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Nicodemo

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Visitante nocturno y discípulo en secreto de Jesús.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

A partir de este domingo, vamos a ir presentando a los protagonistas de la vida pública y adulta de Jesús, conforme fueron apareciendo en esa etapa de la vida del Señor, según los Evangelios. Comencemos con Nicodemo, fariseo y maestro judío. 

Vayamos al texto de Juan 3,1-8: “Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste a Jesús de noche y le dijo: ‘Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él’. Jesús le respondió: ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios’.  Le dice Nicodemo: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?’. 

Respondió Jesús: ‘En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu’…” (Evangelio del segundo lunes del Tiempo Pascual).

¿Quién era Nicodemo?

Nicodemo aparece varias veces en el Evangelio de San Juan (Jn 3,1-13; 7,50-52; 19,39). Era una persona que ostentaba una cierta posición social en Israel. Tenía liderazgo entre los judíos y formaba parte del tribunal llamado Sanedrín o Consejo de los judíos. En el Evangelio de Juan, él representa al grupo de los judíos que eran piadosos y sinceros, pero que no llegaban a entender todo lo que Jesús hacía y decía. Nicodemo había oído hablar de señales, de las cosas maravillosas que Jesús hacía y quedó impactado. Por eso quería conversar con Jesús para poder entenderlo mejor. 

Era una persona cultivada que pensaba entender las cosas de Dios. Esperaba al Mesías con un “librito de la ley en la mano”, para verificar si la novedad anunciada por Jesús estaba de acuerdo. Jesús hace percibir a Nicodemo que la única manera que alguien tiene para poder entender las cosas de Dios es ¡naciendo de nuevo! Este fariseo, doctor de la ley, está bastante bien dispuesto. Va a visitar a Jesús, aunque lo hace de noche. Sabe sacar unas conclusiones buenas: reconoce a Jesús como maestro venido de Dios, porque le acompañan los signos milagrosos de Dios. Tiene buena voluntad.

Aquella escena nocturna es bella y diríamos, serena…  Jesús acoge a Nicodemo. A la luz de una lámpara dialoga serenamente con él. Escucha las observaciones del doctor de la ley, algunas de ellas poco brillantes. Es propio del evangelista Juan redactar los diálogos de Jesús a partir de los malentendidos de sus interlocutores (ver Jn 2,18-21). Aquí Jesús no habla de volver a nacer biológicamente, como no hablaba del agua en sí del pozo con la samaritana (Jn 4,5-14), ni del pan material cuando anunciaba la Eucaristía (Jn 6,51-59). Pero Jesús no se impacienta. Razona y presenta el misterio del Reino. No impone: propone y conduce.

Jesús ayuda a Nicodemo a profundizar más en el misterio del Reino. Creer en Jesús -que va a ser el tema central de todo el diálogo- supone “nacer de nuevo”, “renacer” del agua y del Espíritu. La fe en Jesús -y el bautismo, que va a ser el rito de entrada en la nueva comunidad- comporta consecuencias profundas en la vida de uno. No se trata de adquirir unos conocimientos o de cambiar algunos ritos o costumbres: nacer de nuevo indica la radicalidad del cambio que supone el “acontecimiento Jesús” para la vida de la humanidad.

Otras intervenciones

Luego Nicodemo aparece en los días de la fiesta judía de las Chozas, cuando Jesús se presenta como agua viva (Jn 7,37-39), provocando dudas en el pueblo sobre su origen e identidad (Jn 7,40-47), y quieren arrestarlo por orden de los fariseos y sacerdotes (Jn 7,48-49), a lo que Nicodemo intenta que ellos sepan escuchar a Jesús y reflexionar, topándose con el prejuicio y el rechazo de los dirigentes, sobre el origen galileo de Jesús (Jn 7,50-52).

Finalmente, aparece junto a José de Arimatea, en el momento del entierro solemne de Jesús: “Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos” (Jn 19,38-40).

Jesús es sepultado como los grandes hombres de este mundo, como persona de autoridad y con gran suntuosidad: se emplean perfumes sin reparar en gastos. No es casual que Juan indique la cantidad de aromas empleados: “unas cien libras” (traduciendo esta cantidad a nuestras medidas, se trata de unos 30 o 32 kilos, y la cantidad es cien veces superior a la del perfume de María en Jn 12,3): parecería excesiva, un derroche, si no fuera por la suma dignidad del difunto. La cantidad sirve precisamente para indicar la gran importancia del Crucificado. Esta cantidad de perfume, que casi aplasta el cadáver de Jesús, indica que es un Rey. Es casi embalsamado, como un faraón egipcio.

Ambos, discípulos a medias de Jesús por miedo a los judíos, ahora manifiestan su simpatía y afecto, como tal vez de veneración y respeto al cadáver del Señor y al sepultarlo con todos los honores, están proclamando el señorío de aquel singular hombre, al reconocerlo como Rey… Porque ha sido Rey de los judíos y ha muerto como Rey, reinando desde la cruz. Su pasión y muerte es manifestación de su reinado.  

Este fue Nicodemo, que fue a visitar de noche a Jesús, que supo defender sus orígenes y que tuvo la dicha de enterrarlo dignamente como Rey, quien le había enseñado acerca del nuevo nacimiento. 

 

 

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