All for Joomla All for Webmasters

El Magníficat de María

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Como María, ¿sabemos reconocer lo que Dios ha hecho en nuestras vidas?

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Estamos presentando a los protagonistas de los Evangelios en la Infancia de Jesús, según San Lucas (Lc 1-2), comenzando por Zacarías e Isabel, Juan el Bautista y María, en los relatos del nacimiento tanto de Jesús como de Juan (dos anunciaciones, dos nacimientos y dos cánticos, el de María y Zacarías). El domingo anterior contemplábamos a María en casa de Isabel. Hoy la vemos cantando y alabando al Dios que hizo maravillas en ella:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”. (Lc 1,46-55, texto litúrgico. Liturgia de las Horas, Vísperas)

También María, en casa de Isabel, después de escuchar las alabanzas de su prima, prorrumpe en un cántico de admiración, alegría y gratitud a Dios, el Magníficat, que la Iglesia ha seguido cantando generación tras generación, hasta nuestros días. Este cántico tiene muchas reminiscencias del Antiguo Testamento, y sigue de cerca al cántico de Ana (1 Sam 2,1-10). De este cántico toma el tema básico de la maternidad, las parejas “poderosos y humildes”, “ricos y pobres”, el cambio de la situación (lo alto va hacia abajo, lo bajo se encumbra o se ensalza), el gozo de la celebración, la santidad de Dios, el fijarse en la humildad, el Dios de los patriarcas.

En representación de todos los pobres que expresan la liberación, María se alegra de la grandeza de Dios, porque se ha fijado en la situación humillante de su pueblo y ha venido a salvarlo. El mayor testimonio de la santidad de Dios, es que él mismo se una a los pobres y asuma su situación. Dios realiza un cambio, un vuelco de situaciones sociales para crear un nuevo tipo de relaciones más humanas. El cántico de María tiende un puente entre el tiempo de la espera (el Antiguo Testamento), y el tiempo de la realización (el Nuevo Testamento). María, tan discreta en los Evangelios, aparece aquí como la profetisa que proclama la revolución histórica, ya empezada con la venida del Salvador.

María canta agradecida lo que Dios ha hecho en ella, y sobre todo lo que ha hecho y sigue haciendo por Israel, con el que ella se solidariza plenamente. Le alaba porque “dispersa a los soberbios, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,52-53). 

Resume la actitud religiosa de Israel

Esta oración que el evangelista San Lucas pone tan acertadamente en labios de María, y que probablemente provenía de la reflexión teológica y orante de la primera comunidad, es un magnífico resumen de la actitud religiosa de Israel en la espera mesiánica, como veremos a lo largo del próximo Adviento, y es también la mejor expresión de la fe cristiana ante la historia de salvación, que ha llegado a su plenitud con la llegada del Mesías, Salvador y redentor de la humanidad. Jesús, con su clara opción preferencial por los pobres y humildes, por los oprimidos y marginados, es el mejor ejemplo de lo que dice el Magníficat. 

Nada extraño que este cántico de María, valiente y lleno de actualidad, por el que manifestaron tan claramente su admiración el Papa San Pablo VI en su “Marialis Cultus” (El culto a María), de 1974 y  el Papa San Juan Pablo II en su “Redemptoris Mater”  (Madre del Redentor), de 1987, se haya convertido en la oración de la Iglesia en camino a lo largo de los siglos, y que lo cantamos cada día en el rezo de Vísperas. 

La oración de María, la primera creyente de los tiempos mesiánicos, se convierte así en oración de la comunidad de Jesús, admirada por la actuación de Dios en el proceso de la historia. En el Adviento, resuena su voz agradecida y vibrante (el 21 de diciembre y en el Cuarto Domingo, ciclo C), así como también en la solemnidad de su Asunción al cielo.

Saber alabar a Dios, con alegría agradecida, es una de las principales actitudes cristianas. Ana y María, desde la casa de Zacarías, nos enseñan a hacerlo desde las circunstancias concretas de sus vidas. Hoy por hoy, la comunidad cristiana está reaprendiendo ahora a ser una comunidad orante, y en concreto, a orar alabando a Dios, no sólo pidiendo. Muchos salmos de alabanza, y sobre todo la Plegaria Eucarística, la oración central de la Eucaristía, junto con himnos como el Gloria, son expresión de nuestra alabanza ante Dios, imitando así la actitud de María. 

María alabó a Dios ante la primera Navidad. Su canto es el mejor resumen de la fe de Abraham y de todos los justos del Antiguo Testamento, el evangelio condensado del nuevo Israel, la Iglesia de Jesús, y el canto de alegría de los humildes de todos los tiempos, de todos los que necesitan la liberación de sus opresiones. La maestra de la espera del Adviento y de la alegría de la Navidad, es también la maestra de nuestra oración agradecida a Dios, desde la humildad y la confianza. Para que vivamos la Navidad que ya se acerca, exactamente dentro de un mes, con la convicción de que Dios está presente y actúa en nuestra historia, por terrible o desapacible que nos parezca. 

Algunos esperan la suerte de la lotería, como remedio a sus males, con el premio mayor del “gordo”, cada mes de diciembre. A los cristianos nos toca cada año la lotería: el Dios-con-nosotros, Jesús (Mt 1,23; 28,20). Si lo sabemos apreciar, crecerá la paz interior y la actitud de esperanza en nosotros. Y brotarán oraciones parecidas al Magníficat de María desde nuestras vidas. Ella será la solista, y nosotros el coro de la alabanza agradecida al Dios Salvador. Hagamos nuestras las palabras de María en estos próximos días de Adviento y Navidad, y cantemos con ella la alabanza de quien también ha hecho en nosotros maravillas.

 

 

0
0
0
s2smodern