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¿El Magníficat implica un compromiso de liberación a favor de los pobres?

el . Publicado en Tus dudas

“Monseñor, en la oración de María Santísima conocida como “Magníficat”, se afirma que Dios “aniquiló los planes de los soberbios, que derribó a los poderosos y exaltó a lo humildes; a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”.

¿Cómo debemos entender estas afirmaciones? ¿Tiene la Iglesia el compromiso de presentar el Magníficat en toda su realidad para impulsar un proceso de liberación y de justicia a favor de los pobres? Muchas gracias, Monseñor, por atender a todo tipo de pregunta”.

Adrián López Ch. - Cartago

Estimado Adrián, ante todo es útil recordar que la oración de agradecimiento que el Evangelista san Lucas pone en los labios de María es conocida como el “Magníficat” y más popularmente como “La Magnífica”, porque con esa palabra, empieza la oración mariana, en su traducción al latín.

Volvamos ahora a su pregunta. A lo largo de la historia de la Iglesia, normalmente se han interpretado esas afirmaciones, en relación con las Bienaventuranzas que encontramos en el Evangelio de san Mateo (5, 1-12) y en el de san Lucas (6, 20-23). En los dos casos, la razón por la cual los pobres, los perseguidos, los que lloran, etc., son declarados “Bienaventurados”, es porque “de ellos es el Reino de los Cielos”, y porque “grande será en los Cielos su recompensa” (cf Mt 5, 12). Lo mismo leemos en el Evangelio de Lucas: “Alégrense entonces y salten de gozo, porque será grande su recompensa en el cielo” (Lc 6, 23).

Como podemos apreciar, estas afirmaciones de Jesús orientaron a que se comprendieran las Bienaventuranzas como un hecho que se realizaría en el “más allá”, es decir, en la vida eterna que nos espera. La parábola del Rico Epulón y del Mendigo Lázaro (cf Lc 16, 19-31) confirmaba esa interpretación. El rico que “vestía de púrpura y finísimo lino y que se regalaba todos los días con espléndidos banquetes” (16, 19) siguió viviendo así hasta cuando lo alcanzó la muerte. Lo mismo sucedió al pobre Lázaro, siguió de mendigo, pero mientras que éste “heredó el cielo”, el rico Epulón “quedó sin nada”, más aún, terminó “entre tormentos” (16, 23). Todo esto equivale a afirmar que los “poderosos son derribados y los ricos despedidos sin nada” como lo leemos en el Magníficat.

Brevemente: Dios se pone del lado de los pobres, de los que sufren, de los marginados y de los que son víctimas de la “cultura del descarte” según la conocida expresión del Papa Francisco.

Sin embargo, a partir de los años del postconcilio (1965) ha empezado, entre los biblistas, una lectura que, sin excluir la bienaventuranza futura en el Cielo, insiste en que las afirmaciones del Magníficat deben realizarse ya en nuestra historia. Se afirma que esto hace parte del proyecto de Dios. Él quiere que ya en este mundo, los “humildes” sean ensalzados y los hambrientos colmados de bienes. De su parte, la que es conocida como Teología de la Liberación ha cooperado mucho a difundir esta interpretación. Todo cristiano, pues, está llamado a comprometerse desde el mandamiento del amor, con valentía y constancia para que podamos vivir en un mundo más fraterno, justo y solidario. 

La esperanza del Reino de los Cielos no debe frenar en absoluto y aún menos apagar nuestra “indignación” frente a un mundo de inequidad e injusticia, sino, que debe impulsarnos a la “lucha” en contra de todas las manifestaciones en que el ser humano sea despreciado y sacrificado.

Es obvio que no se trata de dos lecturas (la clásica-espiritual y la moderna de compromiso social) en oposición, sino, que las dos deben complementarse.

El actual Magisterio de nuestro Papa Francisco lo “muestra” constantemente: a la vez que su mensaje apunta a la Vida que Dios nos ofrece en Cristo, la Vida eterna, al mismo tiempo y con insistencia, el Papa nos llama a la urgencia del compromiso cristiano para que se construya una sociedad en que se excluya toda injusticia, todo “descarte” y la persona, toda persona, esté en el centro de toda preocupación pública y de la Iglesia.

 

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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