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¡Dios me ha tenido paciencia!

el . Publicado en Opinion

Ricardo Brenes Méndez
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IV Formando Pastores, Diócesis de Puntarenas

Dios, en algún momento concreto en la vida de una persona, hace sentir el llamado vocacional. Yo debo decir que desde muy pequeño he sentido este llamado, de niño me sentía identificado con la figura del sacerdote como tal, me gustaba ir a Misa y hasta en algún momento llegué a jugar que la celebraba. Provengo de un hogar católico, somos oriundos de El Roble de Puntarenas pero por una decisión familiar estando en el seminario, nos trasladamos a vivir a Marañonal de Esparza. Mi familia está conformada por mis padres, un hermano mayor y una hermana menor, más en los primeros casi doce años de mi vida, también junto con mi abuelita paterna, quien después falleció. 

Debo decir que toda pregunta relacionada con el sacerdocio siempre se la hacía a ella. Recuerdo que una vez le pregunté: “Porqué los padres se hacían padres?” a lo cual ella me decía que era porque “sentían el llamado de Dios”… yo no me imaginaba como era eso, sin embargo existía esa inquietud. 

Mi papá tenía un taller de torno y soldadura en el Cocal de Puntarenas, donde yo trataba de ayudarle cuando no tenía que ir a la escuela o al colegio y conforme fui creciendo llegué a pensar que Dios no podía llamar a una persona de una realidad así tan concreta. 

Sin embargo, gracias a un sacerdote, hoy ya fallecido, me di cuenta que Dios sí podía llamarme. En ese momento ya estaba en la universidad, cursando la carrera de Dirección de Empresas, pero sabía que no estaba en lo mío, no era feliz. En el 2009 decidí hacer los Encuentros Vocacionales en mi diócesis y al año siguiente ingresé al seminario. 

En enero del 2017 mi obispo me pidió una experiencia de acólito en parroquia por dos años, ese mismo año estuve en Jacó y en el 2018 en Jicaral. Muchas fueron las pruebas y las dificultades, pero aún más han sido las riquezas y la experiencia, más tener la seguridad que Dios va por delante en su llamada con la compañía de la Virgen María ¡Doy testimonio de ello! Puedo decir que llegué a vivir la vocación sacerdotal en las comunidades y en rostros concretos, por lo cual no me arrepiento de haber obedecido.

Durante estos años debo decir que el seminario me ha permitido madurar, conocerme a mí mismo, ser auténtico, ¡Dios me ha tenido paciencia! Le agradezco por su misericordia y por permitirme conocer sacerdotes, tanto formadores como de la diócesis muy buenos, que me han ayudado y que en medio de sus propias humanidades y enfermedades, me han enseñado el amor por la vocación y la opción por los pobres. 

También le agradezco por haberme dado amistades que han sido de valor enorme y por supuesto, a mis papás y mis hermanos por su constante apoyo y sus oraciones para seguir adelante y responder a la llamada de Dios.

 

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