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Ana, la anciana profetisa

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Llegó una mujer anciana y habló del Niño Jesús, a quienes aguardaban la salvación en Israel ¿Quién fue? Hoy la conoceremos.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

El día en que los padres de Jesús lo llevaron recién nacido a Jerusalén, para presentarlo al Señor, llegó el anciano Simeón lleno del Espíritu Santo para anunciar su trascendental misión, además de tener la dicha de “alzarlo por un buen rato”, a manera de encuentro y despedida de él, simultáneamente… Pero Simeón no estaba solo. Junto a él aparece la figura noble y atrayente de la anciana Ana, que es descrita con unos pocos rasgos que no podemos dejar pasar desapercibidos: 

“… Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén...” (Lc 2,36-38)

¿Quién era Ana?

Una profetisa del templo de Jerusalén. Las profetisas en Israel eran muy valoradas y tenidas en cuenta. Recordemos a María o Miriam, la hermana de Moisés, la cantora del acontecimiento del éxodo (Éx 15,20-21), o a Juldá que, en los días en que el piadoso rey Josías, encontró el libro de la ley en el templo (los textos de Dt 12-26), fue consultada por él y ella le dio sus vaticinios (2 Rey 22,20).

Así pues, Ana representa a los profetas, mientras que Simeón representaba a la Ley. Aquellos dos pilares de la fe y de la comunidad de Israel se unen ahora para testificar la llegada del Mesías. Ana nos recuerda a otra Ana, la madre del profeta Samuel (1 Sam 1-2) y también a Judit, viuda como ella, que vivió en ayunos y oraciones y fue un medio privilegiado para la “liberación” de su pueblo. Su nombre es la transcripción del hebreo “Hannáh”, que significa “Gracia”, “Favorecida” o “Favorita” y viene a significar el momento que presencia y anuncia. 

El Evangelio de San Lucas la presenta como perteneciente a la tribu de Aser, tribu instalada en el norte de Israel, incluso fuera del territorio de Palestina. Había estado casada durante siete años. Cuando Jesús aparece en el templo de Jerusalén, en brazos de sus padres, Ana parece tener ochenta y cuatro años, según interpretan el dato la mayor parte de los estudiosos. De todas formas, su larga viudez es uno de los signos privilegiados en la Biblia. 

La mujer viuda y anciana era uno de los modelos clásicos de la pobreza humana y de la compasión divina. A ella se le atribuyen, además, detalles de las viudas que aparecen en el texto de 1 Tim 5,3-16. El hecho de permanecer tantos años viuda, pues se había casado siendo una jovencita, la hacía una persona digna de una especial estima y aprecio en Israel.

Según el Evangelio, Ana había pasado su larga vida escuchando la Palabra de Dios. Y ahora en el templo dedicaba sus días y sus noches al culto a Yahvé, representado por el ayuno y la oración. La asiduidad del culto a Dios la volvemos a encontrar en boca de Pablo, atribuida a las doce tribus de Israel (Hech 26,7). Esto nos hace pensar que Ana es presentada aquí como un símbolo de todo su pueblo y, a la vez, como una mujer digna de estima y modelo de piedad israelita.

Auténtico profetismo

Simeón y Ana. Un mismo Espíritu los mueve. Un mismo escenario los alberga. Y un mismo misterio los reúne. Pero el texto parece subrayar una menuda y dichosa distinción, que los asocia en una misión compartida y compartible. Tal vez no sea una casualidad que Simeón se dirija a los padres del Niño Dios, mientras que Ana habla a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. El primero medita y anuncia, la segunda proclama y predica. Simeón anuncia la proyección universal del mensaje. Ana invita a Israel a descubrirlo: “Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2,38). 

Ana alaba a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Israel. Es interesante anotar que el verbo que aquí se refiere a la alabanza pública que Ana dedica a Dios, no aparece más veces en todo el Nuevo Testamento. El análisis del texto sugiere, además, que la buena anciana no se limitó a hablar aquel día de Jesús, sino a contemplarlo y anunciar así la llegada de su salvación. En eso consiste su don de profecía. 

Entre las personas que vivían a la espera de la novedad de Dios, el evangelista Lucas nos presenta a dos personas ancianas: Simeón y Ana. Además del papel teológico que desempeñan en el texto, Simeón y Ana nos descubren el misterio y ministerio de una ancianidad que, en medio de la algarabía -como la de aquel templo de Jerusalén- abre su espíritu al paso del Espíritu. Son dos “testigos” que nos hablan de las posibilidades de una ancianidad al servicio del Evangelio y la evangelización. 

El niño Jesús es presentado al templo para cumplir los requisitos ordenados por la Ley. Y ellos son los primeros en reconocerlo y en anunciarlo públicamente. Se podría decir que, tras los pastores y los magos, Simeón y Ana son los primeros discípulos y apóstoles del Mesías. Simeón es el hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu Santo. Por él pasa el eje que separa el mundo de la Ley y el mundo del Espíritu. Y Ana, con su clarividencia y sus ojos iluminados por el Espíritu de Dios, descubre en Jesús al Mesías de Israel y así lo anuncia a todos los que esperan la liberación. San Lucas ha querido ver en estos dos ancianos, los modelos del profetismo más auténtico.

Toda esta reflexión nos enseña mucho de estos dos nobles ancianos, que tuvieron la dicha de contemplar y profetizar acerca del Salvador del mundo.

 

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