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Hagan lo que ellos dicen…pero no hagan lo que ellos hacen 

el . Publicado en Opinion

Bernal Martínez Gutiérrez
Profesor de Filosofía, Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles

Hace pocos días, una señora me hizo esta pregunta: -Profesor, qué piensa usted, ¿podemos creer en la palabra de los sacerdotes, aun cuando sabemos que algunos de ellos han fallado, y no siempre actúan conforme a lo que predican? Me pareció que su pregunta tenía mucho sentido, en virtud de los últimos acontecimientos que, como sabemos, han inquietado la sociedad costarricense, y más especialmente la vida eclesial, en el ámbito nacional y universal. A este respecto, el papa Francisco ha dicho con profunda humildad: -Ninguna explicación es suficiente, a lo que yo agrego… y cualquier enojo es comprensible. Pero, aquella dama quería una respuesta; como educador siempre he creído que la virtud de un buen docente es explicar cuestiones complejas de manera sencilla, y no a la inversa, por lo que, a sabiendas de que la respuesta no era a lo mejor menos sencilla que su pregunta, decidí proponerle casi a la manera socrática el siguiente ejercicio:

-¿Dejaría usted de lado las indicaciones de su médico por el solo hecho de que él no cuida de su propia salud? O, ¿desestimaría el consejo legal que le da un abogado, solo porque él no actuó de la misma forma en su propia vida? ¿Tiene sentido cuestionar a un educador porque vive de una forma muy diferente a la que enseña? Pues algo similar ocurre con el sacerdote. Es cierto que el ideal ético que toda sociedad anhela, es conseguir que los seres humanos sean consecuentes entre lo que dicen y lo que viven; mas esto no siempre puede lograrse, y es lamentable comprobar que, con frecuencia, hay quienes hablamos muy bonito, pero vivimos muy feo. 

A menudo olvidamos que el sacerdote es tan humano como nosotros; un pecador como cualquiera, y que su investidura no es una armadura contra el mal. Ello me hace recordar igualmente la pregunta que me hizo alguna vez un estudiante de secundaria, y que además no era católico: -Profe, ¿por qué ustedes los católicos se confiesan con hombres, si ellos son comunes y corrientes? Esta es de por sí una trillada pregunta que adorna la mente de los no católicos. Yo solo atiné a decirle: -Porque un ángel no me entendería, no comprendería mi pecado; solo alguien –como un sacerdote– que ha experimentado la miseria, puede del mismo modo asimilar y entender la debilidad de quien acude a él para reconciliarse con el Señor; creerme salvo no me hace superior a los demás. La grandeza de la fe cristiana radica justamente en sabernos frágiles y, así, en la debilidad hallamos nuestra fuerza, en el reconocimiento de nuestras fallas humanas encontramos la misericordia que solo viene de Dios; esto solo se comprende a la luz de la fe; no hay filosofía posible que nos abra el entendimiento para reconocer de este modo la debilidad humana. Por eso, no apartemos nuestros oídos de la Verdad, por más que pensemos que alguien no es consecuente entre lo que dice y lo que hace. 

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