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Un acontecimiento trascendental

  • Artículo 1

La Provincia Eclesiástica es una estructura de comunión desde los orígenes del cristianismo, su creación en Costa Rica fue un acontecimiento trascendental de

nuestra historia que involucra a las ocho diócesis del país.

Pbro. Fernando A. Vílchez Campos.
Sacerdote historiador

La Iglesia es comunión desde sus orígenes. Un elemento esencial de la estructura de las primeras comunidades cristianas es que no se consideren como agrupaciones independientes entre sí, como si pudieran seguir su propio camino religioso individual, sino que donde quiera que se encuentren los cristianos se sienten y viven como comunidades hermanas, hijas de una sola Iglesia.

La Iglesia particular del período posterior a los Apóstoles, ya en el siglo II, no existe aisladamente, no se basta a sí misma, sino que se siente ligada con todas las otras Iglesias y con ellas se une para formar un cuerpo único. Todas las Iglesias juntas forman un nuevo pueblo de Dios, la Iglesia universal, que brilla y resplandece en cada Iglesia particular. Por ello es la “Iglesia Católica” -como le llama san Ignacio de Antioquía (+107)-, es decir, universal, en comunión de misión, doctrina, liturgia, disciplina, hospitalidad, en unidad manifiesta por la comunicación epistolar entre los Obispos y la comunión de fe entre ellos.

Desde el inicio del cristianismo el Obispo, como sucesor legítimo de los Apóstoles, es la cabeza de cada Iglesia particular. Pero a la vez, existía un criterio fundamental e infalible de pertenencia a la Iglesia universal, que consistía en estar en comunión y en unidad de fe con el Obispo de Roma, por ser la sede del sucesor del apóstol san Pedro (+67). En el Obispo de Roma está el fundamento de toda la comunión católica, como garante de la recta fe y signo de la unidad de la Iglesia universal.

Aún en tiempos de persecución contra el cristianismo, el emperador Diocleciano (284-305), en su esfuerzo por reorganizar el Imperio Romano, estableció su división inicial en cuatro prefecturas (Galia, Italia, Iliria y Oriente), doce diócesis (Hispania, Bretaña, Galia, Vienne, Panonia, Italia, África, Mesia, Tracia, Asia, Ponto y Oriente) y noventa y seis provincias (compuestas cada una por muchas ciudades). Lo que se explica porque la civilización romana era típicamente urbana, por lo que toda su organización giraba en torno a las ciudades. Así, en cada provincia la capital o “diócesis” de la misma tenía bajo su jurisdicción a las demás ciudades.

Esta palabra “diócesis”, tomada entonces de la subdivisión del Imperio Romano, viene del Latín “dioecesis”, que a su vez proviene del Griego διοίκησις, que significa arreglo de la casa, ordenamiento de los asuntos domésticos y, por derivación, administración.

Dadas las circunstancias propias del momento, la Iglesia Católica adoptó la estructura de “Diócesis” del Imperio Romano para su propia organización territorial durante los siglos V y VI, pues la Iglesia establecía áreas de administración eclesiástica o “Diócesis” que coincidían con las de la administración romana, ya que cada Obispo fue asumiendo el rol del anterior prefecto romano, es decir, la autoridad de la ciudad.

En una provincia civil había varias “Diócesis” o unidades territoriales presididas por sus propios Obispos; mientras que el Obispo que presidía la comunidad cristiana de la capital de la provincia civil fue adquiriendo una cierta primacía sobre los Obispos de las demás Diócesis, hasta que se convirtió en el “Metropolitano de la Provincia Eclesiástica” con el nombre de “Arzobispo” y el correspondiente de “Arquidiócesis” para su sede. El Metropolitano presidía el Sínodo o Concilio regional o provincial, que reunía a los respectivos Obispos sufragáneos, confirmaba la elección de los Obispos de las demás Diócesis, presidía su consagración, velaba por el cuidado del surgimiento de herejías en las otras Iglesias bajo su cuidado y vigilaba la disciplina. En los Concilios Provinciales se trataban asuntos como el ordenamiento eclesiástico, la doctrina teológica, la liturgia y la disciplina, todo en comunión y unidad con el Obispo de Roma y con los demás Obispos.

Esta realidad antiquísima de comunión eclesial se establece en el territorio de la República de Costa Rica cuando fue creado como nueva Provincia Eclesiástica el 16 de febrero de 1921, en que la Santa Sede eleva a Metropolitana la sede de San José y crea la Diócesis de Alajuela y el Vicariato Apostólico de Limón.

La celebración gozosa del centenario de la Provincia Eclesiástica es un acontecimiento trascendental de nuestra historia que involucra a todas las ocho Diócesis del país, y no sólo a las tres erigidas en 1921, pues la historia de una Diócesis no inicia con su erección, sino que hay antecedentes de pertenencia y de evangelización que hay que destacar y conocer. Cada uno de los territorios de las ocho Diócesis actuales de Costa Rica antes de su erección, perteneció a otra jurisdicción que preparó el camino para su nacimiento, no hay que olvidarlo.

Conmemoramos pues que, por primera vez en la historia, Costa Rica cuenta con tres Obispos propios, uno de ellos Metropolitano, luego de contar con un solo Obispo por setenta años (1850-1920) y de siglos de tenerlo, pero muy lejano (1565-1850), y este proceso de estructuración diocesana continuará posteriormente a 1921 con la creación del total de las ocho Diócesis hasta nuestros días.

Es el acontecimiento que con alegría vamos a celebrar a lo largo de este Año Jubilar Nacional ya inaugurado, para lo cual esperamos que este espacio semanal que humildemente vamos a ofrecer, Dios mediante, hasta febrero del 2021, nos sirva de aliciente.

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