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Los pobres… más allá de las estadísticas

La Jornada Mundial de los Pobres que la Iglesia celebra este domingo encierra una fuerte llamada de atención: los pobres no son números, son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres, recuerda el Papa Francisco, nos salvan porque permiten encontrar el rostro de Jesucristo.  

Laura Ávila Chacón
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La Encuesta Nacional de Hogares 2019, presentada a finales de octubre, reveló que el porcentaje de hogares en pobreza en nuestro país es de 21,0%, una cifra que estadísticamente no muestra variación con respecto al 2018, cuando se registró un 21,1% en esa condición. El porcentaje equivale a casi 336 mil hogares que subsisten con menos de ¢103.766 al mes.

Por otra parte, la pobreza extrema, que son aquellos hogares cuyo ingreso per cápita no alcanza para satisfacer las necesidades básicas alimentarias registró que el 5,8% está en esa situación, esto es, 93.542 hogares que registran ingresos mensuales de apenas ¢48.463.

Los números, sin embargo, tienden a esconder el hecho de que más allá de las estadísticas, se trata de personas concretas que viven realidades muy difíciles, que incluso pasan hambre de forma sistemática en nuestro país y que requieren, más que ser parte de cuadros de análisis o de campañas de asistencialismo pasajero, de un compromiso de acompañamiento que se prolongue en el tiempo.

Esta comprensión, colocando a la persona humana en el centro de la reflexión sobre la pobreza, es el llamado que hace el Papa Francisco este domingo, en que se celebra una edición más de la Jornada Mundial de los Pobres, instituida en el 2017 en consonancia con uno de los ejes principales de su ministerio petrino.

Una atención “amante”

Para Francisco, la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha es una opción prioritaria que los discípulos de Cristo están llamados a realizar para no traicionar la credibilidad de la Iglesia y dar esperanza efectiva a tantas personas indefensas. Sin embargo, dicha opción no puede ser de cualquier modo, pues ante todo debe caracterizarse por ser lo que llama “una atención amante”, en la búsqueda de su verdadero bien.

“No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios”, constata el Papa en su mensaje para la ocasión, titulado “La esperanza de los pobres nunca se frustrará” (Sal 9,19).

Dicha esperanza, puntualiza, se comunica también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo: “Los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa”.

Atención voluntarios

En su mensaje, el Papa reconoce a los numerosos voluntarios, que muchas veces tienen el mérito de ser los primeros en haber intuido la importancia de la preocupación por los pobres, sin embargo, les pide que crezcan en su dedicación, descubriendo en cada pobre lo que realmente necesita, no deteniéndose únicamente en su necesidad material, sino yendo más allá para descubrir la bondad escondida en sus corazones, “prestando atención a su cultura y a sus maneras de expresarse, y así poder entablar un verdadero diálogo fraterno”. 

“Dejemos de lado las divisiones que provienen de visiones ideológicas o políticas, fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere palabras sino una mirada de amor y una mano tendida”. Francisco pide no olvidar que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual, y en este sentido recuerda que, antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. “Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor”, concluye.

Los pobres nos salvan

Devolver la esperanza a los pobres es, pues, la primera misión de la Iglesia. Y en muchos casos basta con poco, como explica el Papa: basta con detenerse, sonreír y escuchar. 

Porque los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. 

“Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo”, afirma Francisco, reconociendo que a los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo que enseña el Apóstol Pablo cuando dice: “No hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Co 1,26-29). 

Las nuevas esclavitudes

En su mensaje, el Papa denuncia las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos hoy millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños:

“Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. 

¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?

Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse. Convertidos ellos mismos en parte de un vertedero humano son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo. 

Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres.

Para aumentar el drama, no se les permite ver el final del túnel de la miseria. Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida. Deambulan de una parte a otra de la ciudad, esperando conseguir un trabajo, una casa, un poco de afecto... Cualquier posibilidad que se les ofrezca se convierte en un rayo de luz; sin embargo, incluso donde debería existir al menos la justicia, a menudo se comprueba el ensañamiento en su contra mediante la violencia de la arbitrariedad. Se ven obligados a trabajar horas interminables bajo el sol abrasador para cosechar los frutos de la estación, pero se les recompensa con una paga irrisoria; no tienen seguridad en el trabajo ni condiciones humanas que les permitan sentirse iguales a los demás. Para ellos no existe el subsidio de desempleo, indemnizaciones, ni siquiera la posibilidad de enfermarse”.

 

Mons. Daniel Blanco, obispo auxiliar de San José y Presidente de Pastoral Social-Caritas

“La acción por el pobre no debe ser publicitaria”

¿Siente que el llamado del Papa debe de cambiar en algo el modo en el que como Iglesia nos acercamos a los pobres, y cómo debería de serlo?

No diría que el llamado del Papa Francisco deba hacer cambiar a la Iglesia en el modo de acercarse a los más necesitados, sino que reitera el llamado de muchos años que la Iglesia hace sobre cómo nos debemos acercar a los pobres y por tanto compromete a las estructuras eclesiales a por fin dar ese paso de ver al pobre como uno más de la familia cristiana con quien peregrinamos y por tanto un hermano al que amamos y buscamos integrarlo, acompañarlo y promoverlo y no únicamente asistirlo como si fuera un extraño, al que le damos algo para salir del paso pero no nos interesamos en su historia de vida, es lo que el Papa llama una “atención amante que busque el verdadero bien”.

¿Percibe que los católicos en la función pública, especialmente aquellos que sirven en instituciones que trabajan con personas pobres, están llamados de un modo particular a hacer la diferencia en su abordaje de la pobreza, colocando siempre a la persona en el centro, más allá de los números y las estadísticas?

Esto es un mensaje claro del Papa, dejar de lado las estadísticas y salir al encuentro. El católico que sirve en la función pública debe tener esto claro, su trabajo debe beneficiar para que las estadísticas sean cada vez mejores, es decir que los índices de pobreza disminuya, que las personas que viven con lo mínimo cada vez sean menos, que los niños en desnutrición desaparezcan, etc. Su pericia y servicio al Estado debe buscar el mejorar estas realidades reflejadas en los números fríos de las estadísticas. Pero el Papa insiste en que esto es posible sólo cuando se sale al encuentro, es decir, cuando ese número se transforma en persona que sufre, que tiene hambre, que está desempleada, que está en un país extraño, y en ese encuentro reconocer a esa persona como compañera de camino en esta Casa Común y ver en ella el rostro de Jesucristo.

El Papa previene sobre el voluntariado y las campañas asistencialistas desprovistas de sentido humano y de compromiso a largo plazo, ¿qué podría decirnos de esto en momentos en que las empresas privadas desarrollan campañas de responsabilidad social que tienden a tener más un objetivo de imagen social y comercial?

El Papa dice que las iniciativas de asistencialismo son “necesarias y encomiables” pero que deben ir más allá de una orientación únicamente consumista. Indica que no puede quedarse en un momento emotivo sino que debe ser un compromiso prolongado en el tiempo. En estas fechas del año, este momento entusiasta y emotivo se vuelve bastante común, no sólo con empresas que hacen donaciones, sino incluso con estructuras eclesiales que buscan dar algún tipo de asistencia por las fiestas navideñas.

El compromiso de todos debe ser lo que ha pedido el Papa Francisco, es decir no quedarnos en el momento entusiasta, sino comprometernos por un periodo prolongado de tiempo que permita consolar, acompañar y dar esperanza a los hermanos que sufren la pobreza y debido a esta pobreza, también sufren exclusión que nos les permite salir de ese círculo de la pobreza.

La acción por el pobre no deber ser nunca una acción publicitaria, sino una acción comprometida, no una acción de un momento sino una acción prolongada en el tiempo, no una acción de alguien que se siente superior, sino una acción del hermano que se encuentra y que camina junto a su hermano.

 

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