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Elogio del silencio

el . Publicado en Opinion

Pbro. Juan Luis Mendoza
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Hay que partir de que el silencio, como lo entendemos aquí, puede darse dentro del quehacer ordinario, las tareas comunes, siempre y cuando se sea capaz de mantener en lo que se conoce como “quietud sonora” que facilite el atenderse a sí mismo mirando hacia adentro sin distracciones que turben nuestro interior en calma.

Por lo mismo, el silencio no implica que no haya ruidos alrededor, sino que, paradójicamente, el silencio sea un modo de escuchar “el sonido del no sonido”. Es decir, experimentar la mayor quietud posible en el desprendimiento de todo, silencio y ruido, hechos en cierto sentido “nada” al estilo de san Juan de la Cruz, el de la “soledad sonora”.

¿Cómo proceder? Se trata de lograr poco a poco el vivir el silencio en el normal discurrir de la existencia, acompañados por los naturales ruidos que se produzcan por nuestra actividad o por los que nos rodean, dejándonos envolver y llevar por ellos, sin rechazos ni ataduras, centrados en la tarea que tenemos entre manos y nada más, siendo silencio y ruido, ambos, la música de fondo…

Y, entonces, los beneficios del silencio. Ante todo, ayuda a ponerse en contacto con nuestro yo profundo. Y, hecho quietud, nos mueve a reflexionar, es decir, a volver sobre nosotros mismos y a interiorizarnos, identificándonos con lo que somos y hacemos, en el aquí y ahora, felices dentro de nuestra propia piel y nuestra “compañía”…

Vivir el silencio nos facilita el estar atentos y fijarnos en el conjunto y detalles de la realidad: “Sólo los estanques tranquilos reflejan las estrellas”, decía Fulton Sheen. En efecto, desde la serenidad del espíritu podremos observar y atender a cuanto nos rodea, seres humanos y cosas.

El entrar, mediante el silencio, en el recogimiento y sosiego nos ayudan a gozar de aspectos de la vida y mueven al debido reconocimiento y gratitud a nuestro Creador y Padre, si se es creyente. María que, desde su habitual silencio y humildad, con el Magníficat enaltece la grandeza, bondad y misericordia del Señor. Aquello de “gracias a la vida que me ha dado tanto…”, de la popular canción.

En un mundo de ambiciones e insatisfacción, un silencio reflexivo nos induce a vivir de un modo más simple, satisfechos y felices con lo que somos y tenemos, que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Se puede vivir, y vivir bien, con menos, que suelo decir yo. En todo caso, reducir el ansia y el afán desmedidos. Lo del santo: “Deseo pocas cosas, y las pocas cosas que deseo las deseo poco”.

El ser humano está expuesto a males de toda índole y para superarlos necesita afianzarse íntimamente en el silencio interior, y la oración si se es religioso. El mismo Jesús, nuestro Maestro, nos da ejemplo al retirarse con alguna frecuencia a una soledad total para estarse largo rato con el Padre. Muy especialmente en Getsemaní a la hora de afrontar su pasión y muerte, tan dolorosas. Así, pues, a seguirlo como tantos santos y almas buenas.

Y también el silencio es necesario para una actitud de conversión a Dios a la que se nos invita en la Cuaresma, y no sólo en este tiempo, sino siempre a imitación de Abraham que camina tras la voz del Señor y su Voluntad hasta llegar a la tierra prometida que para nosotros, los cristianos, es la Patria celestial, Dios mismo.

Por todo ello, el silencio merece la pena, digno de elogio.

 

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