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Acoger e integrar a migrantes

  • Desde el sínodo, se eleva un llamado a acoger a los migrantes, a menudo jóvenes, cuya dignidad es frecuentemente violentada.

Martín Rodríguez González
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Ciudad del Vaticano. Las noticias del drama que viven miles de migrantes hondureños en su objetivo de llegar a Estados Unidos, tuvieron eco durante las sesiones del Sínodo de los Obispos sobre los Jóvenes.

Las palabras clave para los padres sinodales son acogida, solidaridad e integración, junto a un llamado a transformar las condiciones precarias de vida en los países que obligan a los jóvenes a emigrar.

Monseñor Ricardo García, obispo de la diócesis de Yauyos, en Perú, mencionó el tema en su intervención en el Aula Sinodal. Para él, es necesario dar más oportunidades de trabajo a los jóvenes, “la gente migra porque no tiene nada que hacer en su país”, dijo. “El tema es generar oportunidades de trabajo o estudio para que no se vean en la necesidad de emigrar”, agregó.

Sobre los países que se ven en el deber de acoger a los migrantes, el prelado dijo que evidentemente en primer lugar debe haber solidaridad.

Mons. García, animó a analizar las causas de emigración y tratar de contrarrestar las problemáticas existentes en el país de origen. 

Crítica a política estadounidense

Yadira Vieyra, joven observadora en el Sínodo proveniente de los Estados Unidos advirtió que el actual sistema de inmigración en su país “amenaza descaradamente” y no respeta las vidas y la dignidad de los migrantes.

Ante ello, afirma que la Iglesia debe intensificar y expandir las formas en que protege y cuida a los jóvenes y las familias migrantes o, de lo contrario, los jóvenes migrantes creerán que los grupos de activistas políticos seculares son los únicos que los ayudan a denunciar el racismo y promover el cambio.

Vieyra, de 29 años, es especialista en desarrollo infantil y trabaja en Chicago ayudando precisamente a las familias migrantes.

Vieyra dijo a los participantes del Sínodo el 11 de octubre que “el problema mundial de la migración se ha convertido hoy en día en una crisis humanitaria”. “Nuestro régimen de inmigración actual ha demostrado ser una institución que amenaza descaradamente la vida y la dignidad de la persona migrante”, denunció.

La Iglesia, por tanto, debe desempeñar un papel más activo en la promoción de “políticas a favor de la inmigración que promuevan el respeto y el fortalecimiento de la unidad familiar, especialmente cuando las familias en dificultades huyen de la violencia, la pobreza y, en algunos casos, el terrorismo”, manifestó.

Muchas de estas familias están recibiendo apoyo psicosocial de la Iglesia, puntualizó, pero tienen otros desafíos con los que la Iglesia puede ayudar, como el estigma de la salud mental y el asesoramiento para ser más resistentes y desarrollar respuestas más saludables frente a la adversidad.

“Como Iglesia que valora la vida en cada etapa, debemos escuchar atentamente y con sinceridad las historias de dolor que sufren nuestros jóvenes migrantes”, dijo, lo que significa que la Iglesia también debe ir a los centros de detención, a las fronteras y a donde sea que los emigrantes “enfrentan el miedo” y se amenaza su “seguridad y unidad familiar”.

Iglesia hondureña: “Es una tragedia humana”

Los Obispos de la Conferencia Episcopal de Honduras, expresaron su pesar y seria preocupación ante la “tragedia humana”, como ha llamado el Papa Francisco a la migración forzada, por la salida en caravana de miles de hondureños que han abandonado su tierra, buscando mejores oportunidades de vida, para ellos y para sus propias familias.

Ésta es una realidad indignante, se lee en el comunicado, causada por la actual situación que vive Honduras, obligando a una decidida muchedumbre a dejar lo poco que tienen, aventurándose sin certeza alguna por la ruta migratoria hacia Estados Unidos, con el deseo de alcanzar la tierra prometida, “sueño americano”, que les permita resolver sus problemas económicos y mejorar las condiciones de vida para los suyos y, en muchos casos, les garantice la tan anhelada seguridad física.

La Iglesia que peregrina en Honduras, afirman los obispos, reconoce el derecho humano de cada persona a una vida digna y al desarrollo personal, familiar y comunitario. Es deber del Estado Hondureño brindar a sus ciudadanos los medios para cubrir sus necesidades básicas, como son: trabajo digno, estable y bien retribuido, salud, educación y vivienda. 

Y cuando esas condiciones no existen, las personas se ven obligadas a vivir en la fatalidad y de ellos a emprender un camino que les lleve al desarrollo y superación, hallándose en la vergonzosa y dolorosa necesidad de tener que abandonar sus familias, sus amistades, su comunidad, su cultura, su ambiente y la tierra que los vio nacer.

Los obispos piden que ahora es momento de brindar salidas humanitarias a la población que va en caravana, pero también es hora de que tanto el Gobierno, el sector financiero, empresarial, trabajadores, campesinos y la sociedad en general “emprendamos la tarea de establecer un nuevo pacto social que aborde profunda y definitivamente la solución a este drama social hondureño”. 

 

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