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“Mis hijos no van a misa… ¿qué hago?”

el . Publicado en Tus dudas

“Lo nuestro es una preocupación que nos angustia. Nuestros hijos ya no van a Misa, ¿qué podemos hacer? Lo hemos comentado también con otros amigos que se encuentran en la misma dificultad: nos desahogamos y nos animamos a tener paciencia y, a la vez, estamos de acuerdo en que no hay que desistir de invitar a nuestros hijos a volver a la Iglesia. ¿Qué nos dice, Monseñor?”

Padres preocupados - Costa Rica

Queridos “Padres Preocupados”, aprecio su gratitud y la de muchos amigos del Eco, sin embargo, estos años de mi servicio han sido de mucha ayuda para mí mismo: tantas preguntas, inquietudes, dudas… han colaborado a que me sienta “cercano” a nuestros fieles y a su anhelo de conocer la verdad y de vivirla.

La constatación y la pregunta que ustedes me “lanzan” me vuelven una y otra vez. Tanto en nuestras parroquias, como en reuniones de apostolado y en conversaciones informales, muchas veces escuchamos esa dolorosa afirmación: “¡Mis hijos ya no van a Misa!” Con cierta frecuencia, además, recibo llamadas telefónicas en las que se me pide oración para que los hijos adolescentes y jóvenes vuelvan a la Iglesia…

Sin ninguna pretensión de dar con la “solución” de este serio problema, me atrevo a presentar unas reflexiones que en cualquier caso considero útiles.

1. Es del todo necesario mantener la convicción de que Dios es nuestro Padre y de que nunca nos abandona. Como entonces, “nos busca” a nosotros, haciendo resonar su llamado en lo profundo de nuestra conciencia, para que nosotros también le busquemos, así Él sigue llamando al corazón de nuestros hijos, para que ellos no se alejen. Para todos se aplica la afirmación de Jesús que encontramos en el libro del Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).

Esta Palabra de Dios nos anima mis queridos padres: no están solos en su preocupación por el bien de sus hijos. Jesús tiene la misma preocupación.

2.  De esta primera reflexión, brota una importante sugerencia práctica. No se conformen con la invitación dirigida a sus hijos para que “vuelvan a la Iglesia”. Sino que, en un clima de diálogo atento y amoroso, compartan con sus hijos su experiencia y su camino de fe. Comuníquenles cómo ustedes mismos recibieron el don de la fe y cómo la fueron expresando en la práctica de “ir a Misa” y en otros encuentros religiosos y de oración. También les pueden comunicar las posibles crisis que ustedes mismos, en su edad pudieron sufrir y cómo las superaron… Hoy en día, nuestros adolescentes y jóvenes están sometidos a un auténtico bombardeo de palabras, noticias, propuestas y experimentan una verdadera hambre de experiencias positivas, particularmente si les son ofrecidas por personas que los aman y aprecian y a quienes ellos aman y aprecian.

3. Papás, y en esa comunicación, corazón a corazón, sin aire de reproche y aún menos de “superioridad” muéstrenles a sus hijos cómo la fe y su práctica, han hecho la diferencia en su vida, y en todos sus aspectos, como es el amor a la familia, la responsabilidad en el trabajo, los gestos de bondad hacia los necesitados, la serenidad y esperanza en los momentos difíciles y dolorosos que acompañan normalmente nuestro vivir… y asegúrenles que es únicamente en Dios en quien han encontrado la fuerza para seguir luchando y amando.

Sé que todo esto nos exige coherencia. Si no la hay, al menos de un modo sustancial, las palabras de poco servirían. Los hijos, particularmente los adolescentes, son demasiado críticos y exigentes al respecto, aunque no siempre nos lo expresen o nos lo digan con actitudes de rabieta y rebeldía.

4. Es también de grande ayuda que los padres puedan preguntar a sus hijos, con el tono de quien ama y quiere aprender y ayudar, de cómo ellos, sus hijos, han vivido anteriormente su fe, de qué ayuda les fue, de cómo y por qué se fueron alejando y, -finalmente- de cómo quisieran que nosotros -los papás- viviéramos y expresáramos la nuestra.

5. Mostrar a los hijos, y esto desde antes de que entren en la adolescencia, que la fe y sus expresiones, más que un deber, son una necesidad. La vida se va construyendo en y por las relaciones, con la familia, con los amigos y, de una manera única, en relación con Dios. Es Él quien da el sentido o dirección a nuestro camino, desde el vientre materno a la tumba… Lo esencial del camino es la meta, y los hijos deben ver y experimentar en la vida de sus padres que ésta tiene una meta que está más allá de todo lo que nos rodea.

Es sobre todo en este punto, en que se juega el deber esencial de la coherencia, que los adolescentes y jóvenes quieren de un modo especial y único, ver en los propios padres.

6. Hay, finalmente, una tarea común que se impone a los papás, a los sacerdotes y sus colaboradores: hay que hacer todo lo posible para que nuestros adolescentes y jóvenes se sientan bienvenidos y acogidos en nuestras celebraciones; bienvenidos en la casa común de todos que es el templo. Los sacerdotes y todos los agentes de pastoral debemos dar prueba de que conocemos, re-conocemos, amamos e involucramos a los adolescentes y jóvenes de sus comunidades fomentando en ellos el sentido de “pertenencia” a la propia familia parroquial. Es demasiado fácil atender y dedicar tiempo a los fieles que ya no nos necesitan tanto, como nos necesitan los jóvenes. Hay pues, que desempolvar el documento de Puebla (1979) que insiste en el deber de la “opción preferencial por los jóvenes”, con la convicción de que nunca se pierde el tiempo cuando se trabaja por ellos y con ellos. El actual Sínodo de los Obispos reunidos en torno al gran tema de los jóvenes nos comunica la urgencia de tal deber.

7. Habrá momentos en que viendo “pocos resultados”, padres y agentes de pastoral, podemos experimentar la tentación de “abandonar”, de ya no ver… Ver y dejar que las cosas sigan. Es el momento en que, a nuestra insistente oración, habrá que añadir nuestras lágrimas, al estilo de santa Mónica, a quien san Ambrosio consolaba diciéndole: “No puede ir perdido un hijo (Agustín) de tantas lágrimas”.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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