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Iglesia y diálogo social

el . Publicado en Editorial

Tal y como ha sucedido en otros momentos de la vida nacional, la Iglesia Católica nuevamente se sentará a la mesa para encontrar un camino medio entre visiones diferentes acerca del desarrollo del país.

La huelga nacional, que al cierre de la presente edición tenía semana y media de activada, derivó en una serie de situaciones que hicieron necesario el planteamiento de parte de los obispos del país sobre la urgencia del diálogo nacional.

Acogida su propuesta para un encuentro preliminar que siente las bases de la negociación, hasta el momento el camino abierto por la Conferencia Episcopal se plantea como el único posible para solucionar los graves conflictos suscitados en todo el país con los bloqueos en carreteras, y la interrupción de servicios esenciales como la salud y la educación.

¿Pudo evitarse llegar hasta aquí? ¿Pudo el país ahorrarse los enormes recursos que se han perdido en el marco de la huelga nacional? ¿Tuvo que morir una persona para sentarse a dialogar? La respuesta la tienen las partes en conflicto, sin embargo, la voz de la Iglesia desde hace mucho viene señalando la gravedad de la polarización que muchas veces impera en los grandes temas de la vida nacional.

Lamentablemente, el encuentro, el diálogo y los acuerdos han cedido paso al egoísmo, a la soberbia y a la imposición. El menosprecio recíproco ha ganado a la concordia, y el cáculo político a la verdad.

Esa no es la vía costarricense, como tampoco lo es la desinformación generada alrededor del tema fiscal, que ha llevado a gran parte de la población a asumir posiciones poco apegadas a la realidad.

Una cosa está clara, el país enfrenta una delicada situación económica y hay que tomar decisiones para no caer en un abismo del que costará mucho salir, pero esa urgencia tampoco puede hacer que se dejen de lado propuestas que bien podrían venir a balancear las cargas. La justicia pone bases a la paz social, y la progresividad –que los ricos paguen como ricos, y los pobres como pobres-, es una exigencia moral ineludible.

De igual modo, el principio que debe motivar a unos y otros tiene que ser el bien común. Si una parte o la otra lucha únicamente por sus derechos, beneficios y privilegios, estamos mal. Hemos llegado al punto en el que no caben ya las visiones parciales de la situación, ni la defensa ruín de intereses personales, grupales o gremiales. 

Aquí, o prevalece el bien de todos, o todos nos hundimos en este barco que se llama Costa Rica. Y para lograrlo, se requiere de una disposición clara a ceder en aspectos que puedan allanar el camino de los acuerdos. En una negociación no se entra pensando en que se va a obtener todo. Se obtendrá lo mejor posible dentro de un marco de escucha y comprensión recíproca, en el que, de modo realista, también hay que hacer concesiones.

Celebramos la anuencia de algunos diputados de hacer un paréntesis en la discusión del plan fiscal para esperar los frutos de las negociaciones entre el gobierno y los sindicatos. El espacio es aire fresco para alentar los acuerdos sin la presión del tiempo y los procesos legislativos, a veces tan rígidos que dejan poco margen para actuar.

Igualmente, durante el tiempo que la negociación esté activada, es necesario crear en el país un clima de paz social, de serenidad, de prudencia y espera activa, sin que ningún acto, por impulsivo o poco meditado, vaya a romper el todavía delgado hilo de encuentro que se ha tejido.

Para ello es importante que ambas partes renuncien a la violencia en cualquiera de sus formas. Debe de existir un rechazo claro y contundente de los actos vandálicos, las agresiones y cualquier otro método que no sea el mismo diálogo y los acuerdos.

Porque a la mesa se sentarán hermanos, hijos de la misma Patria, no enemigos ni siquiera rivales, sino miembros de la misma familia que deben de procurar el bien de todos, y aunque ciertamente no comparten el modo de lograr ese bienestar, sus diferencias no deben ser obstáculo para el entendimiento maduro y visionario.

Ya antes los costarricenses hemos pasado por situaciones similares y hemos salido ganando con acuerdos que han abonado a la solidaridad y a la justicia social. Esta no tiene por qué ser la excepción. De todo esto el país saldrá fortalecido. Es la visión que debe de prevalecer y hacia la que se debe de avanzar.

A veces pareciera que algunos tienen poca memoria, o recuerdan solo lo que les conviene. Hace muy poco, fue también la Iglesia la que coadyuvó a sacar el país adelante, con la última gran huelga de maestros. Y la Iglesia lo hace pensando en su misión de cara al pueblo, en medio del cual debe de ser signo de la presencia de Cristo vivo y actuante.

En estas coyunturas se apagan las voces que en otros momentos gritan reclamando un Estado laicista que desprecie a la Iglesia, la arrincone, debilite y separe de la vida nacional. Cuando se siente en carne propia la necesidad de una institución con credibilidad que muestre el camino, los detractores desaparecen, o mejor dicho, se guardan sus ofensas y oscuras intenciones para otro momento.

Pero más allá de eso, la Iglesia actúa motivada por el Espíritu Santo que la empuja en la historia, y la conduce serena en medio de las tormentas.

Que Dios le de a los negociadores la fuerza de llevar este proceso de diálogo a buen puerto, para que cuanto antes retorne la paz al país. Y que la Virgen María, Reina de la Paz, que en su advocación de Nuestra Señora de los Ángeles ha guiado por tantos años a los costarricenses, nos conduzca por el camino del encuentro y la fraternidad. Amén.

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