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¿Qué sería de la Iglesia sin las mujeres?

La celebración este domingo del Día Internacional de la Mujer, motiva una reflexión serena y consciente sobre el servicio fundamental de las mujeres en la misión evangelizadora de la Iglesia, y las muchas ocasiones en que su trabajo no ha sido reconocido ni valorado.

Laura Ávila Chacón
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¿De quiénes aprendimos la fe en nuestras familias?, ¿quiénes han sido nuestras catequistas?, ¿quiénes son esas que dedican su vida al apostolado activo en medio del mundo o las que sostienen a la Iglesia con la oración?

Sí, son las mujeres, en quienes hoy el mundo pone la atención al celebrar su Día Internacional, una jornada que recuerda sus luchas por la igualdad, y que ha sido, últimamente, deformada como ocasión de disturbios por grupos feministas radicales.

Tomando distancia de ese tinte extremista, ¿cómo podemos desde la Iglesia conmemorar un día dedicado a las mujeres?, ¿somos capaces de lanzar una mirada justa sobre el pasado y el presente en la valoración de su servicio a la evangelización?

Está claro el deber de las sociedades de generar igualdad de oportunidades, participación social y desarrollo integral para las mujeres, reconociendo para ellas los derechos y deberes que tiene todo ser humano, comenzando por el derecho a la vida, pero ¿qué podemos decir en la Iglesia?

Necesaria una teología profunda

Para la Virgen Consagrada de la Diócesis de Cartago, Lic. Lisandra Chaves, hay que aceptar que aún hoy persisten muchas controversias sobre el rol de la mujer y su liderazgo dentro de la Iglesia, principalmente debido a las diferentes opiniones de muchos y la falta de una correcta interpretación de la Palabra. 

Para ella, hay que evitar caer en un feminismo mal entendido que busca una igualdad total con el hombre, “porque aunque somos iguales en dignidad delante de Dios, somos diferentes y complemento”, asegura.  

“Se trata entonces de pensar que la mujer puede aportar más a la Iglesia en diferentes ámbitos y que en aquellas posiciones donde es posible que haya laicos, abrirse siempre a la posibilidad de que una mujer pueda llevar adelante la tarea. Sin embargo, quedarse solo en búsqueda de posiciones en la Iglesia es reducir lo que el Papa nos ha pedido: hacer una teología profunda de la mujer para explicar mejor el papel de la mujer en la Iglesia y esto solo se puede lograr si volvemos los ojos al modelo perfecto de toda mujer: la Santísima Virgen María”, afirma la Virgen Consagrada.

En este sentido, en el Día Internacional de la Mujer del 2019, el Papa Francisco señaló: “la mujer es quien hace hermoso el mundo, lo cuida y lo mantiene vivo por lo que, si amamos el futuro, si soñamos con un futuro de paz, debemos dar espacio a las mujeres”. “La paz es mujer. Nace y renace de la ternura de las madres. Por eso el sueño de la paz se realiza mirando a la mujer”.

En nuestras sociedades latinoamericanas, constata Chaves, las mujeres son muy activas en la Iglesia en un sentido de servicio. Menciona por ejemplo que son ellas las que mueven la fe de las parroquias en apoyo a los sacerdotes para realizar actividades, “las primeras que se inscriben para dar catequesis”, afirma.  

“Muchas abuelas y madres sostienen la fe de sus hijos contra viento y marea. Pero el siguiente nivel que se debe dar es que toda la Iglesia reflexione en una teología de la mujer y bajo esa reflexión se le abran espacios nuevos de acción y se dé una revalorización de su aporte según esta luz”, agrega.

Que la Iglesia sea mujer

El 21 de mayo del 2018 el Papa Francisco explicó que lo importante de todo esto es que la Iglesia sea mujer, que tenga esta actitud de esposa y de madre. “Cuando nos olvidamos de esto, es una Iglesia masculina, sin ésta dimensión se convierte en una Iglesia de solterones que viven este aislamiento, incapaces de amar, incapaces de fecundidad. Sin la mujer, la Iglesia no avanza, porque ella es mujer”.

Lo que el Papa pide a la Iglesia, explica la consagrada, requiere un cambio de mentalidad en todos “incluso en las mujeres que a veces no nos creemos capaces de dar una idea nueva a un obispo ¿y por qué no?... Nuestra Iglesia aún lucha contra el machismo y clericalismo, será necesario erradicarlos para poder dar un verdadero espacio a las mujeres”.

El propio Papa Francisco, en Colombia en setiembre del 2017, se dirigió al Comité Directivo del Consejo Episcopal Latinoamericano con estas palabras referidas a las mujeres: “Por favor, no pueden ser reducidas a siervas de nuestro recalcitrante clericalismo; ellas son, en cambio, protagonistas en la Iglesia latinoamericana; en su salir con Jesús; en su perseverar, incluso en el sufrimiento de su Pueblo; en su aferrarse a la esperanza que vence a la muerte; en su alegre modo de anunciar al mundo que Cristo está vivo, y ha resucitado” y agregó:  “Pienso en las madres indígenas o morenas, pienso en las mujeres de la ciudad con su triple turno de trabajo, pienso en las abuelas catequistas, pienso en las consagradas y en las tan discretas artesanas del bien.  Sin las mujeres la Iglesia de América perdería la fuerza de renacer continuamente”. 

Finalmente, la Virgen Consagrada recordó mujeres, muchas de ellas santas y hasta doctoras de la Iglesia, que han dejado huella en la historia, desde las que tuvieron la valentía de estar al pie de la cruz, las primeras en anunciar la Resurrección y las que estuvieron presentes en Pentecostés. “Que esa misma valentía y fortaleza permita que hoy las mujeres ayuden en la Reforma de la Iglesia, siempre con el paradigma de la Virgen Madre de Dios”, concluyó.

Hay brechas que persisten

Para el sacerdote David Solano, quien es sociólogo y profesor universitario, cuando se habla de la dignidad y la misión de la mujer según la doctrina y el espíritu de la Iglesia, hay que tener presente el Evangelio, “a cuya luz el cristiano ve, examina y juzga todo”.

Recordando el documento “Las mujeres en el Evangelio” de San Juan Pablo II, el sacerdote recuerda que se debe de respetar la voluntad de Cristo acerca de la mujer.

El Papa santo recoge así la figura de las numerosas mujeres que acompañaban a Jesús en su ministerio, lo seguían y servían, así como a la comunidad de sus discípulos.

“Jesús, que atrajo a esas mujeres para que lo siguieran, superó los prejuicios difundidos en su ambiente, como en buena parte del mundo antiguo, sobre la inferioridad de la mujer. Su lucha contra las injusticias y la prepotencia le llevó también a esa eliminación de las discriminaciones entre las mujeres y los hombres en su Iglesia” (cf. Mulieris dignitatem, 13), cita el sacerdote. A pesar de ello, constata, todavía existen brechas muy grandes para que su trabajo sea realmente valorado.

“Existe una miopía, una incapacidad de ver el aporte de la mujer en el trabajo pastoral y no hay un proceso pastoral en la Iglesia que prescinda del aporte femenino y eso es una de las cosas que nos está costando valorizar y cambiar desde el marco institucional, porque estamos acostumbrados a ver más el aporte masculino o los roles que el género masculino desempeña desde la comunidad eclesial”, aseguró el sacerdote.

Agregó: “Pienso en cosas concretas, como que existe un amplio porcentaje de mujeres catequistas, ni qué decir del trabajo de la caridad, uno que trabaja en eso nota que mayoritariamente son las mujeres las que están a cargo de la asistencia de los más pobres, de la cercanía con las mujeres jefas de hogar y si ampliamos la mirada en la historia de todas las personas hay siempre una  mujer que es la responsable de habernos transmitido lo escencial de la fe, que nos enseñó a orar, a creerle a Dios, puede ser nuestra madre o abuela, y su aporte es invaluable”.

Deudas con la mujer

El sacerdote y sociólogo recuerda el magisterio de San Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens (1981), cuando afirma que no es lo que hacemos en nuestro trabajo cotidiano lo que nos hace dignos, sino que justamente el trabajo es digno por quien lo realiza.

“El trabajo de las mujeres es valioso no por lo que hacen, lo más importante es que son ellas las que lo hacen y son personas en igualdad de dignidad que cualquier varón, ellas que son personas queridas por Dios tanto como él quiere al varón, con un proyecto particular en la vida”, afirma.

Pero, ¿qué pasa en la práctica?, para el sacerdote está claro que nos cuesta traducir ese principio básico de la Doctrina Cristiana, y no solo en la Iglesia, sino en el ámbito social, pues de otro modo no tendríamos los graves índices de femicidios, abusos y violencia en general contra las mujeres.

“Fallamos como sociedad en esa perspectiva cristiana, fallamos en las disparidades que son pensadas por quienes detentan las posiciones de poder, las brechas entre hombres y mujeres no se reducen por más esfuerzos se notan más las disparidades, especialmente cuando hablamos de las mujeres jefas de hogar y las que están en la informalidad”.

Y en la Iglesia, ilustra afirmando que se trata de una “adulta mayor” de 2000 años, lenta en sus procesos pero no quiere decir que no se mueva, sino que sigue sus propios ritmos, que no coinciden con la expectativa social.

Citó el Sínodo de la Amazonía, del cual muchos esperaban un documento que hablara de temas como la ordenación de diaconisas, sin embargo no fue así “porque no es el momento en el proceso interno”.

La visión justa, concluye el sacerdote, es que la mujer, como el hombre, está llamada a ser discípula de Jesucristo. “El cómo realiza ese ser discípula es donde la Iglesia debe revisar los espacios que se le dan, los varones tenemos el mínimo de espacios, pero tenemos una posición de poder que es el ejercicio del sacerdocio, eso genera diferencias y no digo que se tengan que ordenar mujeres, sino que en la comunidad cristiana ese ejercicio de poder debe convertirse en un ejercicio de servicio, porque el problema está en que lo  convertirmos en ejercicio de dominación” .

Insiste: “No es que la mujer acceda al sacerdocio sino que podamos transformar las relaciones dentro de la comunidad cristiana a partir de una experiencia de descubrirnos amados por Dios, ahí me pregunto, ¿habrá la voluntad de cambiar los modos de ejercer el poder por un modo más cristiano y evangélico, cuando la Iglesia tiene  dos milenios de ejercer el poder de otra forma?”.

El sacerdote considera que sí se pueden transformar los modos de relación dentro de la Iglesia, lo cual, de nuevo, no supone que haya que admitir a las mujeres al sacerdocio, “supone que haya que hacer a la comunidad de creyentes horizontal y menos vertical”. 

El sacerdote concluyó su reflexión indicando que cuando en el trabajo pastoral en las parroquias hay mujeres involucradas “las cosas son diferentes”, pues en la Iglesia lo importante es ver, no con mirada de mujer o de hombre, sino con mirada de Dios.

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