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El Benedictus

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • Hoy conoceremos el Cántico del Benedictus, que la Iglesia reza en la oración de Laudes

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Estamos presentando la figura de Juan Bautista y los acontecimientos que sucedieron en torno a su nacimiento, paralelo al de Jesús, de quien Juan fue su precursor. San Lucas nos cuenta que, en el día de su nacimiento, su padre Zacarías sordomudo, escribió su nombre en una tabilla o pizarra el nombre del niño y que al punto recobró el habla y bendijo de Dios (Lc 1,62-64). Y que “lleno del Espíritu Santo, dijo proféticamente” (Lc 1,67): 

“Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo   y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor, como lo había anunciado mucho tiempo antes por boca de sus santos profetas, para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian. 

Así tuvo misericordia de nuestros padres y se acordó de su santa alianza, del juramento que hizo a nuestro padre Abrahán de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada, durante toda nuestra vida. 

Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su pueblo la salvación, mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,68-79). 

Su uso en la liturgia de las Horas

Como vemos, es un hermoso cántico que la comunidad eclesial ha hecho suyo desde hace dos mil años, y lo canta con más motivos aún que Zacarías.  Cada día se reza en la oración matutina de Laudes y ciertamente con coherencia, recordando “el sol que nace de lo alto”, el “Sol naciente” que para nosotros es Cristo Jesús, que quiere iluminar a todos los que caminamos en la tiniebla o en la penumbra, y comprometiéndonos a servirle “en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días”, y “guiar nuestros pasos en el camino de la paz” a lo largo de la jornada. Se le conoce como el “Benedictus”, por ser la primera palabra del texto latino.

Contexto del cántico

El Cántico de Zacarías es uno de los muchos cánticos de las comunidades de los primeros cristianos, que están esparcidos por los escritos del Nuevo Testamento: en los evangelios (Lc 1,46-55; Lc 2,14; 2,29-32), en las cartas paulinas (1 Cor 13,1-13; Ef 1,3-14; 2,14-18; Fil 2,6-11; Col 1,15-20), y en el Apocalipsis (Ap 1,7; 4,8; 11,17-18; 12,10-12; 15,3-4; 18,1- 19,8). Estos cánticos nos dan una idea de cómo era la vivencia de la fe y de la liturgia semanal, en aquellos primeros tiempos. Dejan entrever una liturgia que era, al mismo tiempo, celebración del misterio, profesión de fe, animación de la esperanza y catequesis.

Aquí en el Cántico de Zacarías, los miembros de aquellas primeras comunidades, casi todos judíos, cantan la alegría de haber sido visitados por la bondad de Dios que, en Jesús, vino a realizar las promesas. El cántico tiene una bonita estructura, bien elaborada. Parece una lenta subida que lleva a los fieles hasta lo alto de la montaña, de donde observan el camino recorrido desde Abrahán (Lc 1,68-73), experimentan el comienzo de la realización de las promesas (Lc 1,74-75), y de allí miran hacia delante previendo el camino que tiene que recorrer el niño Juan hasta el nacimiento de Jesús, el sol de justicia que viene a preparar para todos el camino de la paz (Lc 76-79). 

Zacarías comienza alabando a Dios porque ha visitado y redimido a su pueblo (Lc 1,68) y ha suscitado a un poderoso salvador en la casa de David su siervo (Lc 1,69) como había prometido por boca de los profetas (Lc 1,70). Y describe en qué consiste esta salvación poderosa: salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian (Lc 1,71). Esta salvación es el resultado, no de nuestro esfuerzo, sino de la bondad misericordiosa de Dios mismo, “que se acordó de su santa alianza y del juramento hecho a Abrahán, nuestro padre” (Lc 1,72). Dios es fiel. Este es el fundamento de nuestra seguridad.

Seguidamente Zacarías describe en qué consiste el juramento de Dios a Abrahán: es la esperanza de “que, libres de nuestros enemigos, podamos vivir sin temor, en santidad y justicia, en presencia de Dios, todos los días de nuestra vida”. Este era el gran deseo de la gente de aquel tiempo y sigue siendo el gran deseo de todos los pueblos de todos los tiempos: vivir en paz, sin miedo, sirviendo a Dios y al prójimo, en santidad y justicia, todos los días de nuestra vida. Esta es la cúspide de la montaña, el punto de llegada, que apareció en el horizonte con el nacimiento de Juan (Lc 1,73-75).

Luego, la atención del cántico se dirige a Juan, al niño que acaba de nacer. Él será el profeta del Altísimo, porque irá delante del Señor preparándole el camino, capacitando a su pueblo para conocer la salvación y el perdón de los pecados (Lc 1,76-77). Aquí tenemos una alusión clara a la profecía mesiánica de Jeremías que decía: “Ya no tendrá que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: ‘Conozcan al Señor’. Porque todos, grandes y pequeños, me conocerán, oráculo del Señor, porque yo habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado’…” (Jer 31,34). En la Biblia “conocer” es sinónimo de “experimentar”. El perdón y la reconciliación nos hacen experimentar la presencia de Dios.

Todo esto será fruto de la acción misericordiosa del corazón de nuestro Dios y se realizará plenamente con la venida de Jesús, el sol que viene de lo alto “para iluminar todos los que están en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por los caminos de la paz” (Lc 1,78-79). Recemos con esta fe y convicción este bello cántico de Zacarías, especialmente en la oración de Laudes, cada mañana.

 

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