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Herodes el Grande

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Hoy conoceremos mejor a Herodes, el perseguidor del niño Jesús.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

¿Quién de nosotros no ha oído hablar de Herodes el Grande? Lo conocemos por los relatos de la infancia de Jesús (Mt 1-2), cuando fue visitado por los magos de Oriente (Mt 1, 1-3.7), de su supuesto deseo de ir a conocer y adorar al Niño Dios (Mt 2,8), y de la matanza de los inocentes en Belén (Mt 2,16). Un personaje célebre por su crueldad y por su paranoia, como ha sucedido y sucede con los tiranos de siempre. Fue un genocida y rey sanguinario, aferrado al trono de Israel que había conquistado de forma ilegítima.

Había nacido hacia el año 73 a.C. Su padre fue un idumeo y su madre una princesa árabe (Idumea era una región situada al sur de Judea, poblada por no judíos y que en el Antiguo Testamento eran llamado edomitas. Ver Mc 3,8, Mt 4,25). No era judío. Tuvo diez mujeres. El Nuevo Testamento habla de tres de sus muchos hijos: Arquelao (Mt 2,22), Herodes Antipas (Mt 14,1; Lc 9,7-9; 23,8-12) y Herodes Filipo (Lc 3,1), hijos de sus esposas.

Se había ganado el favor del emperador romano, gracias al cual ostentó en Israel cargos de gran importancia: fue gobernador de Galilea, estratega de Celesiria, tetrarca, rey de Judea y dueño y señor de Jerusalén, pues el senado romano le otorgó el título de “rey”. 

Su reinado duró del año 37 al 4 a.C. y fue famoso por las grandiosas construcciones que llevó a cabo. Fundó ciudades a las que les puso el nombre del emperador (como Cesarea Marítima, en honor del emperador César Augusto); a otras les embelleció como a Jerusalén, en la que emprendió la reconstrucción del templo (del cual lo único que queda hoy es el llamado Muro de los Lamentos), levantó la torre llamada Antonia, el palacio real y el anfiteatro.

Ejerció la autoridad con absoluto despotismo, hasta el derramamiento de sangre, de lo que buena muestra es la tragedia de su propia familia y la matanza de los niños inocentes de Belén (Mt 2,18; Lc 1,5). Durante su gobierno, no dudó en aniquilar a cuantos pretendieron ponerse en su camino o disputarle el trono, fueran enemigos o parientes.

¿Herodes culpable de crímenes?

En efecto, cuando subió al trono de Jerusalén en el año 37 a.C., hizo matar a 45 partidarios de su rival Antígono, así como a numerosos miembros del sanedrín, el consejo  supremo del pueblo judío. Dos años después ordenó ahogar en una piscina de Jericó a su cuñado Aristóbulo, a quien poco antes él mismo había nombrado sumo sacerdote, aunque sólo tenía 16 años y era hermano de su mujer predilecta. En el año 34 a.C. hizo matar a José, tío suyo y esposo de su hermana Salomé. Cinco años más tarde cometió el delito más trágico de todos: debido a simples calumnias que le habían llegado, hizo matar a su mujer Mariamme, de quien estaba locamente enamorado; y apenas fue ejecutada la sentencia, el rey se arrepintió y quedó tan enloquecido de dolor, que ordenó a sus sirvientes que fueran por todos los pasillos del palacio, llamando a la esposa difunta en voz alta, como si todavía ella viviera.

Pero sus crímenes no terminaron allí. A los pocos meses mandó matar a su suegra Alejandra, acusada de intrigar en su contra. En el año 25 a.C. mató a su cuñado Kostobar, nuevo esposo de su hermana Salomé. En el colmo de su crueldad, hizo matar a dos de sus hijos, Alejandro (el segundo) y Aristóbulo (el tercero), porque sospechaba que conspiraban contra él, así como a 300 oficiales partidarios de los dos jóvenes. En el año 4 a. C, sólo cinco días antes de su muerte, y hallándose gravemente enfermo, hizo matar a su hijo mayor llamado Antípatro, que estaba a punto de sucederlo en el trono; y tanto le agradó esta muerte, que luego de la ejecución pareció recobrarse y mejorar de salud.

Y cuando ya estaba a punto de morir, para poder concluir su vida con un acto terrible, digno de su temperamento brutal y feroz, como preveía que su fallecimiento iba a producir gran alegría entre sus súbditos y él quería que su pueblo llorara, hizo encarcelar en el hipódromo de Jericó, a los representantes de las principales familias judías del país, y ordenó a su guardia que fueran degollados apenas él muriera. Así habría llanto en todo su reino el día de su funeral (por dicha esto no ocurrió). Por todo este despliegue de crueldad y barbarie que exhibió Herodes a lo largo de su gobierno, la idea de unos niños asesinados en Belén por temor a que le disputaran el trono, no resulta descabellada.

Todo privilegio tiene una obligación

El domingo anterior, al contemplar la estrella de Belén, enseñábamos que San Mateo pretendía explicar que Jesús, una vez nacido en Belén como un niño judío y para salvar a  su pueblo, quiso brindar también al paganismo, ya desde su cuna, la posibilidad de un encuentro, para lo cual les envió la luz de la fe (simbolizada en la estrella), cuya misión era guiar a los gentiles (Magos) hasta el lugar donde se encontraba el Salvador (Jesús). Pero el judaísmo (representado por Herodes, Jerusalén y sus dirigentes), rechazó en pleno a Jesús. Entonces el camino quedó libre para que los paganos pudieran ir guiados por la estrella (la fe) hasta el lugar mismo donde se encontraba Jesús (en Belén).

Pese a su privilegio de ser el pueblo del Mesías tan esperado, sabemos que todo privilegio tiene su correspondiente obligación. Y San Mateo recuerda que Israel estaba mucho más constreñido a recibir al Mesías, tenía las luces necesarias para descubrirlo en el niño Jesús. Incluso su nacimiento en Belén proclamaba a los cuatro vientos que el reino mesiánico había llegado. Pero el relato de los magos nos enseña cómo el judaísmo renunció voluntariamente a su posición de privilegio.

No quiso ir al encuentro del Mesías. Más aún, lo consideraba un usurpador y un peligro. Y rehusando conducir al mundo gentil (a los magos), hasta donde se encontraba Jesús, Israel renunció voluntariamente a los privilegios que le otorgaba su situación de ser el pueblo elegido. Y es entonces y sólo entonces, cuando al paganismo se le abrieron las puertas para acercarse directamente a Jesús. Ya no precisa llegar al Salvador a través del judaísmo. El antiguo pueblo cede paso a uno nuevo. Esto nos enseña la historia de Herodes, de los Magos, de la estrella guía, de la Sagrada Familia y de los inocentes muertos.

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