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¿Dios puede hablarle directamente a una persona?

“Monseñor, ante todo saludarle y desearle todo lo mejor. Participamos en reuniones de reflexión y oración y particularmente mi esposo se queda perplejo y en algún momento lo veo inclusive molesto, cuando alguien del grupo afirma con mucha seguridad: “es que Dios me ha dicho…” y a lo mejor lo vuelve a repetir en la reunión sucesiva. ¿Será verdad que Dios les habla directamente a algunas personas privilegiadas? Lo que a veces más me sorprende es que personalmente no siempre estoy de acuerdo con lo que alguien se atreve a proponer como voluntad de Dios, ya que, según él, “Dios se lo ha dicho”. ¿Qué nos aconseja, Monseñor? ¡Muchas gracias!”

D. y R. – Heredia.

Que Dios puede hablarle directamente a alguien, está fuera de toda duda, aunque no siempre podemos establecer como eso acontezca.

Todos conocemos como empieza el capítulo 12 del génesis: “El Señor le dijo a Abrán: sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre…” (Gen 12,1). 

En la historia de la Iglesia nos encontramos luego con no pocos santos y santas que nos aseguran que Jesús les ha hablado y por el contenido de los mensajes y por la santidad de los “mensajeros”, todo hace creer que se trata de acontecimientos verdaderos y de origen sobrenatural. Entre estos “mensajeros” del Señor podemos recordar a Santa Margarita María Alacoque, extraordinaria cooperadora en la difusión de la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, así como Santa Faustina Kawalska, apóstol de la Divina Misericordia. Más atrás en la historia, todos recordamos lo que le dijo Jesús a San Francisco de Asís: “restaura mi Iglesia”.

No podemos por otra parte olvidar los varios mensajes que la Virgen ha confiado a videntes como Maximino y Melania en La Salette (Francia), a Santa Bernardita en Lourdes, a Lucía, Francisco y Jacinta en Fátima.

Lo que nos sorprende es que alguien, inesperadamente afirme, una y otra vez: “Dios me ha dicho que…”. Es fácil constatar que se trata de pensamientos o de afirmaciones que han ido como “adueñándose” de la mente y de la intimidad de alguien y que así le hace pensar que es “palabra de Dios”. Es demasiado fácil confundir el pensamiento propio insistente o un deseo profundo, como “mensaje” de Dios y otorgarle así seguridad y certeza, para uno mismo, en el propio actuar y poderlo luego proponer como voluntad de Dios, y consecuentemente como algo indiscutible.

Bien distinto ha sido el actuar de los auténticos “mensajeros” de Dios o de la Virgen, quienes en ningún momento han buscado “publicidad” y más bien todo lo contrario. 

Una palabra aparte merecen las que llamamos “buenas inspiraciones”. En el camino de la vida cristiana, no estamos solos, Dios actúa en nuestras vidas y así surgen en nosotros los buenos deseos y las buenas inspiraciones, como pueden ser el deseo de entregar la propia vida en el servicio sacerdotal y en la vida consagrada o el deseo humilde de orar más, de ser más generosos con los pobres y enfermos, etc. 

Se trata de deseos que vienen de la acción del Espíritu Santo en todos nosotros y que se distinguen de otros deseos simplemente naturales que brotan en nosotros por las normales inclinaciones. Las buenas inspiraciones, nos hacen experimentar una paz y una alegría íntimas, distintas de la simple sensación de bienestar corporal, y hacen acrecentar la comunión, la solidaridad, el perdón (cuando es necesario) en nuestras relaciones, y llevan siempre el sello del sacrificio, de la abnegación y de la renuncia a toda forma de egoísmo. Esas son las señales de que se trata de inspiraciones que vienen del Espíritu Santo (cfr. Gal 5, 22-25). 

No cabe ninguna duda: lo que hace crecer nuestra vida cristiana son la docilidad y generosidad con que vamos realizando las “buenas inspiraciones” y no tanto la pretensión, manifestada públicamente, de que “Dios me ha dicho…”.

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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¿La Iglesia aprueba la incineración de los cuerpos?

“Monseñor, algunos compañeros comentan que prefieren, una vez muertos, que su cuerpo sea cremado y así incinerado y no enterrado. Cuando recibía catequesis, hace ya bastantes años, se nos decía que la Iglesia no aprobaba esa práctica. Actualmente, Monseñor, ¿qué opina la Iglesia? Con todos los lectores del Eco, muchas gracias”.

José Fajardo L. - San José

Estimado don José, en otra ocasión hace ya tiempo, algo comuniqué sobre este tema. Sin embargo, para servirle con gusto, vuelvo sobre lo que escribí, ampliándolo.

La palabra “incineración” deriva del latín “incinerare”, y significa quemar un cadáver para reducirlo a cenizas. En la antigüedad se daba esta práctica en varios pueblos, y de entre ellos, entre los Romanos y Griegos. Hoy en día, no pocos sociólogos y economistas, han llegado a pensar que la “incineración” se ha vuelto una necesidad, particularmente en grandes ciudades, debido a la falta de espacio y al alto costo de terrenos aptos para sepultar a difuntos (panteones o cementerios).

Es verdad lo que usted nos escribe don José, en el pasado la Iglesia reprobaba la incineración o cremación de los cadáveres, porque esta práctica se presentaba como asociada con el paganismo e incluso vinculada con el rechazo de la fe en la vida del “más allá,”  en la vida eterna.

Sin embargo, en 1983 se publicó el Nuevo Código de Derecho Canónico en que se han reunido las leyes universales para toda la Iglesia Católica. Ahí se afirma abierta y claramente que la “incineración” está permitida, obviamente siempre y cuando no sea interpretado como rechazo a la doctrina católica (cfr Can. 1176)

En sintonía con lo que establece el Nuevo Código, en el Ritual de Exequias Cristianas, encontramos las siguientes indicaciones. “Aunque la cremación este permitida por la Iglesia, no por ello posee el mismo valor que el entierro del cuerpo. La Iglesia prefiere y exhorta a que el cuerpo del difunto esté presente en los ritos funerarios puesto que la presencia del cuerpo humano refleja mucho mejor los valores que la Iglesia expresa y afirma en sus rituales”.

Es por eso que, si los familiares del difunto, o él antes de morir, han optado por la cremación, los ritos religiosos de las exequias conviene que sean celebrados antes del que el cadáver sea incinerado. 

En cualquier caso las “cenizas” merecen el mismo trato y respeto debido al cuerpo humano del cual proceden. Esto implica que el recipiente o cofre en donde se coloquen las cenizas, sea digno y, de ser posible, que se distinga con algún signo religioso. Lo mismo se diga del lugar en donde sean conducidas y colocadas las cenizas. 

La práctica de esparcir las cenizas en el mar o en otro espacio libre, como en la montaña o en bosques, e igualmente el conservar el cofre de las cenizas en el hogar del difunto, no parecen ser la forma respetuosa que la Iglesia espera y requiere para lo que ha quedado de sus hijos difuntos (cfr. 417 del Ritual de Exequias Cristianas)

A imitación de los primeros mártires cristianos, es deber nuestro fijarnos en lo esencial. A ellos no les importaba el morir quemados (pensemos por ejemplo en la primera masiva persecución por decreto de Nerón en que muchos fueron quemados vivos) o destrozados por las fieras, con tal de dar testimonio de su fe en Cristo, victorioso de su muerte y de la nuestra.

Es una pena que muchas veces, algunos se fijan más en detalle o en algo secundario como es en dónde y el cómo serán enterrados, y no en lo realmente importante, que es el estado de su vida interior y su preparación para el encuentro definitivo con Dios.

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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¿Los católicos enseñamos doctrina que no está en la Biblia?

“Hace unos días, un hermano evangélico me lanzó una pregunta a la que no supe contestar con seguridad y suficiente convicción. Me dijo: “¿con qué derecho los católicos enseñan doctrina que no está en la Biblia? Además, me hizo observar que Jesús reprochó a los judíos porque dejaban los mandatos de Dios para seguir sus tradiciones. ¿Me ayuda, Monseñor? Con la gratitud de todos ”.

Wagner Quirós J. - Cartago

Como ya lo hice notar en otras ocasiones, siempre es peligroso acudir a frases sueltas de la Biblia para defender un propio punto de vista. En efecto, la cita que le presentó el hermano evangélico, estimado don Wagner, corresponde a lo que leemos en Mc 7, 8, pero no es correcto utilizarla para negar la importancia de lo que la Iglesia Católica llama Tradición.

Ante todo, hay que recordar que la Tradición precedió a la Palabra de Dios escrita, que encontramos en la Sagrada Escritura. Primero se dieron los Hechos y la Revelación que fueron transmitidos de viva voz u oralmente y, con el tiempo parte de ellos y de esas Palabras, fueron consignadas y transmitidas por escrito. Baste recordar este conocido texto del Evangelista san Juan: “Jesús hizo muchas otras cosas; tantas que, si se escribieran una por una, creo que en todo el mundo no cabrían los libros en que podrían escribirse” (Jn 21, 25). Claro, san Juan está exagerando, pero bien nos hace comprender que los primeros cristianos conocían muchos más hechos y palabras de Jesús que los que se nos han transmitido en los santos Evangelios.

De lo que acabo de afirmar, comprendemos que lo que Dios ha revelado (Él es la fuente de la Revelación) ha llegado a nosotros por dos canales, el de la Tradición y el de la Sagrada Escritura. Hay varios textos bíblicos que lo afirman. He aquí unos de ellos:

“Así que, hermanos sigan firmes y no se olvide de las tradiciones que les hemos enseñado personalmente y por carta” (2Tes 2, 15).

“Sigan practicando lo que les enseñé y las instrucciones que les di, lo que me oyeron decir y lo que me vieron hacer, logrando así que el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4, 9).

“Lo que me has oído decir delante de muchos testigos, encárgaselo a hombres de confianza que sean capaces de enseñar a otros” (2Tim 2, 2).

La Iglesia Católica siempre vivió con esta convicción, particularmente por lo que se refiere al modo de entender e interpretar la misma Sagrada Escritura. Hay que tener bien presente cómo la Iglesia a lo largo de su historia, ha leído e interpretado ciertas afirmaciones de la Sagrada Escritura. Eso pertenece precisamente a la Tradición de la Iglesia. Le doy un ejemplo. En los Evangelios se habla de los “hermanos de Jesús”; pues bien, esa palabra, hermanos, nunca fue entendida en la Iglesia Católica como si se tratase de hermanos hijos de la misma madre. En sintonía con esta Tradición, el Papa Martín I, en el año 649, proclamó el dogma de la Virginidad de María antes, en y después del parto. Esto equivale a afirmar que Jesús fue el hijo único de María y que la palabra “hermanos” hay que entenderla como “primos o familiares”. ¡Cómo es importante la Tradición!

Al respecto es muy reconfortante el testimonio que nos transmitió San Ireneo de Lyon, quien vivió entre los años 140-205 de nuestra era. “En todas las Iglesias del mundo -escribió- se conserva viva la tradición de los Apóstoles, pues podemos contar a todos y a cada uno de sus sucesores hasta nosotros. ¡Cómo sería largo enumerar aquí la lista de obispos que sucesivamente han ocupado la silla de Roma, la mayor y la más antigua de las Iglesias, conocida en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo! La tradición de esta Sede basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la verdad, pues, ciertamente la preeminencia de la Iglesia de Roma es tal que todas las Iglesias que aún conservan la tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas”.

Unos cincuenta años después, Orígenes, muy destacado autor cristiano, oponiéndose a los que afirmaban que la Sagrada Escritura era la única transmisora de la verdad revelada, escribía: “lo único verdaderamente cierto es lo que en nada se aparta de la Tradición eclesiástica y apostólica”.

Lo sorprendente y paradójico es el caso de los protestantes y evangélicos, quienes, negando la Tradición de la Iglesia Católica no niegan toda tradición, sino, que la sustituyen con la tradición de Lutero, de Calvino o del propio Pastor (¡Lo digo con respeto!) En efecto, los luteranos afirman que hay que leer la Escritura como enseñó Lutero y esa es, pues, la tradición que se ha impuesto, durante unos quinientos años en su denominación cristiana. Y esto equivale para cualquier comunidad que se considera cristiana, pero no católica. Cada una de ellas tiene su propia tradición en que se afirman supuestas verdades que no se encuentran en absoluto en la Biblia. Un ejemplo más: ¿en dónde se encuentra, en el Nuevo Testamento, cumbre de la Revelación, tanta insistencia en el diezmo? Sabemos que el tema del diezmo se encuentra en el Antiguo Testamento, pero no la insistencia y el modo en que con mucha frecuencia es presentado en las reuniones evangélicas, eso no es en absoluto bíblico, sino sólo su tradición.

Ya me alargué “demasiado”, pero por la importancia del tema vamos a leer lo que afirma el Concilio Vaticano II al respecto: “La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos iluminados por el Espíritu de la verdad la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Es por eso que la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así, ambas se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, 9).

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿Qué debemos pensar de los ataques a la Iglesia?

“Monseñor: después de tanta insistencia de parte de algunos medios acerca de los graves errores de unos sacerdotes, parece que han disminuido los ataques. A qué se deba esa “tregua” no es fácil establecerlo... lo que cuenta es nuestra justa reacción cristiana. ¿Qué debemos pensar, Monseñor?”. 

José Fabio  Ruiz - Cartago 

Es normal que los “ataques” nos duelan. Nos preocupa y mucho, que la tanta insistencia mediática acerca de las faltas morales cometidas de parte de algunos sacerdotes, difunda una falsa imagen de la Iglesia, especialmente entre los jóvenes. 

Ellos ya van enterándose de tantas y constantes expresiones de maldad y de corrupción, que ya podrían considerar la honestidad y la nobleza, en una palabra, el bien, como algo que de hecho no se da, y en ninguna institución. 

Los adolescentes y jóvenes necesitan extremadamente, “ver” y experimentar que es posible una existencia en que haya una clara frontera o límite entre el bien y el mal, entre valores propiamente humanos y propuestas claramente deshumanizantes, y constatar, al mismo tiempo, que hay personas que dan testimonio vivencial de esos mismos valores... Un solo ejemplo: ¡Qué extraordinaria ayuda fue para el adolescente Santo Domingo Savio, conocer y ver la belleza de una vida entregada, en su gran formador, San Juan Bosco!

Sin embargo, estimado don José Fabio, más que los “ataques”, justamente nos deben doler las causas que los motivan y en nuestro caso el mal que se hizo “noticia”. La Iglesia no debe temer tanto los ataques e inclusive persecuciones desde afuera, cuanto el mal que hay en ella misma. Las críticas (aunque no sean motivadas por afán de justicia, sino por otros intereses) nos ayudan en el necesario y constante proceso de reforma que la Iglesia necesita y que entonces son bienvenidas. Desde siempre la Iglesia ha sido descrita como “reformata et reformanda”, es decir, reformada y necesitada de reforma, de conversión. 

Y en relación a los sacerdotes, su comentario, don Jose Fabio, me hizo recordar una apasionada súplica del gran santo mariano, San Luis Maria Grignon de Montfort. Le transcribo algunas expresiones: “Senor Jesus, te súplico por tu madre María. Acuérdate de ella que te ha engendrado; acuérdate de quien eres hijo y concédeme lo que te pido. ¿Qué te pido? ¡Sacerdotes libres! Libres segun tu libertad, desprendidos de todo y de todos; desprendidos de amigos según los criterios mundanos, y sin apegos a la propia voluntad. ¡Libres! Hombres plenamente entregados a ti por amor y disponibles a tu querer, hombres segun tu corazón. Nuevos David que llevan el palo de la Cruz y la honda del Santo Rosario. Hombres libres, siempre dispuestos a “correr” y a sobrellevarlo todo contigo y por ti, como nuevos Apóstoles. Libres, verdaderos hijos de María. Como Santo Domingo, irán por doquier con la antorcha luminosa y encendida del Evangelio en la boca y el Santo Rosario en la mano”. 

¡Los santos ven lejos y ven bien! Es por eso que el patrono de todos los sacerdotes, el Santo Cura de Ars, San Juan M. Vianney, escribió: “el mejor regalo que Dios concede a un pueblo es un santo sacerdote”. 

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

 

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¿Qué es la “segunda muerte” que aparece en el Apocalipsis?

Monseñor, en el libro del Apocalipsis, el cual me resulta de difícil interpretación, me encontré con la expresión “la segunda muerte”; ¿me puede iluminar un poco más acerca de su sentido y por qué el Autor le llama así?”.

Mayra González Ch. - Cartago

Estimada Mayra: La palabra Apocalipsis es la transcripción de un término griego que significa revelación. Se trata de una revelación ofrecida por Dios, de hechos y realidades ocultas, conocidas sólo por Dios y que se refieren, en especial, al futuro. Y tal revelación se da por medio de visiones. Éstas, a su vez, no tienen valor por sí mismas, sino por el simbolismo que encierran. En el Apocalipsis todo, o casi todo, tiene valor simbólico: los números, las cosas, las partes del cuerpo y los mismos personajes que entran en escena…

Ahora bien, la dificultad mayor en su lectura procede precisamente de la complejidad de los símbolos de no fácil interpretación, cuando además, muchos de ellos proceden de profetas del Antiguo Testamento, como son Ezequiel y Daniel.

En cualquier caso, estimada Mayra, más allá de las dificultades de interpretación, tengamos presente que la intención del Autor sagrado no es la de infundir miedo, sino la de animar con la certeza de que la Comunidad Cristiana está sostenida por la fuerza de Cristo, quien nos repite, como a los Apóstoles: “Pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Vuelvo ahora, a su pregunta. La “segunda muerte” debe ser entendida por su contraposición a la “muerte corporal” que sería, pues, la primera y que nos afecta a todos indistintamente. Según el autor del Apocalipsis, que en esto piensa como el Autor del Cuarto Evangelio, lo que todo creyente debe temer como el “mal supremo”, es la separación de Dios; esa sería la muerte en sentido pleno, no tanto la muerte corporal.

No hay que olvidarlo: nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos (Mt 22, 32). La muerte corporal en lugar de separarnos de Dios es paso a la verdadera Vida. Lo que es realmente muerte, es la separación eterna de la misma fuente de la vida que es Dios. Esa es la “segunda muerte”, según el Apocalipsis.

Son varios los textos que a ella se refieren. Aquí se los transcribo: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte” (2, 11); “Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino, que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán por Él mil años” (20, 6); “La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego -ese lago de fuego es la muerte segunda- y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (20, 14-15); “Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (21, 8).

Son afirmaciones que espontáneamente nos hacen recordar la súplica que el Ángel enseñó a los pastorcitos de Fátima Lucía, Francisco y Jacinta: “¡Oh Jesús mío!, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.

 

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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