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El ángel de gloria

el . Publicado en Sagradas Escrituras

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat 

Una de las figuras bellas, que no faltan en nuestros nacimientos o portales, tanto en las casas como en los templos, por estos días, es la del ángel que se les aparece a los pastores en la noche de la primera Navidad (Lc 2,9-14). Lo llamamos “el ángel de gloria”, por el canto que entonó, junto con los demás ángeles y que conocemos como el “Gloria” y que la Iglesia lo canta cada domingo, en las solemnidades y, por supuesto, en el tiempo de Navidad que estamos en vísperas de comenzar, en el tiempo de Pascua, así también en las principales fiestas de María, los apóstoles y los santos. Veamos qué nos cuenta de él San Lucas:

“… De pronto, se les apareció (a los pastores) el ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el ángel les dijo: ‘No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Y junto con el ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra, paz a los hombres amados por él! …”  (Lc 2,9-14).

El ángel del Señor en varios textos del Antiguo Testamento, designa la presencia de Dios, que guía y acompaña a su pueblo, desde los tiempos de los patriarcas. Aquí, en este relato, se refiere al ángel Gabriel que, sabemos, fue quien anunció a María el misterio de la encarnación de su Hijo (Lc 1,26-38), como también se había manifestado al sacerdote Zacarías (Lc 1,5-20). El relato nos presenta toda una profunda cristología, como veremos a continuación:

El anuncio del ángel a los pastores sigue el esquema habitual en las apariciones o epifanías o manifestaciones celestes: una gloria luminosa (Ez 1,28), el miedo de los pastores (como en Juec 6,23), la expresión “no teman”, el alegre mensaje sobre el niño y el signo que confirmará sus palabras (como en Juec 6,17-23). Quizá lo más nuevo es la confesión de fe cristiana en Jesús, que concentra rasgos fundamentales de la cristología de San Lucas. Este niño que nace en Belén va a ser el Mesías esperado de Israel, el Señor manifestado en su resurrección, el auténtico salvador de los hombres (Hech 2,35). Este último título tenía una enorme importancia en la época de San Lucas, ya que se le asignaba no sólo al emperador romano sino también a los dioses paganos, que eran llamados así (salvadores).

San Lucas al utilizar este título para Jesús (Lc 2,11.30; Hech 5,31; 13,23) nos lo presenta como el único Señor, relativizando a quienes se presentan como señores de este mundo o también al afán humano de “endiosar” o absolutizar lo que es simple criatura, persona, objeto, etc. El título Cristo o Mesías se aplicaba generalmente, en el judaísmo del s. I d. C, a un rey de la familia davídica, que vendría a restaurar el reino de Israel (ver Hech 1,6). El tono predominantemente político del título es minimizado por San Lucas, que insiste en la dimensión universal del mesianismo de Jesús (Lc 2,29-32). Señor es el título más utilizado para referirse a Jesús en el Evangelio de San Lucas y en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Su contenido expresa el carácter sublime y grandioso de su persona y su señorío sobre la humanidad.

Este anuncio del ángel encuentra un eco en el cielo, es el canto del “Gloria” (Lc 1,14). La gloria de Dios se manifestaba en el Antiguo Testamento en los acontecimientos de la historia. Ahora, en el niño que nace, nos encontramos con el centro del tiempo y de la historia de la salvación. Por eso con él llega la paz, que es una de las expresiones utilizadas para hablar de la salvación esperada, en el tiempo del Mesías (Is 9,5-6). Y esta paz llega, no a los hombres de buena voluntad -como decían las antiguas traducciones- sino a los hombres que son amados por Dios. Pero su amor no tiene límites y alcanza a todos.

Como vemos, especialmente los versículos 8-14 nos refieren el anuncio por parte de un ángel y la visión de ángeles que cantan. Es la revelación por parte de Dios (ver v.15) que nos descubre en el “signo” de “un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (v. 12) “el Salvador, el Cristo y Señor” (v. 11). En la última parte (vv. 15-20) encontramos varias reacciones con respecto a la revelación del misterio. El signo que Dios ofrece, cuando es acogido con humildad, señala el punto de partida en el camino de fe hacia aquel que se revela. El Mesías, Señor y Salvador, es ese niño pobre, débil y frágil, envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

El ángel de gloria hoy

La figura del ángel del Señor en nuestros portales, no es simplemente una figurita bella y decorativa. Mucho podemos aprender de este ángel evangelizador, que quiso anunciar a los pastores el nacimiento de Jesús. Muchas veces nos sentimos “atiborrados” de malas noticias y hay suficientes personas que llevan malas noticias también. Como este “ángel de gloria”, llevemos noticias de aliento y esperanza a este mundo.  Pues cada persona en este mundo carga con problemas y situaciones difíciles en su vida, aunque no parezca, como dice el dicho: “la procesión se lleva por dentro”.  Otros dicen: “caras vemos, corazones no sabemos”. De allí la necesidad de animar y fortalecer a los que sufren y viven tristes, en estos días de Adviento y Navidad.

Qué bueno que, en este mundo, donde la gente vive cargada y deprimida, haya un pueblo de Dios que trae un mensaje de aliento, de esperanza y de vida: “ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor (v.11). El ángel de la Navidad, es el primero en evangelizar o dar a conocer a Jesús, tarea prioritaria de la Iglesia de todos los tiempos. Los demás ángeles de aquella noche cantaron y glorificaron a Dios, al enviar a su Hijo. Que nosotros, como ellos, demos gracias al Padre por este don inmerecido de su Hijo y celebremos su nacimiento con alegría, fe, amor y cercanía con los demás, especialmente con los pobres, los que sufren y los marginados, en los que se manifiesta Cristo (Mt 25,37-40).

 

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