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¿Qué es el pecado original?

el . Publicado en Tus dudas

“Buenos días estimado Monseñor. Hace un poco más que un mes le planteaba esta pregunta: ¿cómo debemos expresar el gran regalo de la redención? Usted respondió tratando de “revisar y comprender mejor ciertas expresiones y cierto lenguaje con que nos referimos” normal y tradicionalmente a ese gran tema. ¿No podría hacer lo mismo en referencia al tema del pecado original, dándonos una presentación que pueda ser más asimilable y con un lenguaje más sencillo que sea posible? Una vez más muchas gracias, Monseñor”.

Guillermo Bernardo Prendas G.
San José

Con su pregunta, estimado don Guillermo B. me ha hecho recordar que de las varias asignaturas teológicas que tuve que desarrollar con los alumnos, el tratado sobre pecado conocido como “amartología”, siempre nos resultaba el más complicado y nos dejaba con un sentimiento de insatisfacción. Y eso es lógico y natural, ya que el pecado con todas sus terribles consecuencias, es realmente el verdadero y podemos inclusive decir, el único mal que nos deshumaniza. Nos consuela y anima el grito de San Pablo: “en donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”. (Rom 5, 20). 

Con la preocupación de la sencillez y claridad, conviene acercarnos a un hecho incuestionable, teniéndolo bien presente y como punto de partida de nuestra búsqueda. Me refiero a lo que afirma el Concilio Vaticano II acerca de nuestra condición humana: “el hombre –leemos en la Gaudium et Spes– cuando examina su corazón se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden tener su origen en Dios su Creador, que es bueno. Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”. 

Este es el hecho incuestionable. Vemos el bien, lo queremos, pero de hecho experimentamos una fuerte inclinación al mal. San Pablo diría: “veo el bien, lo apruebo y lo quiero, pero de hecho el mal que no quiero” (Rom 7, 14-15). Esta inclinación al mal que todos llevamos dentro, en el lenguaje teológico, siguiendo a San Agustín, es llamada concupiscencia.

Frente a esta situación, ¿qué camino tomar? ¿qué respuesta cabe? No cabe en absoluto, sería absurdo, referir su origen y su causa a Dios. Como acabamos de verlo en el texto de la Gaudium et Spes, no puede Dios, Bueno, haber querido y creado a un ser inclinado al mal, y por tanto, enemigo de Dios mismo: se contradeciría a sí mismo.

Tampoco cabe refugiarse en afirmar, pura y sencillamente, que el ser humano está hecho así, como un ser en crecimiento, pero sin ninguna responsabilidad personal y moral. Es tan impactante, doloroso y dañino el desorden moral, que resulta superficial y del todo injustificado negar toda responsabilidad; sería negarle al hombre lo que le distingue de todos los demás seres: su libertad, su poder construirse o destruirse. 

No cabe otra respuesta, más que la que nos ofrece la Divina Revelación y que es la siguiente: “Creado por Dios en la justicia, el hombre sin embargo, por instigación del Maligno, en el propio comienzo de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin (plenitud y felicidad) al margen de Dios” (GS 13)

En ese pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios; lo consideró como su “contrincante”, no como su Padre y bienhechor que solo quería su bien, su felicidad. 

Toda la humanidad quedó implicada en el pecado de Adán. Lo afirma San Pablo con extrema claridad: “Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores” (Rom 5, 19). Aunque, el mismo San Pablo, a la universalidad del pecado, opone a la vez la universalidad de la salvación en Cristo: “la obra de justicia de uno solo (Cristo) procura a todos una justificación que da la vida” (Rom 5,18). 

Por la unidad del género humano, todos estamos implicados en el pecado de Adán, como todos estamos implicados en la obra redentora de Cristo, nuevo Adán. 

Sin embargo, y lo debemos decir con humildad, citado el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, “la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente” (No. 404).

Sabemos por otra parte, de la misma Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales, no para él solo, sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentado, Adán y Eva cometen un pecado personal pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que será transmitida en un estado caído. Es por eso que el pecado original con que nacemos , no es propiamente un pecado “cometido” sino un pecado “contraído”. 

Como acabamos de recordar con el Catecismo que “la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente” pero si no admitimos tal transmisión, terminamos o negando el pecado y la inclinación al mal con que llegamos a este mundo (concupiscencia) o hacemos a Dios responsable del mismo; hipótesis que se opone a toda evidencia. 

Es solo la contemplación de Cristo, “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 36), que nos da luz suficiente para que reconozcamos ese “misterio de iniquidad” (pecado) que nos envuelve a todos, pero que con la gracia de Dios, podemos y debemos vencer. Con Cristo y solo con Él otro mundo se hace posible.

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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