para seguir sus tradiciones. ¿Me ayuda, Monseñor? Con la gratitud de todos ”.

Wagner Quirós J. - Cartago

Como ya lo hice notar en otras ocasiones, siempre es peligroso acudir a frases sueltas de la Biblia para defender un propio punto de vista. En efecto, la cita que le presentó el hermano evangélico, estimado don Wagner, corresponde a lo que leemos en Mc 7, 8, pero no es correcto utilizarla para negar la importancia de lo que la Iglesia Católica llama Tradición.

Ante todo, hay que recordar que la Tradición precedió a la Palabra de Dios escrita, que encontramos en la Sagrada Escritura. Primero se dieron los Hechos y la Revelación que fueron transmitidos de viva voz u oralmente y, con el tiempo parte de ellos y de esas Palabras, fueron consignadas y transmitidas por escrito. Baste recordar este conocido texto del Evangelista san Juan: “Jesús hizo muchas otras cosas; tantas que, si se escribieran una por una, creo que en todo el mundo no cabrían los libros en que podrían escribirse” (Jn 21, 25). Claro, san Juan está exagerando, pero bien nos hace comprender que los primeros cristianos conocían muchos más hechos y palabras de Jesús que los que se nos han transmitido en los santos Evangelios.

De lo que acabo de afirmar, comprendemos que lo que Dios ha revelado (Él es la fuente de la Revelación) ha llegado a nosotros por dos canales, el de la Tradición y el de la Sagrada Escritura. Hay varios textos bíblicos que lo afirman. He aquí unos de ellos:

“Así que, hermanos sigan firmes y no se olvide de las tradiciones que les hemos enseñado personalmente y por carta” (2Tes 2, 15).

“Sigan practicando lo que les enseñé y las instrucciones que les di, lo que me oyeron decir y lo que me vieron hacer, logrando así que el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4, 9).

“Lo que me has oído decir delante de muchos testigos, encárgaselo a hombres de confianza que sean capaces de enseñar a otros” (2Tim 2, 2).

La Iglesia Católica siempre vivió con esta convicción, particularmente por lo que se refiere al modo de entender e interpretar la misma Sagrada Escritura. Hay que tener bien presente cómo la Iglesia a lo largo de su historia, ha leído e interpretado ciertas afirmaciones de la Sagrada Escritura. Eso pertenece precisamente a la Tradición de la Iglesia. Le doy un ejemplo. En los Evangelios se habla de los “hermanos de Jesús”; pues bien, esa palabra, hermanos, nunca fue entendida en la Iglesia Católica como si se tratase de hermanos hijos de la misma madre. En sintonía con esta Tradición, el Papa Martín I, en el año 649, proclamó el dogma de la Virginidad de María antes, en y después del parto. Esto equivale a afirmar que Jesús fue el hijo único de María y que la palabra “hermanos” hay que entenderla como “primos o familiares”. ¡Cómo es importante la Tradición!

Al respecto es muy reconfortante el testimonio que nos transmitió San Ireneo de Lyon, quien vivió entre los años 140-205 de nuestra era. “En todas las Iglesias del mundo -escribió- se conserva viva la tradición de los Apóstoles, pues podemos contar a todos y a cada uno de sus sucesores hasta nosotros. ¡Cómo sería largo enumerar aquí la lista de obispos que sucesivamente han ocupado la silla de Roma, la mayor y la más antigua de las Iglesias, conocida en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo! La tradición de esta Sede basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la verdad, pues, ciertamente la preeminencia de la Iglesia de Roma es tal que todas las Iglesias que aún conservan la tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas”.

Unos cincuenta años después, Orígenes, muy destacado autor cristiano, oponiéndose a los que afirmaban que la Sagrada Escritura era la única transmisora de la verdad revelada, escribía: “lo único verdaderamente cierto es lo que en nada se aparta de la Tradición eclesiástica y apostólica”.

Lo sorprendente y paradójico es el caso de los protestantes y evangélicos, quienes, negando la Tradición de la Iglesia Católica no niegan toda tradición, sino, que la sustituyen con la tradición de Lutero, de Calvino o del propio Pastor (¡Lo digo con respeto!) En efecto, los luteranos afirman que hay que leer la Escritura como enseñó Lutero y esa es, pues, la tradición que se ha impuesto, durante unos quinientos años en su denominación cristiana. Y esto equivale para cualquier comunidad que se considera cristiana, pero no católica. Cada una de ellas tiene su propia tradición en que se afirman supuestas verdades que no se encuentran en absoluto en la Biblia. Un ejemplo más: ¿en dónde se encuentra, en el Nuevo Testamento, cumbre de la Revelación, tanta insistencia en el diezmo? Sabemos que el tema del diezmo se encuentra en el Antiguo Testamento, pero no la insistencia y el modo en que con mucha frecuencia es presentado en las reuniones evangélicas, eso no es en absoluto bíblico, sino sólo su tradición.

Ya me alargué “demasiado”, pero por la importancia del tema vamos a leer lo que afirma el Concilio Vaticano II al respecto: “La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos iluminados por el Espíritu de la verdad la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Es por eso que la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así, ambas se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, 9).

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿Qué debemos pensar de los ataques a la Iglesia?

“Monseñor: después de tanta insistencia de parte de algunos medios acerca de los graves errores de unos sacerdotes, parece que han disminuido los ataques. A qué se deba esa “tregua” no es fácil establecerlo... lo que cuenta es nuestra justa reacción cristiana. ¿Qué debemos pensar, Monseñor?”. 

José Fabio  Ruiz - Cartago 

Es normal que los “ataques” nos duelan. Nos preocupa y mucho, que la tanta insistencia mediática acerca de las faltas morales cometidas de parte de algunos sacerdotes, difunda una falsa imagen de la Iglesia, especialmente entre los jóvenes. 

Ellos ya van enterándose de tantas y constantes expresiones de maldad y de corrupción, que ya podrían considerar la honestidad y la nobleza, en una palabra, el bien, como algo que de hecho no se da, y en ninguna institución. 

Los adolescentes y jóvenes necesitan extremadamente, “ver” y experimentar que es posible una existencia en que haya una clara frontera o límite entre el bien y el mal, entre valores propiamente humanos y propuestas claramente deshumanizantes, y constatar, al mismo tiempo, que hay personas que dan testimonio vivencial de esos mismos valores... Un solo ejemplo: ¡Qué extraordinaria ayuda fue para el adolescente Santo Domingo Savio, conocer y ver la belleza de una vida entregada, en su gran formador, San Juan Bosco!

Sin embargo, estimado don José Fabio, más que los “ataques”, justamente nos deben doler las causas que los motivan y en nuestro caso el mal que se hizo “noticia”. La Iglesia no debe temer tanto los ataques e inclusive persecuciones desde afuera, cuanto el mal que hay en ella misma. Las críticas (aunque no sean motivadas por afán de justicia, sino por otros intereses) nos ayudan en el necesario y constante proceso de reforma que la Iglesia necesita y que entonces son bienvenidas. Desde siempre la Iglesia ha sido descrita como “reformata et reformanda”, es decir, reformada y necesitada de reforma, de conversión. 

Y en relación a los sacerdotes, su comentario, don Jose Fabio, me hizo recordar una apasionada súplica del gran santo mariano, San Luis Maria Grignon de Montfort. Le transcribo algunas expresiones: “Senor Jesus, te súplico por tu madre María. Acuérdate de ella que te ha engendrado; acuérdate de quien eres hijo y concédeme lo que te pido. ¿Qué te pido? ¡Sacerdotes libres! Libres segun tu libertad, desprendidos de todo y de todos; desprendidos de amigos según los criterios mundanos, y sin apegos a la propia voluntad. ¡Libres! Hombres plenamente entregados a ti por amor y disponibles a tu querer, hombres segun tu corazón. Nuevos David que llevan el palo de la Cruz y la honda del Santo Rosario. Hombres libres, siempre dispuestos a “correr” y a sobrellevarlo todo contigo y por ti, como nuevos Apóstoles. Libres, verdaderos hijos de María. Como Santo Domingo, irán por doquier con la antorcha luminosa y encendida del Evangelio en la boca y el Santo Rosario en la mano”. 

¡Los santos ven lejos y ven bien! Es por eso que el patrono de todos los sacerdotes, el Santo Cura de Ars, San Juan M. Vianney, escribió: “el mejor regalo que Dios concede a un pueblo es un santo sacerdote”. 

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

 

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¿Qué es la “segunda muerte” que aparece en el Apocalipsis?

Monseñor, en el libro del Apocalipsis, el cual me resulta de difícil interpretación, me encontré con la expresión “la segunda muerte”; ¿me puede iluminar un poco más acerca de su sentido y por qué el Autor le llama así?”.

Mayra González Ch. - Cartago

Estimada Mayra: La palabra Apocalipsis es la transcripción de un término griego que significa revelación. Se trata de una revelación ofrecida por Dios, de hechos y realidades ocultas, conocidas sólo por Dios y que se refieren, en especial, al futuro. Y tal revelación se da por medio de visiones. Éstas, a su vez, no tienen valor por sí mismas, sino por el simbolismo que encierran. En el Apocalipsis todo, o casi todo, tiene valor simbólico: los números, las cosas, las partes del cuerpo y los mismos personajes que entran en escena…

Ahora bien, la dificultad mayor en su lectura procede precisamente de la complejidad de los símbolos de no fácil interpretación, cuando además, muchos de ellos proceden de profetas del Antiguo Testamento, como son Ezequiel y Daniel.

En cualquier caso, estimada Mayra, más allá de las dificultades de interpretación, tengamos presente que la intención del Autor sagrado no es la de infundir miedo, sino la de animar con la certeza de que la Comunidad Cristiana está sostenida por la fuerza de Cristo, quien nos repite, como a los Apóstoles: “Pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Vuelvo ahora, a su pregunta. La “segunda muerte” debe ser entendida por su contraposición a la “muerte corporal” que sería, pues, la primera y que nos afecta a todos indistintamente. Según el autor del Apocalipsis, que en esto piensa como el Autor del Cuarto Evangelio, lo que todo creyente debe temer como el “mal supremo”, es la separación de Dios; esa sería la muerte en sentido pleno, no tanto la muerte corporal.

No hay que olvidarlo: nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos (Mt 22, 32). La muerte corporal en lugar de separarnos de Dios es paso a la verdadera Vida. Lo que es realmente muerte, es la separación eterna de la misma fuente de la vida que es Dios. Esa es la “segunda muerte”, según el Apocalipsis.

Son varios los textos que a ella se refieren. Aquí se los transcribo: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte” (2, 11); “Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino, que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán por Él mil años” (20, 6); “La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego -ese lago de fuego es la muerte segunda- y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (20, 14-15); “Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (21, 8).

Son afirmaciones que espontáneamente nos hacen recordar la súplica que el Ángel enseñó a los pastorcitos de Fátima Lucía, Francisco y Jacinta: “¡Oh Jesús mío!, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.

 

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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