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El sacerdote Zacarías

el . Publicado en Sagradas Escrituras

  • En los días de Adviento escuchamos hablar de Zacarías el sacerdote ¿Quién fue? Hoy lo sabremos

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Vamos a conocer a cada uno de los protagonistas de la vida de Jesús, comenzando con los acontecimientos de su nacimiento e infancia, según los Evangelio de San Mateo y San Lucas. Y qué mejor forma que con Zacarías, el esposo de Isabel y padre de Juan el bautista, precursor de Cristo, desde un conocido texto de la anunciación de Lc 1,5-25, que escuchamos en la feria privilegiada de Adviento (19 de diciembre), y en la fiesta de la Natividad de Juan el Bautista (los versículos 5-17):

“… En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada. Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso.

Entonces se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: ‘No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. Él será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento…

Pero Zacarías dijo al Ángel: ‘¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada’. El Ángel le respondió: ‘Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo’. 

Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. Él se expresaba por señas, porque se había quedado mudo. Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses” (Lc 1,5-14.18-24).

Contexto de este relato

El “Evangelio de la Infancia” según San Lucas ocupa dos largos capítulos. Lucas organiza el relato en secciones paralelas: dos anunciaciones, dos nacimientos, dos himnos de acción de gracias: “Magníficat” y “Benedictus”; una madre estéril y una madre virgen. Primero las dos anunciaciones; luego los dos nacimientos, y en medio, como uniendo ambos acontecimientos, el encuentro de las dos madres y también el encuentro prenatal y regocijado de los dos niños: Juan y Jesús. Juan lo precede en el tiempo, Jesús en la dignidad.

El texto que nos ocupa narra la anunciación del nacimiento de Juan. Zacarías e Isabel son ancianos, y ella estéril. Representan así al pueblo de Dios, al “resto” justo y fiel que esperaba la liberación. Ellos son el pueblo pobre, que sin poder recurrir a nadie más, depende de Dios y de sus designios divinos. Tanto él como su mujer, son dos ancianos con esperanza. Zacarías del grupo sacerdotal y su esposa anciana y estéril, de la que el ángel Gabriel le anuncia que dará a luz un niño, pese a su vientre seco… Ante esta noticia es normal que Zacarías dudara...

Un castigo por haber dudado no se entiende aquí, puesto que otros protagonistas de la historia de la salvación, también plantearon sus dudas y objeciones a Dios y no fueron castigados, como Abrahán (Gén 15,8), Moisés (Éx 3,11-12), Gedeón (Juec 6,36-40), el rey Ezequías (2 Rey 20,8) y hasta María misma (Lc 1,34). Además. San Lucas hace notar que, tanto él como Isabel: “ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor” (Lc 1,6). Por lo que difícilmente pudo haber dudado del ángel.

En el texto original, pues, la mudez de Zacarías era un elogio, lo que significa que fue beneficiado por una visión del cielo, como el mismo San Lucas da entender (Lc 1,22). Otros hombres de la Biblia como Ezequiel (Ez 3,26) y Daniel (Dan 10,15), también quedaron mudos como una gracia distintiva de su encuentro con Dios. De forma que su mudez no fue un castigo de Dios por incrédulo, sino porque al comparar el nacimiento de su hijo con el de Jesús, el del Hijo de Dios es más sublime y grandioso que del precursor, Juan… San Lucas poniendo a Zacarías a dudar es una forma de decir, que la anunciación y nacimiento de su hijo no tiene comparación con el de Jesús, Hijo de Dios.

En efecto, posteriormente San Lucas cuenta con detalle dos nacimientos: el de Juan el Bautista y el de Jesús (Lc 1,57-66; 2,1-21). El de Juan es un relato modesto, en el que vuelve a aparecer su padre Zacarías, mudo y aparentemente sordo, en que solo al final, sin que él sepa cómo, ya Isabel tiene decidido qué nombre llevará su hijo: Juan… él simplemente anota en la tablilla ese mismo nombre y recobra el habla… (v.62), en medio de parientes y vecinos. 

En cambio, en el relato del nacimiento de Jesús están sus padres, un ángel se aparece a los pastores, rodeados del fulgor y la luz del cielo, los ángeles cantan, los pastores van a Belén y descubren al niño Jesús, lo anuncian y todos quedan maravillados hablando de ello, y María todo lo medita y guarda en su corazón. Todo esto para demostrar que Jesús es superior a Juan, su precursor o subordinado.

“El sacerdote Zacarías que pide una señal (1, 18), como había hecho, entre otros, Gedeón (Juec 6, 17), se revela como hombre del tiempo antiguo; queda ‘sobrepasado’ por una novedad que no puede entender y que le deja con la boca abierta, en el sentido más fuerte de la palabra. El mutismo impuesto a Zacarías es significativo: quien pertenece al tiempo antiguo no puede decir nada acerca de la novedad que se presenta ante él. Rechazando la Palabra, ya no puede hablar; y al contrario, recuperará el uso de su lengua cuando haya aceptado la desconcertante novedad que trastorna su vida porque trastorna al mundo; hablará cuando haya aceptado la Palabra” (Louis Monloubou. Leer y predicar el Evangelio de Lucas. Edit. Sal Terrae. Santander 1982, pág. 46).

 

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