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El anciano Simeón

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Un testigo cualificado del recién nacido Jesús ¿Por qué? Hoy lo sabremos.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Ayer sábado dos de febrero, la Iglesia celebraba la fiesta de la Presentación del Templo, que es casi una prolongación del tiempo de Navidad y que los cristianos recordamos y rezamos en el cuarto misterio gozoso del Santo Rosario. Y uno de los protagonistas fue el anciano Simeón (como también la profetisa Ana), como testigo de excepción de aquel momento importante de la Sagrada Familia. Veamos el texto correspondiente, en el Evangelio de San Lucas: 

“… Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

‘Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel’.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. 34 Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: ‘Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos’…” (Lc 2,25-35).

De pocas personas se han pronunciado unos elogios tan hermosos, como los que a Simeón dedica el relato del Evangelio de San Lucas. Tres notas lo hacen memorable: era un hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y en él estaba el Espíritu Santo (Lc 2, 25). El texto no dice explícitamente que Simeón fuera un anciano, pero lo sugiere al poner en sus labios las palabras de aceptación de una muerte, que habría de coronar sus expectativas. 

Seguramente no es una casualidad que a la triple mención de la Ley (Lc 2,22.23.24) suceda la triple mención del Espíritu Santo (Lc 2,25.26.27). Simeón es como la bisagra sobre la cual giran las dos puertas de un gran díptico. Una mira al pasado y la otra al presente. En él se encuentran la promesa y el cumplimiento. En él se encuentran la alianza antigua y la nueva. Con él parece retornar el Espíritu de Dios que se creía apagado. Su subida al templo de Jerusalén da lugar a la gran epifanía o manifestación del Mesías. 

Pertenece a la tradición de su pueblo el orar bendiciendo a Dios. Isabel había pronunciado una bendición, al recibir la visita de María. También Simeón “bendijo a Dios” con un himno -conocido como el “Nunc Dimitis”- que evoca las antiguas experiencias de su pueblo. Este canto, que la Iglesia ha incorporado a la oración litúrgica del anochecer (Completas), es de una conmovedora belleza. La paz, la luz y la gloria son las grandes realidades aportadas por Jesús, que ahora se convierten en motivo de gratitud y de alabanza a Dios. 

En sus brazos, el anciano Simeón sostiene a un niño, que había nacido para ser luz de las naciones y gloria de Israel. Un nuevo horizonte de universalidad se abre ante sus ojos casi apagados. Pertenece a una era nueva esa gozosa percepción de que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Porque Dios no es patrimonio de una sola nación o cultura. Su salvación está destinada a todas las gentes (Lc 2, 29-32).

María y José estaban admirados. La fe, como la sabiduría, sólo puede brotar en un corazón asombrado. Con Simeón empieza toda una historia de encuentros con el Mesías, que suscitarán indefectiblemente un sentimiento de pasmo y de sorpresa.  Por los labios de Simeón se anuncia la salvación como un drama de aceptación y rechazo: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción…” Así lo repetía aquel hombre justo movido por el Espíritu (Lc 2, 34). Y así sucederá bien pronto en la vida de Jesús y, especialmente, en la hora dramática de su pasión y de su muerte.

Su última frase se dirige personalmente a María. Una espada atravesará su corazón, es decir, toda su persona. A la luz de otros textos del mismo Evangelio (Lc 8, 21; 11, 27-28), la espada sugiere las dificultades para comprender que la obediencia a la Palabra de Dios está por encima incluso de los más sagrados vínculos familiares. Es la espada de la palabra, que, como dice la Carta a los Hebreos: “es más cortante que espada de dos filos…y discierne sentimientos y pensamientos del corazón” (ver Heb 4,12-13). Y así la experimentó María a lo largo de su vida, ante la vida, las enseñanzas y gestos de su Hijo.

Simeón se presenta, pues, como el que acoge al Hijo de Dios. En la fiesta de la Presentación del Señor, la Liturgia de las Horas nos ofrece un bellísimo sermón de San Sofronio, en el que aquel patriarca de Jerusalén nos invita a recibir la luz de Cristo como lo hizo Simeón: 

“Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.  Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche. Al contrario, avancemos todos llenos de resplandor. Todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna…  Imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera…”

Aquel noble anciano, que encarnaba la piedad de los pobres del Señor y como últimos de los profetas del Antiguo Testamento, tuvo la dicha de tener en sus brazos al Salvador y anunciar su destino, estallando como Zacarías y María, en alabanzas por las maravillas del Señor. Él lo había esperado en el secreto de su corazón y Dios le concedió verlo, antes de morir… Nunca la ancianidad es señal de acabamiento, sino de esperanza y confianza, en el Dios que nunca deja de sorprendernos, seamos jóvenes, adultos o “viejos”. 

 

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