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El chico del barrio que fundó Obras del Espíritu Santo

  • El Padre Sergio Valverde habla sobre su niñez y la labor social de la Iglesia en Cristo Rey 

Danny Solano Gómez
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La primera noche del Padre Sergio Valverde en la Parroquia del Barrio Cristo Rey, le robaron las pocas cosas que había traído consigo. 

Se despertó, escuchó los perros y en plena madrugada fue a buscar lo sustraído. A la par había un lote baldío con montañas de basura, cuando se acercó escuchó un suave llanto, se decidió a entrar y allí encontró a una niña de 10 años que había sido violada por ocho hombres y la habían dejado semienterrada. Llamó inmediatamente a la policía. 

En ese mismo terreno hallaron luego restos de niños enterrados. Una escena macabra y triste. El sacerdote entendió que en esa comunidad era urgente cuidar a los más pequeños.

Precisamente en ese terreno es donde hoy se levanta la Capilla del Niño Jesús y donde están las instalaciones de la Guardería y del Albergue de la Alegría para niños de la Asociación Obras del Espíritu Santo (AOES), de la cual el Padre Sergio es el director. 

Elotes, futbol y policía

Curiosamente a cuatro casas de ahí creció él. Es el mayor de cinco hermanos de una familia muy pobre. Recuerda que hacía rifas para poder ir a la escuela: “Vendía naranjas, elotes, tomates y lechugas que yo mismo sembraba en un lote”, contó.

“Mi papá se llama José y mi mamá María… y pues yo soy ¡el burro!”, bromea y ríe el Padre Sergio, como es característico en él. 

Le gusta trabajar. Dice que desde segundo grado de escuela hasta el día de hoy nunca ha tenido un día libre. “Sé que Dios me estaba preparando para la misión como sacerdote”.

Un niño inquieto que participaba en todos los grupos que hubiese. Menciona como un misterio divino que desde muy pequeño sintió el cariño y la confianza de la gente. Tanto así que hasta le confiaban las llaves de la escuela.

Ya de pequeño quería ser sacerdote. En su casa se subía a un banco, se ponía una sábana encima e imitaba al sacerdote de su comunidad.  

Recuerda que le gustaba mucho ir a Misa porque cuando finalizaba el Padre Crescencio Cabanillas organizaba una “mejenga” en la calle. “Era carguísima porque siempre nos daba un sándwich, era delicioso porque era de queso amarillo y yo nunca comía queso amarillo”.

También le confiaban las llaves del templo y de la sacristía que él limpiadora. En esos momentos aprovechaba que no había nadie para hacer que daba misa, incluso cogía los ornamentos y las vestiduras. 

Pero un día, en media travesura, se le ocurrió encender todo y el equipo de sonido. Cuando pronunciaba: “El Señor esté con ust…” apareció el Padre Crescencio... “Creí que me iba a matar,  él me dijo: “Macho, venga pa` acá”, relató.

Ese día el sacerdote le explicó con mucho cariño el significado de cada objeto sagrado y le dijo algo que él nunca va a olvidar: “Quizá un día los vas a utilizar, pero ahora vas a tener que esperar”. 

“Yo bendigo al Señor porque si ese sacerdote hubiera sido amargado, como varios que conozco, quizá me hubiera ido asustado y llorando con un trauma (…) después de hablarme nos ¡fuimos a jugar futbol!”, dijo.

Guarda y juntabolas…

Cuando estuvo en el Liceo del Sur algunas personas de la institución le regalaban alimentos para que llevara a su casa, entonces como agradecimiento durante las vacaciones iba a pintar las instalaciones, a arreglar pupitres, goteras, limpiar baños, cambiar láminas de zinc y hasta ser el guarda sin cobrar.

De hecho, fue el único guarda al que no se le metieron a robar, una de las razones de esto fue que él también repartía comida a los indigentes y adictos que rondaban las cercanías.  De los elotes que sembraba hacía sopa con ayuda de otras personas. “Después ellos más bien cuidaban y decían que si veían a alguien metiéndose le daban”.

También organizaba actividades para recaudar fondos, siempre se le ocurrían ideas. Fue juntabolas de Saprissa y la Selección Nacional. Recuerda que en el club morado le regalaban las bolas que caían al techo de la gradería para un equipo de fútbol que tenía en el barrio.

Él mismo se subía a recogerlas, e incluso había jugadores que cuando sabían que estaban escasos de balones a propósito los reventaban al techo para que luego el chico las recogiera.

Una vez que obtuvo el bachillerato ingresó a un centro parauniversitario, donde sacó un técnico en Operación y Programación de Computación.

Uno de sus sueños era ser policía y lo fue. “Tengo un complejo de héroe frustrado, siempre, toda mi vida, he querido luchar contra el narcotráfico”. Primero fue guardia rural, pasó a la Policía Especial de Control Fiscal y hasta estuvo un tiempo en el OIJ en Estupefacientes, donde participó en muchos operativos.

“Tenía novia y me iba a casar”

Tuvo cinco novias y hasta estuvo a punto de casarse, pero -“la mano de Dios, ahora lo entiendo, entonces no”- surgieron una serie de complicaciones por estudio y trabajo, de tal forma que el tiempo de pareja se redujo considerablemente.

El sábado era el único momento que le quedaba para ver a la muchacha, pero ese día él tenía que coordinar tres pastorales juveniles, había que elegir: ella o la Iglesia. “Fue dificilísimo porque estaba súper enamorado, lloré como un chiquillo”.

El mismo día que rompió con su novia se fue a Tibás a cobrar un dinero, al final solo le dieron la mitad de la deuda. 

Sin plata para comprar cosas para la casa, sin novia y con problemas con su familia por una falta que había cometido, se fue desanimado a ver a unos amigos a un restaurante, pero por una razón extraña -“que ahora entiendo”- el taxi lo dejó un kilómetro antes.

Decidió caminar y pasó al frente de la Iglesia de El Carmen. “Ni me imaginaba que esa iglesia estaba ahí, se escuchaba una música hermosísima y había un montón de gente, cantaban: “Eran cien ovejas que había en el rebaño…”, fue como la primera canción de Dios que escuché, había oído muchas, cuando entré escuché a Juan José Vargas decir (lo imita): “Bueno, vamos a orar”. 

“Se cerraron las puertas de la Iglesia, me dije: “Ya está, me quedé encerrado, mis amigos me están esperando… solo eso me faltaba”. Apagaron las luces, me sentí extraño y Juan José decía: “Vamos a orar por un joven que está aquí, que está llorando porque rompió con la novia, porque se siente mal, tiene problemas en la casa”.

Él miraba a todas partes buscando a la persona que le fue con el cuento al orador, no encontró a nadie conocido. Comenzó a sentirse emotivo, pero a la par suya había una muchacha muy bonita así que se aguantó para “jugar de macho” -reconoce-, se acercó a ella y le preguntó qué le pasaba, la chica le contestó que había roto con su novio.

“Vea lo que es la juventud, la carne, la humanidad, me dije: “Ella llora porque la dejó el novio, yo porque rompí con mi novia, diay aquí arreglamos esto, después la voy a dejar a la casa y así”, vea usted, me quedé más por la muchacha que por Dios, se lo reconozco”.

Juan José le pidió a la gente levantar sus manos, el joven Sergio así lo hizo, “de un momento a otro se despareció,  toda la gente alrededor, fue tremendo, solo quedaba Juan José, el que cantaba y un crucifijo”. 

No sabe cuánto tiempo pasó, solo recuerda que quedó postrado ante el crucifijo y lloraba como un niño: “Ahí conocí a Jesucristo, desde ese momento hasta hoy no he estado en alguna cosa que no sea de Dios”.

Ni los pases para el Seminario

Comenzó a ir a convivencias y encuentros vocacionales. Fue aceptado en el Seminario pero no pudo ingresar debido a la situación económica en su casa. En ese entonces trabajaba en la Cancillería y lo que ganaba era para mantener a su familia.

Al año siguiente le advirtieron que si no entraba ya no lo iban a recibir. “Me sentí tan mal, se entraba el domingo siguiente, y yo lloraba, ¡cómo iba a dejar a mis papás así!”. 

Recuerda entonces que su padre se acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo: “Macho, ¿verdad que usted quiere ser sacerdote? (…) Usted no tiene que abstenerse de lo que Dios le está pidiendo, vaya en el nombre del Señor y Dios proveerá”, rememoró el Padre Sergio, con los ojos humedecidos.     

Renunció inmediatamente a su trabajo. El domingo fue el único seminarista que llegó solo, todos iban con sus, amigos y familiares. Como tomó la decisión hasta el final nadie de su parroquia supo que iba a entrar, y sus padres tampoco tenían dinero para los pases.

“Ese día parecía el Chavo del 8, iba con dos bolsas plásticas con ropa, cobija y la Biblia, agarré el bus de Tuasa, me bajé en el aeropuerto y caminé hasta San Antonio de Belén (donde estaba el antiguo Seminario Introductorio) porque no tenía plata para el bus”. Al final de la Santa Eucaristía, para alegría de él sus papás llegaron gracias a que un vecino los fue a dejar en un carro.

Cuenta que esa noche dieron de cenar papas con muslos de pollo: “Lloraba -recuerda- porque yo comiendo tan rico y pensaba que en mi casa quizá mañana no iba a haber qué comer, en mi casa lo que se comía siempre era arroz blanco con caldo de frijol”.

Algo que lo mortificaba era que podían desahuciar a sus papás en cualquier momento, ya que su casa estaba en un terreno donde el INVU iba a desarrollar un proyecto.

“A los tres días (de haber entrado al Seminario) me llamaron por teléfono, me asusté porque sabía que no se podían recibir llamadas, pensé que era para ponerme a prueba (…) contesté y me dijeron que a mis papás les habían aprobado el bono de vivienda”, cuenta con felicidad el Padre Sergio.

Dice que tiene muy buenos recuerdos del Seminario, pero que también hubo a quienes les molestaba que él fuera carismático, tanto así que incluso se le prohibió participar de actividades de la Renovación Carismática.

Con los pobres

Desde que se ordenó tuvo claro que su deseo era trabajar con los pobres. Antes de llegar a Cristo Rey, estuvo en San Juan de Tibás y Nuestra Señora de la Merced, en San José centro. 

Ya desde ese tiempo, y aun antes de ser ordenado, llevaba a cabo obras sociales, como dar platos de comida o llevar alimentos a familias de varios precarios de la capital, esto con la ayuda de la Juventud Carismática. 

Hace 17 años, Mons. Hugo Barrantes, entonces Arzobispo de San José, llegó a ofrecer una Santa Eucaristía a Cristo Rey, ese día iba a anunciar el cierre de la parroquia, entre las razones estaban la inseguridad y que a raíz de esto muchas personas se estaban yendo a vivir a otros lugares. 

Sin embargo, cuando Monseñor pasó en procesión por los precarios y vio tanta pobreza dijo que no podía cerrarla, pues es “donde más debería estar presente la Iglesia”. 

Mons. Barrantes conocía al Padre Sergio cuando este hizo misión en la Diócesis de San Isidro de El General, sabía un poco de su carisma y su labor social. Apenas tenía año y medio de ordenado sacerdote. 

Los anteriores párrocos no habían durado mucho, la inseguridad era tal que hasta los habían asaltado y golpeado. En su primera noche ocurrió lo descrito al inicio de este reportaje, al presenciar aquella tan dolorosa hizo un juramento. 

“Me decían que tenía que irme de ahí, pero ese día tomé una decisión para siempre en nombre de Jesús, llorando de ver esa realidad y sentirme tan pequeño de no poder hacer nada, decidí que no me iba a ir de aquí a menos que me lo pidiera mi obispo, que fuera la voluntad de Dios o me muriera, pero que iba luchar contra lo que fuera necesario”.

Y así fue, recibió amenazas de muerte, persecuciones, golpes y hasta disparos. Cuando se daba cuenta que iba a haber una entrega de droga, iba con un carrito que tenía, estacionaba cerca del búnker y encendía las luces altas “para pegarles el color”, y llamaba a la policía. “Con ayuda de las autoridades, la policía y el OIJ, cerramos 18 bunkers”, mencionó.

“Los primeros tres meses, cuando iba a dar Misa, los narcotraficantes del barrio se ponían en la acera con machetes y hacían bulla para asustar a la gente, entonces iba a la esquina a  traer a la gente en procesión. Como la gente no iba a Misa entonces empecé a celebrar en las calles”, comentó. Así fue el primer año. 

Fueron días en los que hasta los policías llegaban a pedir ayuda a la parroquia porque los habían asaltado. Se metieron 17 veces a robar a la parroquia, tal era la situación que incluso él mismo fungió de guarda durante un año “porque nadie quería el puesto por miedo”. “Yo salía detrás de los ladrones, a más de uno logré arrebatarle las cosas”, contó. 

Con la poca estructura que tenía comenzó entonces a dar de comer a los niños y a los indigentes de la zona, estos comenzaron a vigilar que nadie se metiera a robar, al último que lo intentó lo agarraron, lo amarraron y el Padre tuvo que ir protegerlo para que no le hicieran más daño.

La obra es de Dios

A pesar de estos inconvenientes la obra social poco a poco comenzó a crecer, hoy AOES calcula en 70.000 el número de beneficiaros en 34 lugares del país, de los cuales 52.000 son niños y niñas. 

En los terrenos que antes eran utilizados por narcotraficantes hoy se levantan diversos proyectos sociales. Cien colaboradores y cerca de mil voluntarios, así como donadores y padrinos hacen posible esta gran obra de la mano del Señor.

Las instalaciones en el Barrio Cristo Rey cuentan con un comedor donde se recibe a cerca de mil personas todos los días mañana, tarde y noche; consultorio médico y legal, un Centro Diurno para Adultos Mayores para aproximadamente 100 beneficiarios.

Hay un Centro Educativo y una guardería para niños de escasos recursos cuyos padres salen a trabajar, la cual recibe a alrededor de 100 pequeños, así como el albergue para menores de edad que por diversas razones han sido separados de sus familias.

También hay proyectos como un restaurante que atiende las 24 horas, una tienda y un bazar, un mercadito (que dos días a la semana reparte frutas y verduras a familias de escasos recursos), hasta carruseles y un zoológico (cuya historia publicará Eco Católico en una siguiente edición).

Próximamente, la AOES busca construir dos torres de siete pisos para atender a más de 700 jóvenes en riesgo social. El costo total es de $13.850.000 y se lleva adelantado un total de 27% de la obra. Las personas pueden colaborar donando a través de los números de cuenta del Banco Scotiabank: 4600 (en colones) y 4601 (en dólares).

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