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¡Grande Conchita!

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En el mes de la Virgen María, mes de gracias, recibimos esta gran bendición de Dios: la beatificación de Concepción Cabrera de Armida conocida como Conchita. Una nueva beata de México, para América Latina pero también para los sacerdotes del mundo entero en un momento en el que tanto necesita la Iglesia de su intercesión.

Conchita nació en 1862 y fue una mujer laica, casada, que tuvo nueve hijos y que en esa condición logró la santidad, dejándose hacer por Dios, en una vida mística, intensamente espiritual y enormemente fructífera, basta con ver todas sus obras aún en la actualidad: la Congregación de las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, Alianza de Amor, el Apostolado de la Cruz, Fraternidad de Cristo Sacerdote, Misioneros del Espíritu Santo y tanta riqueza espiritual que nos dejó en sus sesenta y seis volúmenes manuscritos, una obra tan amplia como la de Santo Tomas de Aquino.

Para mí será una futura Doctora de la Iglesia, lo veremos en el tiempo. De momento, me alegro con la Iglesia y con la familia de la cruz por este acontecimiento porque además motiva a las mujeres de hoy a seguir un grandioso modelo femenino de santidad. Conchita era una mujer bonita, sencilla, ella misma se definía como “querendengue”, es decir, cariñosa con todos. Una mujer contemplativa, atraída por la naturaleza, pero al mismo tiempo feliz en su vocación de esposa y madre de una numerosa familia.

Dios le concedió a Conchita numerosas gracias místicas. Hablaba con Jesús tan familiarmente que en sus cuentas de consciencia podemos encontrar una riqueza espiritual enorme para toda la Iglesia. El místico es el que vive la experiencia de Dios y Conchita es toda una maestra que nos enseña como llegar a esa unión con Jesús.

Conchita fue llamada a vivir como la Virgen María y muy unida a ella en la soledad, especialmente al final de su vida cuando murió su esposo y sus hijos hicieron su destino: tuvo un hijo sacerdote, una religiosa de la cruz, otros casados y otros tres que fallecieron jóvenes. En 1889 ella escuchó un llamado interior a salvar almas y se dedicó a ello con todas sus fuerzas y de esa labor apostólica tenemos hoy las Obras y la Espiritualidad de la Cruz que hacen tanto bien a la Iglesia.

Algo que a mi en lo personal me atrajo de Conchita fue su amor por el sacerdocio de Cristo y por tanto por defender la santificación de los sacerdotes. Tiene un libro llamado “A mis sacerdotes” que cuando uno lo lee queda petrificado de todo lo que Dios comunicó a Conchita sobre los sacerdotes. Dios compartió a Conchita el amor y el dolor de su corazón donde la urgencia de la santificación sacerdotal estaba al centro. Esto lo comunicó Dios a Conchita en los años 1930 y hoy más que nunca, en el año 2019 necesitamos retomar todo este mensaje espiritual de Conchita sobre el tema sacerdotal.

El 14 de enero de 1894 Conchita grabó en su pecho con hierro ardiente el nombre de Jesús (IHS) y exclamó “Jesús salvador de los hombres, sálvalos”. Ese día nacieron la Obras de la Cruz y es el grito de Conchita hoy desde el cielo en su misión de intercesora de los hombres y en especial de todos los sacerdotes.

Conchita murió en 1937 en fama de santidad y su proceso de beatificación inició en 1959. No nos extrañemos de que sea beatificada en este tiempo, la Iglesia la necesita mucho ahora como una fuente de donde beber espiritualidad y santidad.

 

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Mujer esperanza

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Lis Chaves
Ordo Virginum, Dióc. de Cartago
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Siempre que veo una mujer veo esperanza. Dios quiso que la mujer tuviera el don maravilloso de dar vida y las que no han podido ser madres biológicas siempre dan vida a su alrededor acogiendo en la maternidad de su corazón a muchos hijos espirituales.

Algunos sectores científicos y sociales piensan que la madre se puede suprimir. Incluso que la vida se puede crear fuera de un vientre materno femenino para que rompa esa dependencia de la mujer. Está demostrado que el bebé en el vientre de su madre recibe más que alimento, siente sus emociones, es sensible al tacto y ruidos externos y su pequeño corazón se sincroniza con el de su madre. Al nacer, el niño necesita alimentarse de su madre tanto de su leche como de sus brazos, necesita estar cerca de ese corazón que lo arrulló por nueve meses.

Hay situaciones donde la madre muere o no puede atender a su hijo por enfermedad, pero lo ideal es que el niño nazca y pueda ser atendido y alimentado por su madre, amado por sus padres. Con solo la leche materna de las primeras semanas los bebes aumentan el peso. Aun cuando el padre está presente, el bebe mira a su madre con enamoramiento. En los primeros meses de vida el niño sabe que depende en todo de su madre, prácticamente que ella es una sola con él, es su fuente de amor y de alimento.

“En el momento del parto la visión de los bebés no es buena, pero en el segundo en que su madre lo carga y comienza a hablarle, sus ojos se abren y enfoca el rostro de su mamá instintivamente. Esto es porque desde el vientre, ellos pueden escuchar la voz de su madre y la pueden distinguir de otras voces extrañas. Cuando nace, sabe quien es su madre y pueden sentirle incluso desde su olor… El campo de visión de los recién nacidos es de 12 pulgadas por lo que a la hora de darle de mamar la cara de su madre es lo único que va a mirar y de lo que cada día se enamora más” (www.materna.com.ar).

¿Cómo entonces suprimir a la madre? ¿Cómo suprimir a la mujer? Y por supuesto, desde la fe, la vida desde la concepción ha sido el plan perfecto de Dios, el don dado a la mujer para que la vida se desarrolle en su vientre y la familia para que podamos vivir felices en una relación de amor como lo es la Santísima Trinidad. Nosotros siempre queremos salirnos del plan de Dios, hacer todo a nuestra forma y por eso la sociedad está cada vez más enferma.

Para mi la mujer es esperanza no solo porque puede dar vida sino porque es la primera en transmitir la fe en la familia. Por ese vínculo tan fuerte que normalmente desarrollamos con las madres, con ellas tendemos a conocer a Dios, a seguir sus pasos, aunque afuera todo esté contra nosotros. Las oraciones de los padres siempre van a sostener a sus hijos.

La mujer es esperanza porque puede dar a la sociedad personas con valores, porque es la primera transmisora de la fe, porque es signo de vida y maternidad, pero más allá, porque sus cualidades únicas son necesarias para construir un futuro mejor. Termino con estas palabras del Papa Francisco: “Promover a la mujer en la Iglesia es escucharla, darle funciones. Pero eso no basta. Lo que no hemos logrado todavía es caer en la cuenta de que la figura de la mujer va más allá de la funcionalidad. La Iglesia no puede ser Iglesia sin la mujer, porque la Iglesia es mujer, es femenina. Es La Iglesia no El Iglesia. Una dimensión que no tenga feminidad en la Iglesia hace que la Iglesia no sea Iglesia” (Religión Digital. El Papa sobre los mercaderes del Vaticano…).

 

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Eucaristía y sacerdocio

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Lis Chaves
Ordo Virginum, Dióc. de Cartago
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En estos tiempos, nos hace bien a todos los católicos leer la Carta Encíclica de San Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia (La Iglesia vive de la Eucaristía).

Fue un Jueves Santo del 2003 cuando el Papa Juan Pablo II nos regaló este tesoro que debemos redescubrir para poder guiarnos en un mar en tempestad.

Los católicos sabemos que el centro de nuestra vida cristiana es la Eucaristía porque es Cristo mismo, que se da a nosotros para darnos la verdadera vida.  Es conveniente también que leamos el Concilio Vaticano II (Presbyterorum Ordinis n.5) que nos explica: “La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida que da vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”. Si para nosotros la Eucaristía es lo más grande que tenemos, debemos ser conscientes de que este sacramento no se puede desligar del Orden Sacerdotal.

“También los Apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles por Jesús y transmitido por ellos y sus sucesores hasta nosotros. La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acción de los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor “(Ecclesia de Eucharistia n.27).

Y más claramente nos indica: “La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida” (Ibid n. 29) “Si la Eucaristía es centro cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía es la principal razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella” (Ibid n.31).

Por todo lo anterior, los laicos no debemos tomar a la ligera lo que suceda con los sacerdotes. Sin sacerdotes no tenemos Eucaristía y sin ella nos quedamos sin vida.  Dios es Todopoderoso y puede actuar y salvarnos como Él quiera, pero Dios ha querido siempre depender de las mediaciones humanas y así como se encarnó en una mujer y fue un niño dependiente de sus padres; Jesús Eucaristía depende del Orden Sacerdotal para llegar a nosotros y luego como Pan de Vida se pone a depender de cada uno de los que nos acercamos a recibirlo en la Santa Misa.

¡Cuidado con ver de lejos lo que sucede con los sacerdotes!  ¡Se trata de nuestra vida y de nuestro futuro como Iglesia! Lo más urgente es orar por los sacerdotes, por su santificación.  No hay que criticar, juzgar o generalizar, hay que orar.  Orar y sacrificarse por los sacerdotes es una exigencia para todos como un solo cuerpo de Cristo. Si queremos santos sacerdotes, por supuesto que deben tener la voluntad de serlo, pero nosotros también tenemos la responsabilidad de orar por ellos. 

Si entendemos la grandeza de la Eucaristía, comprendemos la belleza de la Dignidad Sacerdotal y si tenemos estos dos conceptos claros, seremos capaces de entregarnos por defender a la Iglesia y los sacerdotes, especialmente por los que viven luchando por agradar a Dios y haciendo el bien. Necesidad de conversión tenemos todos y ninguno es digno de ninguna vocación, pero Dios nos necesita y Él se glorifica en sus vasijas de barro.

Grupos interesados en mi charla “Eucaristía y sacerdocio” me pueden escribir. Horario a convenir.

 

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Coherencia de vida

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Lis Chaves
Ordo Virginum, Dióc. de Cartago
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El nuevo año que comienza nos debe poner a reflexionar sobre nuestra vida. Todos podemos volver a comenzar de nuevo en cualquier momento, pero un nuevo año calendario es muy simbólico para hacer ajustes en nuestra existencia.

Ojalá Dios esté al centro de todos nuestros objetivos de vida, pero algo que no puede faltarnos es proponernos una coherencia de vida. Si somos cristianos no podemos actuar como si no lo fuéramos, tenemos que ser coherentes con nuestra fe, nuestros valores y nuestras acciones. La coherencia de vida es importante para poder tener estabilidad y seguridad interior.

El Papa Francisco nos ha insistido en que no hay pecado que Dios no perdone y que Dios no se cansa de perdonarnos. Si hay un verdadero arrepentimiento, Dios nos acoge sin memoria. No es un Dios que nos estará echando en cara el pecado o que cada cierto tiempo nos recordará lo que fuimos. Dios perdona y acoge a una nueva criatura en sus brazos, de la que espera se abra a su amor para que El pueda seguirla tallando en sus manos.

Si los seres humanos amáramos y perdonáramos como Dios todo sería tan diferente y, sin embargo, es posible. Dios mismo nos ha abierto esa posibilidad, la tenemos a la vuelta de la esquina gracias a los sacramentos y a la vida de oración. Podemos llegar a amar y perdonar como Dios en un proceso que solo nos llenará de paz.

Hagamos una revisión de la vida, con sinceridad y de cara al Señor. ¿Qué es todo aquello que necesitamos cambiar, ajustar y perdonar? Dios nos quiere libres de odios, resentimientos y venganzas. Solo si estamos libres de malos sentimientos podemos amar de verdad y darnos cuenta de todas las bendiciones que tenemos alrededor.

Hay que cambiar la forma de ver el mundo para empezar a verlo con los ojos de la fe. Debemos romper con el consumismo, la idea de éxito material y de todo aquello que nos aleje del Evangelio. El programa de vida que nos propone el Evangelio es para que podamos ser felices de forma permanente en un mundo donde el dolor es imposible de eliminar. No nos propone una felicidad temporal como la que presenta el mundo. Al contrario, nos presente una felicidad eterna que nos permitirá vivir eternamente junto a Dios y a nuestros seres queridos.

Ser coherente es no esconder mi fe, no perder la misa del domingo a menos que sea por enfermedad. Muchas veces un paseo nos impide la misa y pensamos que no pasa nada. Así nos vamos descuidando y cuando nos damos cuenta estamos alejados de Dios por completo. Hay que cuidar los pequeños detalles: la oración diaria, la confesión constante, la Eucaristía (ojalá diaria), la sonrisa perenne, el saludo a los demás, el servicio sencillo en lo que nos sea posible, dar gracias a Dios todos los días y alabarlo porque nos ha dado la vida.

Ser coherentes es defender nuestros valores y nuestra fe frente al mundo. Defender la vida contra el aborto, la eutanasia, la pena de muerte. Defender a los más pequeños de la injusticia, la violencia y el descarte. Ser coherentes es decir NO cuando el mundo nos tienta para ofender a Dios. 

Siempre podemos comenzar de nuevo, nunca es demasiado tarde. Pidamos a Dios que nos ayude a recomenzar siempre con un corazón sin memoria y sobre todo que nos de la gracia de ser coherentes para vivir realmente el Evangelio.

 

 

 

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La vía de la belleza o vía pulchritudinis

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Lis Chaves
Ordo Virginum, Dióc. de Cartago
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Esta semana estoy presentando mi nuevo libro “La Belleza del Sol Sacerdotal”. Una obra que está hecha para que la puedan leer tanto laicos como sacerdotes, con el fin de que apartemos lo que oscurece nuestra fe y retomemos la Luz y la Belleza que Cristo nos vino a mostrar con su pasión, muerte y resurrección.

Estamos en un mundo que fácilmente se deja oscurecer ante tanta violencia, injusticia, intolerancia, doble moral, mentiras, hipocresías, etc. Un mundo que nos presenta la belleza como éxito, logros académicos, cuerpos perfectos y operados, modas, joyas, materialismo. Es un espejismo donde todo parece brillar, aunque en realidad nos conduce a la oscuridad de una vida sin Dios.

Y cuando miro a nuestra Iglesia, me doy cuenta de que también nos dejamos oscurecer fácilmente porque apartamos la mirada de Dios y nos empezamos a fijar en los pecados de los hombres. Con esto no quiero decir que tengamos que aceptar lo incorrecto, para nada. Creo que siempre debemos proteger a los inocentes y luchar por la justicia, pero hacerlo no significa dejar de vivir maravillados por la Belleza, la Luz y la Misericordia de Dios.

Dios sigue actuando a pesar de nuestras fragilidades porque está vivo. El mundo se vuelca al ateísmo embobado por una falsa Luz. En cambio, creer en Jesucristo es llegar a la Luz verdadera que nunca se apaga y seguirlo es entrar a la vía de la Belleza o vía pulchritudinis donde reina el amor, la paz, el perdón, la tolerancia, el respeto. Un lugar donde toda vida vale, donde todos son importantes y valiosos, donde la Belleza no es externa sino espiritual.

Esa Belleza de la que yo hablo en el libro es la santidad. Si seguimos a Cristo, nos cristificamos poco a poco y su presencia en nosotros nos va santificando, es decir, nos va volviendo bellos como Él. Es un misterio de amor y misericordia de Dios.

Yo quisiera invitar a mis lectores a orar con el libro, es decir, hacer una lectura orante y contemplativa, revisando la vida y pensando en que todos podemos ser mejores seres humanos, si realmente nos proponemos ser santos. 

Se trata de que, al buscar la santidad, embellecemos también la Esposa de Cristo, la Iglesia. Debemos dejar todo aquello que mancha el amor y nos ensucia el corazón. Dejar nuestros egoísmos, celos, habladurías, envidias, soberbia… dejar de hacer el mal para hacer el bien. 

Quienes quieran comprar mi nuevo libro “La Belleza del Sol Sacerdotal” me pueden escribir al correo electrónico. Tiene un valor de 5 mil colones. Doy gracias a Dios por los que me han ayudado en este proyecto y que todo el bien que haga también se transforme en bendiciones para estas personas, sacerdotes y laicos que me han apoyado e impulsado a escribir. 

“Danos, Señor, sacerdotes enamorados de la Luz y almas que, como los girasoles, sigan siempre al Sol”.

 

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