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Educar para la paz

el . Publicado en Editorial

“Mi paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14,27). Este deseo del Señor para sus discípulos sigue siendo un anhelo inconcluso para la humanidad. Conflictos, guerras y convulsiones sociales no dejan de sucederse en distintas partes del orbe, arrancando la tranquilidad a millones de seres humanos.

La codicia por el poder y el dinero, el racismo, la exclusión, el egoísmo y la desigualdad, el crimen y la pérdida de la fe son factores determinantes en el auge de la violencia que se registra a nivel global.

Es una paradoja que cuando se celebran 30 años de la caída del Muro de Berlín, símbolo de separación y de odio llevado a su máxima expresión, se levanten otros muros, ya no de hormigón necesariamente, sino de incapacidad para reconocer en el otro a un hermano que necesita ayuda, que urge de una mano tendida que lo levante de su postración, sea material, afectiva o espiritual.

En nuestro país, aún estremecidos por la muerte de la joven Eva Morera a manos de quien debió amarla y protegerla, somos testigos de una creciente pérdida de la paz, fruto del deterioro de los lazos familiares, el recrudecimiento de la violencia machista y del flagelo de las drogas, que ha convertido en normales los escenarios cotidianos de muerte en nuestras calles y comunidades.

No hay jornada en la que no despierte Costa Rica sacudida por un nuevo asesinato por “ajuste de cuentas”, el sicariato se ha instalado y poco parecen poder hacer las autoridades policiales ante el aluvión de casos que se presentan todos los días.

La impunidad alienta la violencia real, que tiene su contraparte en la violencia simbólica con la que frescamente se insiste, por ejemplo, en el crimen del aborto en nuestro país, como respuesta a presiones inconfesables que también son expresión del mal actuante en el corazón de quienes mueven los hilos de las ideologías que gobiernan el mundo.

Paradójicamente, uno de los principales lugares desde los que se puede luchar contra la cultura de la muerte lo tenemos al alcance de la mano: la familia.

“El futuro depende, en gran parte, de la familia, lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz”, repetía con insistencia San Juan Pablo II.

Porque si la familia está desintegrada, enemistada o dividida, eso tendremos como sociedad, pero por el contrario, si la familia es capaz de educar a  la paz, de resolver sus diferencias por medios pacíficos, apelando al diálogo y al amor, eso se verá reflejado igualmente en la vida social.

Ninguna familia es perfecta, pero aún de las heridas se pueden sacar buenos frutos para abonar a la paz. Solo el necio no es capaz de aprender de los errores y caer en ellos de nuevo, rompamos las cadenas de vicios, egoísmo y violencia que hemos heredado. Con la fuerza y el amor de Dios es posible.

El sistema educativo está llamado en este sentido a ser un lugar en el que los valores familiares sean reforzados y fortalecidos, donde no solo haya una transmisión automática de datos, sino que se crezca en fraternidad, en vida común y en solidaridad.

Maestros conscientes de su misión pueden ayudar mucho a restaurar la paz en nuestra sociedad, educadores que lo sean incluso más allá de las aulas, que se interesen por el desempeño académico de sus estudiantes, pero también por su vida familiar y por la manera en que se relacionan con los demás.

En este mes de noviembre la Iglesia pide reflexionar sobre esta vocación tan alta de los maestros y maestras. Los acompaña y los anima en su tarea de sembrar en las nuevas generaciones la semilla del entendimiento, del encuentro y de la fe, como legítima aspiración de todo ser humano, fuente de alegría auténtica y de paz verdadera.

Que este mes, y todos los meses, valoremos el servicio de los educadores, y ofrezcamos por ellos una oración a Dios, dador de todos los bienes y el único capaz de transformar la vida de quienes, angustiados y abatidos por el mal en el mundo, se entregan por completo a su misericordia infinita.

 

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Aborto y elecciones municipales

el . Publicado en Editorial

El pasado 25 de octubre, en diálogo con los periodistas, el Presidente del Tribunal Supremo de Elecciones José Antonio Sobrado recomendó que fueran los temas locales los que se discutieran de cara a las próximas elecciones municipales del 2020, y agregó que aquellos asuntos de polémica nacional, como la eventual firma de la Norma Técnica sobre el aborto no punible, quedaran fuera de dicha discusión.

Sus palabras, como era de esperar, causaron la reacción de quienes por el contrario consideran que aspectos tan fundamentales como el respeto a la vida desde su concepción deben de estar en el centro del debate político a toda escala en nuestro país, y más en una coyuntura como la actual.

No es mediante el veto de temas como se fortalece la vida en democracia ni se alienta a una participación ciudadana, que por demás, es históricamente raquítica en las elecciones para los gobiernos locales.

Muy desafortunadas palabras las del magistrado Sobrado, quien parece reducir el aborto a un aspecto de carácter religioso, cuando bien se sabe que lo trasciende. Es más, el respeto a la vida es el primer y más importante requisito para la vida democrática de cualquier sociedad. Nada hay por encima de la dignidad de la vida humana que sea más importante que ella. No estamos por tanto de frente a un tema que se pueda ignorar o soslayar, es fundamental y necesario reflexionar sobre él y que los votantes conozcan con claridad el pensamiento al respecto de quienes proponen sus nombres a puestos de elección popular.

La invitación a reducir el pensamiento y la capacidad crítica de los votantes es muy grave. ¿Cuáles son entonces los temas relevantes para el Presidente del TSE?, ¿A quién beneficia su recomendación de que el aborto no sea un tema de discusión en campaña electoral?, ¿Está indicando por quien o quienes debemos votar?

Muy por el contrario, una institución como el Tribunal Supremo de Elecciones debería de animar los debates de todos los temas en todos los niveles de la democracia, como una forma de conseguir ciudadanos maduros, formados y orientados a tomar decisiones razonadas.

Sus muchos recursos, experiencia y energías deberían centrarse en lograr procesos electorales con mejores porcentajes de participación, en escenarios seguros, transparentes, con el goce de plenas libertades de conciencia y de pensamiento, donde no quepa ni la más mínima posibilidad de fraude ni de manipulación, y sin influir en las agendas políticas de los partidos y mucho menos en las prioridades del pueblo, el soberano.

La lucha contra el flagelo del aborto es cotidiana y permanente, es local y es universal, es de interés particular y es un asunto general, porque tiene que ver directamente con lo más esencial que posee el ser humano, su propia existencia.

Un Estado que pretenda inhibir a los cristianos de llevar su pensamiento a la acción pública y política se parece más a un régimen totalitarista, pues en el fondo está haciendo una separación de ciudadanos, unos con todos los derechos y privilegios, y otros, los creyentes, con limitaciones incluso de pensamiento. Esta actitud excluyente obligaría a los propios políticos a esconder los principios basados en su fe, con lo cual estaríamos frente a un escenario de mentiras y falsedades de cara a los electores.

Conviene recordar aquí esta orientación de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia, que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano”. (Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política).

 

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El sínodo de las periferias

el . Publicado en Editorial

Ha concluido el Sínodo de los Obispos para la Amazonía con una serie de propuestas al Santo Padre que, en el fondo, reflejan la necesidad de una Iglesia que camine junto con los pueblos indígenas, de la región y de todo el mundo.

Esta asamblea sinodal en particular, fue expresión de las periferias que tanto preocupan al Santo Padre. Periferias materiales, sociales, económicas y existenciales, expresadas con dureza por los participantes, quienes no se ahorraron palabras para describir la realidad de olvido, persecución y muerte sufrida a lo largo de los últimos siglos.

Tuvieron la palabra, junto a los padres sinodales, indígenas, misioneros, mujeres y personas conocedoras del complejo entramado cultural y social presente en el vasto territorio amazónico, en el que la vivencia espiritual ligada al entorno natural es algo innato y permanente.

Solo quien ha estado en la Amazonía puede hablar con propiedad de ella, y solo quien ha hecho misión ahí tiene autoridad moral para decir qué conviene y qué no conviene al anuncio del Evangelio entre estos hermanos.

Hablar desde afuera, en la comodidad de los palacios, es muy sencillo pero tremendamente hipócrita. Este sínodo ha sido objeto de una encarnizada crítica precisamente de quienes, sin saber ni conocer, piensan tener todas las respuestas, un mal que desde sus orígenes hiere el corazón de la Iglesia por su falta de sentido evangélico.

Mediáticamente se quiso poner el acento en la vestimenta tradicional de quienes participaron en el sínodo o en las actividades alrededor de él, en sus tradiciones, en su visión del mundo y hasta en su lenguaje e iconografía. ¿Por qué no puede incorporarse una liturgia amazónica en la Iglesia?, quienes lo objetan, ¿qué argumentos podrían aportar que no se opongan al Reino de Dios y su misericordia?

Igualmente es necesario poner las cosas en su lugar: el sínodo es un espacio consultivo del Papa, que acoge o rechaza sus propuestas con total libertad, en oración y con la guía del Espíritu Santo. No se vale por tanto llamar a la histeria o invitar a la falta de unidad, sugiriendo maliciosamente rupturas que no existen.

En el sínodo amazónico estuvo presente mucho más que la realidad específica de esta parte del mundo. El espíritu que lo animó fue en realidad el de todos los pueblos y todas las realidades humanas que sufren los efectos de la discriminación, el racismo, el odio cultural y la miseria provocada por políticas económicas e ideológicas devoradoras de los recursos naturales, desconocedora de la dignidad y de los derechos humanos de las personas.

El resultado es, desde esta perspectiva, siempre una Iglesia más consciente de su misión en medio del mundo, más orientada a los pobres, material y espiritualmente hablando, mejor dispuesta para favorecer el encuentro con Cristo y para convertirse en la voz de quienes no la tienen.

Es lo que el Papa pidió cuando dijo que del Documento Final había que valorar, “no las cositas”, sino mantener una mirada más profunda al sentido de todo lo que ahí se dice y se propone.

Incluso los costarricenses deberíamos de sentirnos muy implicados en los frutos del sínodo amazónico. En nuestra tierra hay comunidades indígenas que claman al cielo justicia y dignidad, que urgen de una Iglesia empática, humilde y comprometida, de pastores que hablen su idioma y que hagan suya su realidad, que sean sus guías, amigos y compañeros de camino, para que podamos juntos construir un nuevo futuro con esperanza y bienestar.

En fin, las cosas que son de Dios cuestan, y este sínodo ha costado mucho. Es incluso un signo inequívoco de esa contradicción que el Señor ha venido a traer a la tierra y una confirmación de que cuando la Iglesia opta por quienes más necesitan se coloca del lado correcto de la historia.

En el corazón de la Santísima Virgen María, junto con el Santo Padre, dejamos los frutos de esta asamblea sinodal, para que ella interceda ante Dios y permita llevar a buen término lo que Él mismo ha iniciado.

 

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Ante el allanamiento realizado a la Sede de la Conferencia Episcopal de Costa Rica y de la Curia Metropolitana, los obispos de Costa Rica expresamos:

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1. Ni la fiscalía, ni los Tribunales de Justicia, han requerido información alguna a las instancias de la Iglesia, ni a la Curia Metropolitana, ni a la Conferencia Episcopal, hasta lo lamentablemente sucedido el día jueves 7 de mayo.

2. En la orden de allanamiento, la juez razona la procedencia del mismo en el dicho de un ofendido, el cual relata que los funcionarios de la Iglesia le negaron copia de su denuncia realizada ante la Curia Metropolitana en el año 2015, lo cual es falso. Partiendo así de un error, pues el denunciante, el día que interpuso la denuncia, así como su testigo, recibieron copia de la misma, por lo que, sin mediar solicitud de información y de una manera arbitraria, se ordena la realización de esta diligencia judicial en una forma excesiva y abrupta.

3. El día jueves 7 de marzo, se presentaron a las oficinas de la Conferencia Episcopal al menos 20 agentes del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) al mando de varios fiscales, armados, con pasamontañas y equipo para derribar puertas y forzar archivos, mostrando una orden de allanamiento, y encerraron en un salón a todos los colaboradores de las diferentes instancias de la CECOR.  Pese a que los funcionarios se mostraron en la mayor disposición de colaborar y suministrar los materiales que fueran requeridos, amenazaron de palabra, y condujeron a nuestros funcionarios, dándoles el trato de personas peligrosas y los mantuvieron incomunicados.

4. Dos funcionarias del Tribunal Eclesiástico les mostraron y entregaron los documentos solicitados y pese a eso, continuaron con sus labores revisando documento por documento y oficina por oficina, los tres niveles del edificio de la CECOR y, a pesar de la disponibilidad de colaboración, los agentes del OIJ causaron destrozos materiales en el edificio.

5. Habiendo sido los funcionarios recluidos a un aposento del edificio, estos decidieron rezar el Rosario, lo cual les fue impedido por los funcionarios judiciales y, mostrando total irrespeto a su libertad religiosa, los agentes pusieron música a alto volumen para impedir la Oración de los funcionarios, misma que no dejaron finalizar porque los trasladaron a otro salón.

6. Luego de permanecer más de tres horas confinados, nuestros colaboradores recibieron la orden de desalojar el edificio e irse a sus casas, excepto tres funcionarias a quienes se les requirió colaborar con las autoridades judiciales en sus labores.

7. Además, se le impidió al abogado de la Conferencia Episcopal presente en el edificio presenciar la acción judicial que se estaba llevando a cabo.

Ante esto manifestamos:

1. Como ha sido nuestra posición, tal y como lo hemos expresado anteriormente, los obispos de Costa Rica estamos en la mayor disposición de colaborar con las autoridades judiciales en las investigaciones sobre abusos sexuales.

2. Censuramos y rechazamos, vehementemente, el comportamiento de las autoridades judiciales en la ejecución de la orden de allanamiento, el cual calificamos de excesivo en cuanto a la exhibición de fuerza e intimidación a los colaboradores de la CECOR, mismos que en todo momento se mostraron dispuestos a colaborar con las autoridades.

3. Externamos nuestra preocupación por la filtración a los medios de comunicación de información contenida en los documentos secuestrados los cuales están siendo sacados de contexto, dando pie a especulaciones y poniendo en peligro el honor de las personas cuyos nombres pudiesen aparecer en los documentos, especialmente el de los denunciantes; de ello responsabilizamos a los funcionarios judiciales.

4. Aclaramos a la opinión pública que, ni la Conferencia Episcopal, ni la Curia Metropolitana, han pagado por el silencio de los denunciantes en ninguno de los casos investigados, cuyos expedientes han sido secuestrados.

Confiados en que la verdad prevalecerá en estas investigaciones, nos encomendamos especialmente a la oración de todo el pueblo santo de Dios, para que el Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, conceda paz, serenidad y justicia a todas las partes.

Firman los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica en San José, el 07 de marzo de 2019.

 

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