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Al cielo un sacerdote fiel

  • Fr. José María “Chemita” Arguedas, franciscano de Cristo Obrero

Sofía Solano Gómez
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El Pbro. Fray José María “Chemita” Arguedas ha sido llamado a la presencia del Señor en tiempo pascual. El fraile que llevó adelante la obra social de Fray Casiano de Madrid en Puntarenas y vistió el hábito franciscano por cerca de 60 años, falleció a sus 83 años de edad, el pasado 30 de abril.

Debilitado en su salud, el Padre Chemita ofreció al Señor todos sus dolores, sacrificios, penalidades, preocupaciones y llantos de pensar que no podía servir más cuando su misión cesó para descansar, así lo hizo saber a la comunidad el 12 octubre de 2018, con ocasión de su aniversario número 43 de su ordenación sacerdotal.

Servidor de la evangelización 

José María Arguedas, más conocido como “Padre Chemita” en la Diócesis de San Isidro de El General, fue un fraile humilde, de corazón íntegro y carácter tenaz. Un hombre valiente que visitaba a caballo las montañas más alejadas, en largas jornadas de trabajo y servicio por la evangelización, sobre todo de los más necesitados.

De su niñez, se recuerda en una entrevista que dio a Radio Sinaí que eran “tan pobres que hasta el agua nos faltaba en verano cuando el riachuelo se secaba”.

Además, se rememora una inquietud clave para su futuro. “Mamá, ¿quiénes son los sacerdotes?… es que yo quiero ser sacerdote” -preguntó- a lo que ella entre lágrimas respondió: “eso no se lo diga a nadie porque se reirán de usted, los sacerdotes tienen que estudiar mucho y usted ni siquiera ha podido ir a la escuela”.

“Una escuela para mí había sido sólo un edificio que podía contemplar de lejos”, recordó Chemita, quien aún con 15 años de edad era completamente analfabeto. 

Inició su ministerio en la zona de Los Santos, llevó el Evangelio vivo a lo que hoy es Tarrazú y León Cortés; de ahí viajó a Guatemala para encarnar aún más su ideal del pobre de Asís y regresó a Coto Brus.

En ningún potrero o montaña se hizo claudicar, este sacerdote tenía el esfuerzo como norma de vida. Como Pastor se desveló por su pueblo para que pudiera estar alimentado de Jesús Eucaristía, nunca titubeó en levantar la voz para defender al desposeído y ser voz de los que no la tenían.

Dedicó años de servicio en Ciudad Neily y cuando muchos pensaban que ya debía descansar por su jubilación canónica, regresó como párroco a Fila Guinea en donde hizo un trabajo extraordinario. 

Fue fundador de las parroquias de Agua Buena y Sabalito y muy encaminada la de San José en La Guinea, forjador de los Franciscanos de Cristo Obrero, constructor de las casas para sus frailes de quienes sin duda fue padre y maestro, constructor insigne de capillas para que los pueblos más lejanos tuvieran donde celebrar los misterios, y celoso servidor de los niños abandonados.

La pobreza, como su más fiel compañera desde su nacimiento, logró articular de tal manera en su vida que el carisma franciscano lo desempeñó de forma admirable. Supo de los duros retos del trabajo de campo como agricultor de cepa, aprendió a leer de adulto y sin nunca haber pasado por un aula de primaria o secundaria, sino que estudiando por ratos y de la forma más rudimentaria. 

Gracias a su don de aprendizaje, este fraile ordenado sacerdote, puso por escrito las Constituciones que recuerdan la memoria no sólo de los ideales franciscanos sino también el matiz propio del recordado Fray Casiano de Madrid. 

Descubrió su vocación en un Nuevo Testamento que recibió como regalo, su norte cambió luego de haberse soñado “casado, padre de muchos hijos y propietario de grandes haciendas” a preocuparse de la doctrina y piedad cristiana.

“Con 19 años y este Nuevo Testamento, caí en cuenta que, si bien había hecho la primera comunión, con muchos costos a mis diez años, entregado al trabajo había olvidado confesarme y acercarme a Él”, dijo. 

Prosiguió leyendo muchos libros, incluso contra la voluntad de su madre que temía por su cordura. “Era el mes de marzo, época de preparación de la tierra para la siembra; caminaba por el estrecho sendero con mi pala sobre los hombros… de pronto comencé a sentir un gran vacío, y todas mis ilusiones de poder y grandeza me parecieron vanas…” 

Decidió confesarse, recordó haber caído de rodillas ante Jesús Sacramentado, al tiempo que lloraba y temblaba, por un lado, temeroso y por otro, lleno de felicidad. 

“Descubrí en la oración la fuente de vida.” El rosario que aprendió de niño por gracia de su madre volvió a convertirse en compañía y fortaleza para el día, ofreciendo al Sagrado Corazón “la gracia de una definición para mi vida y la fuerza necesaria, para abrazar con gusto el estado de vida que fuera con el consecuente desprendimiento”.

En una tarde, el joven recibió una carta de Fray Casiano de Madrid, en este documento se podía leer: “aunque no tengo el gusto de conocerle, por medio de Rubén, su amigo… he podido darme cuenta de sus buenos deseos de consagrarse… si usted algún día toma la decisión definitiva, ya sabe que tiene las puertas abiertas…”.

Posteriormente, José María Arguedas fue enviado a realizar su postulado en San Ramón de Alajuela el 20 de julio de 1959, y el 4 octubre de ese mismo año vistió “el santo hábito franciscano en la Capilla del Hospital San Rafael en Puntarenas. Aquel el día fue el más lindo de mi vida, pues al llevar el hábito de San Francisco de Asís, sentía haber realizado el sueño dorado de mi vida”.

Con 59 años de haber tomado el hábito franciscano, el 12 de octubre del año anterior celebró sus 43 años de vida sacerdotal en una Eucaristía, presidida por él mismo. Fue ordenado presbítero el 12 de octubre de 1974 en la Catedral de San Isidro de El General, por imposición de manos de Mons. Delfín Quesada.

 “Quiero seguir sirviéndole a la Iglesia ofreciéndole mis dolores, mis sacrificios, mis penalidades y preocupaciones, mis llantos y mi todo, no les voy a negar que he llorado en la cama pensando en que ya no puedo servir más a ella, yo pienso que en el dolor también se le sirve, son 43 años de ordenado, ofrezcan conmigo sus penalidades, sacrificios, sus temores y todo lo que tengan que sufrir por nuestra Santa Iglesia que es nuestra madre”, expresó el Padre Chemita.

Hoy goza de la presencia del Señor, su cuerpo descansa en el Convento de Cristo Obrero en La Pintada.

Instrumento de salvación

“En él, de manera particular, se encarnó la pascua de Cristo, porque él fue signo privilegiado de esa presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros, porque él como sacerdote fue instrumento para llevar a otros la salvación, para acercar a otros a Dios.” dijo Mons. Fray Gabriel Enrique Montero como un motivo de alegría en el que se vivió a través del sacerdote, la muerte y resurrección de Cristo.

El obispo de la Diócesis de San Isidro de El General presidió una Eucaristía, el pasado 30 de abril en el templo catedralicio, en sufragio del sacerdote, donde recordó a “Chemita” como un hombre fiel “qué más se espera de un cristiano, de un sacerdote, de un religioso, sino que sea fiel, fiel a su vocación.”

Además, reconoció su humildad, sencillez y pobreza, “desprendido y simple, que tuvo un corazón abierto para Dios y para todos”, manifestó el pastor diocesano. 

El día de su funeral en San Vito, el Prelado habló de un sentimiento de tristeza por su ausencia, pero también compartió un sentimiento que proviene de la fe de aceptar la voluntad de Dios, que su vez nos da alegría de saber que esa persona ha resucitado ante Dios, la fe y la esperanza cristiana.

“La muerte nos viene a abrir la puerta a la eternidad, nos traslada a un mundo nuevo y maravilloso, como es el de estar en la presencia de Dios”, dijo.

Finalmente, a modo de reflexión, recalcó que, para llegar a la comunión a la patria celestial, en muchas ocasiones equivocamos el camino porque no recurrimos a los medios que el Señor nos dejó, por ello instó a que sea su Palabra la que nos transforme y guíe.

Colaboró el Pbro. Elí Quirós y Radio Sinaí

 

Franciscanos de Cristo Obrero: “celebramos su pascua”

Los Frailes Franciscanos de Cristo Obrero manifestaron su tristeza y alegría por la partida del Padre Chemita, tras pocos días de celebrar la pascua del Señor.

“Nos inunda un sentimiento de alegría a la vez, porque celebremos su pascua a la presencia del Señor”, dijo Fray Jorge Humberto Sanabria, Superior General de la Congregación.

El Superior recordó que en los últimos días en que el Padre Chemita permaneció en la casa San Damian, morada de los frailes, en distintas ocasiones el fraile que en paz descanse, le manifestó que la cruz que cargaba de sus limitaciones y sufrimientos los ofreció por la Congregación, su familia y por la Iglesia, “me dijo que ansiaba ese encuentro con Dios, pero que la aceptaba cuando Dios dijera.”

 

 

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