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¿Dios permite a Satanás causarle sufrimientos al justo Job?

el . Publicado en Tus dudas

“Monseñor: Estoy leyendo la Biblia y empezando la lectura del libro de Job, me encontré con una sorpresa. Se dice que entre los Hijos de Dios (sin duda son los Ángeles) que se presentan ante Dios, en una ocasión llegó también “el Satán”. Así lo leí en mi Biblia, la de Jerusalén. Satán o Satanás, no es presentado como enemigo de Dios, sino como un espíritu a quien Dios le da la extraña autorización y poder de causarle daños y males de todo tipo al justo Job. ¿Cómo debo entender lo que tanta sorpresa me ha causado? Siempre con nuestra gratitud”.

Lector del Eco Católico - San José

 

Estimado Lector del Eco Católico: En el Antiguo Testamento hay una serie de escritos (libros) que van bajo el título de Sapienciales. El libro de Job, no cabe duda, representa entre ellos una auténtica obra maestra, ya desde el punto de vista literario, como por su trascendental contenido. Bien sabemos que su gran tema es el del dolor inocente y el de la retribución (premio o castigo para los buenos o los malos).

Si quisiéramos ofrecer una interpretación del todo precisa y exhaustiva del libro de Job, en todos sus largos capítulos, sin duda que pretenderíamos demasiado. Sin embargo, es necesario tener presentes algunos criterios fundamentales de interpretación bíblica, al menos para evitar posibles errores. Un criterio, uno de los más importantes, es el que corresponde al hecho incuestionable de que la Revelación ha sido progresiva, por lo cual no debemos detenernos en alguna afirmación, tomándola como definitiva y “cerrada” en sí misma. Este criterio ha sido evidenciado por el Concilio Vaticano II. Toda afirmación bíblica, pues, particularmente las del Antiguo Testamento deben ser iluminadas por el conjunto de las otras, que van mostrando así, el progreso de la Revelación.

Si ahora aplicamos este criterio al libro de Job, hay que recordar que su composición tuvo lugar más o menos allá por los comienzos del siglo V (500 a 400) antes de Jesucristo, cuando todavía el pueblo judío no había logrado la idea suficientemente clara acerca de la retribución (premio o castigo) en el “más allá”, es decir, después de la muerte. Era idea común que los justos recibían su premio en esta vida, como los malos su castigo. Se trata de una mentalidad que, en los mismos tiempos de Jesús, aún no había sido superada. Baste para el caso leer el comienzo del capítulo 9 de San Juan. Cuando los discípulos se encontraron con el ciego de nacimiento y le preguntaron a Jesús: “Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego? Y Jesús respondió: Ni él ni sus padres” (Jn 9, 2-3).

También con respecto a Satanás, el Autor del libro de Job, no poseía el conocimiento que encontramos en el Nuevo Testamento, y que fue ulterior y claramente definido por el Magisterio de la Iglesia. Como era idea común en su tiempo, el Autor pensaba que Satán, más que ser considerado como el Adversario propiamente dicho de Dios y de los hombres, creía que era uno de los Ángeles de la Corte de Dios, y que tenía, en la misma Corte del Cielo, la función semejante a la de un público acusador (“fiscal general”) y encargado de hacer respetar en la tierra la justicia y los derechos de Dios. Y sin embargo, en los primeros versículos del mismo libro de Job, Satán ya es presentado, sino como adversario de Dios, sí como envidioso y en definitiva, como enemigo, adversario del hombre y de su justicia. Aún no es concebido y descrito como el “tentador”, pero como que espera que el hombre (en este caso Job) caiga, y secretamente lo desea.

Concluyendo, pues, estimado Lector del Eco, el Satán presentado en el libro de Job aún no es conocido por el Autor Sagrado, en todo lo que Satanás realmente es. En el Nuevo Testamento ya se nos ofrece la plena descripción de su identidad. Él es el ángel que, creado bueno, “se hizo malo” por su caída y es el Maligno, el Adversario de Dios y del hombre, el que tentó al mismo Jesús (cfr Mt 4, 1-11). En la oración que Cristo enseñó a los suyos y, entonces, a todos nosotros, le pedimos al Padre que “no nos deje caer en la tentación” y que “nos libre del Maligno”.

Monseñor Vittorino Girardi S.

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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