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El Seminario: una casa de puertas abiertas

El Seminario Nacional, donde se forman los sacerdotes de nuestro país, no es un “clóset con candado”, como fue llamado en el Semanario Universidad. Es una casa de puertas abiertas donde el amor de Dios se manifiesta en la vida de quienes con libertad y honestidad responden en conciencia a su llamado vocacional.

Martín Rodríguez González
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El Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles es la casa de formación de los sacerdotes en nuestro país. Se trata de una de las instituciones más queridas y de mayor arraigo de la Iglesia Católica en Costa Rica.

En sus dos sedes, en la Garita de Alajuela y Paso Ancho, en San José, los jóvenes que sienten el llamado vocacional disciernen la voluntad de Dios sobre sus vidas con la ayuda de un equipo de formadores y directores espirituales, profesores laicos, expertos en sicología y otras ramas del conocimiento.

Actualmente se forman en él 24 jóvenes en el Seminario Introductorio, etapa denominada: “Iniciando el Camino de Discipulado”. En la etapa “Formando Discípulos Misioneros de Cristo” se encuentran 66 jóvenes, y en la etapa “Formando Pastores al Estilo de Jesús” un total de 53.

Provienen de todas las diócesis del país, en cuyas parroquias se ha hecho un trabajo previo de pastoral vocacional y de acompañamiento a jóvenes que anhelan dar sentido a sus vidas por medio del ministerio sacerdotal.

Los jóvenes seminaristas se sumergen en un proceso denominado itinerario formativo, que responde a las orientaciones que tanto a nivel nacional, como de la Iglesia universal, existen para la formación de los presbíteros.

El itinerario formativo aglutina, en torno a unas líneas maestras, todo el contenido de la formación sacerdotal, de modo que da seguridad, claridad y objetividad a los alumnos, así como al equipo formador en el proceso formativo que van realizando.

Con él la Iglesia procura una formación humana y afectiva en búsqueda de la madurez, el equilibrio y la idoneidad de los candidatos a un posible llamado sacerdotal.

Se trata de un proceso serio, sistemático y prolongado, que responde al don de Dios que son las vocaciones al sacerdocio, donde junto con el acompañamiento son normales las evaluaciones y los escrutinios de los seminaristas, y por ende las salidas del proceso.

De hecho, muchos de los jóvenes que ingresan a la etapa introductoria no alcanzan a llegar a su ordenación sacerdotal. Un gran número abandona por su propia convicción y discernimiento y otro tanto lo hace por indicación de sus formadores, quienes velan en todo momento porque el comportamiento y la conducta de los seminaristas correspondan al perfil y la exigencia de los candidatos al sacerdocio. Se trata de una realidad que se asume siempre en absoluta libertad y mediante un ejercicio de honestidad ante Dios y ante la Iglesia.

Por eso, tal y como expresaron los obispos del país en su comunicado sobre el Seminario Nacional del pasado 18 de marzo, es lamentable cuando alguno de estos exseminaristas, o cualquier persona, difunde información al respecto, dado su propia interpretación. 

Fue lo que sucedió hace un par de semanas en el Semanario Universidad, el medio de comunicación escrito de la Universidad de Costa Rica, que recogió tres declaraciones de ex seminaristas en una publicación que llama al Seminario Nacional “un clóset con candado”.

Lo cierto es que son muchos más los que valoran esta etapa de encuentro con Dios en sus vidas, y, sea que siguen en el proceso formativo del Seminario o fuera de él, valoran el esfuerzo de la Iglesia en la formación de sus pastores.

A continuación, la otra parte de la historia, el testimonio escrito en primera persona por quienes agradecen a Dios la gracia de estar o de haber pasado por el Seminario Nacional:

“El Seminario ha sido un regalo de Dios”

Mi nombre es Oscar Mario Carmona Arguedas, soy el mayor de 3 hijos, oriundo de la Parroquia La Asunción de la Virgen María de Ciudad Colón, Arquidiócesis de San José. 

En el 2013 se me cumplió un sueño: participar en una Jornada Mundial de la Juventud, esta vez en Río de Janeiro, Brasil. El grupo con el cual iba tenía un enfoque vocacional. Es allí donde renace en mi mente la inquietud por una posible vocación sacerdotal. 

Es así como en el 2016, Año Jubilar de la Misericordia, comienzo el caminar en el Seminario Introductorio, siendo un momento de gracia porque es allí donde he visto mi historia como momento de salvación porque en momentos bonitos y duros, Él ha estado allí. 

Hoy me encuentro en el último año de la etapa de Formando Discípulos Misioneros de Cristo y, al mirar hacia atrás, veo cómo Dios aprovecha todo momento para mostrar su amor y misericordia. Estos años en esta segunda etapa me han permitido reflexionar y tomar conciencia de mi condición de cristiano, discípulo y misionero de Jesús: más allá de ser sacerdote o no, Él me ha amado y ha hecho un nuevo camino de conversión en mi vida. El Seminario ha sido un regalo de Dios, un momento para crecer no sólo en el estudio filosófico sino como ser humano, ser cristiano, desde las tareas de la casa como el aseo o el compartir con los compañeros, hasta las experiencias de pastoral en las parroquias.  

“Doy gracias a Dios por el privilegio de formarme en el Seminario Nacional” 

Mi nombre es Omar Alexander Araya Serrano, tengo 26 años, soy oriundo de Santa Cruz de Turrialba. Cuando escuché el llamado de Dios, dejé atrás el TEC, y con ello todos los planes que había soñado hasta el momento. Y los cambié por una experiencia que al día de hoy, siete años después no me arrepiento de haber emprendido. Aquellos sueños de joven no han fracasado, se han trasformado en algo superior, en amor a Dios y a las personas a las que soy enviado a servir. 

Dentro del seminario y en las experiencias parroquiales de los fines de semana he podido encontrar mucha felicidad, de hecho creo que ese es el rasgo que resume mi proceso vocacional: la alegría que se desprende del seguimiento de Jesús, de la búsqueda de la santidad y de poder llevar el mensaje de Jesús a aquellos que tanto lo necesitan.

Doy gracias a Dios por el privilegio de formarme en el Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles. La formación integral que he recibido me ha hecho mucho bien como persona, como cristiano, y si Dios lo tiene a bien, en un futuro ministerio sacerdotal.

“Agradezco a Dios lo que ha venido haciendo en mí” 

Mi nombre es Isaac Barrientos Espinoza, tengo 25 años y soy oriundo de la Parroquia Inmaculada Concepción de María en Quepos, Diócesis de Puntarenas. 

A nivel vocacional, nunca pensé entrar al seminario, de niño decía que quería ser cura, pero en la adolescencia simplemente no fue una opción para mí, pero sí para Dios, que me inquietó a través de mi párroco para ingresar al seminario. 

Ingresé con dudas y gran asombro, para mí todo era nuevo, sin embargo el proceso me ha brindado las herramientas y espacios necesarias para escuchar la voz de Dios, con el paso del tiempo he sido más consiente del llamado y con la mirada en las diferentes realidades de mi diócesis y sus retos he intentado responder; el temor ciertamente no desaparece pero ha sido más fuerte la alegría de seguirlo, de darlo a conocer y la certeza de saber que me formo por y para la Iglesia, además las experiencias pastorales, los sacerdotes y la gente que Dios me ha permitido conocer, me alientan con esperanza a seguir adelante. 

Agradezco a Dios lo que ha venido haciendo en mí, le pido no acostumbrarme a ello y poder contar con su gracia, para transformar mis debilidades en ofrenda santa, entregada totalmente a su voluntad.

“Un proceso “solo para locos” que deseen tomar la cruz y morir en ella” 

Mi nombre es Jeremy Jesús Cubero Quesada, tengo 23 años y soy oriundo de la Parroquia Santiago Apóstol de Sarchí, Diócesis de Alajuela. 

Estaba a punto de culminar el colegio, y en ese momento era sacristán en una de las diaconías (filiales) de la parroquia.  Como estábamos en periodo de exámenes, yo les decía a mis papás que iba a caminar para quitarme un poco el estrés, aunque no les mentía pues de verdad caminaba, pero el propósito era estar frente el Santísimo y exponerle mis inquietudes, así como mis miedos. Fui por tres ocasiones, en la última visita ante Jesús Sacramentado, sentí una fuerza que me motivaba a responderle, nunca había experimentado tal fuerza, pero de algo si estoy seguro, es que Dios me estaba dando una señal para seguirlo, para tomar mi cruz, así como él lo hizo y seguirlo hasta el final. 

De esta forma, es como inició mi proceso vocacional, lleno de miedos, preguntas sin respuestas,  de lo cual estoy seguro que la llamada que Dios me hizo es al servicio y eso se consigue tratando de ser santo cada día, y así es como he comprendido que este proceso es “solo para locos”, sí, solo para locos que deseen tomar la cruz y morir en ella, por eso en mi caminar vocacional, no he podido más que palpar la Misericordia de Dios pasando no solo por mi vida, sino que además por la de mi familia.

 

 

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