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Responder al grito de los pobres

el . Publicado en Gran Tema

Martín Rodríguez González
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Bajo el tema “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó” (Sal 34, 7), el Papa Francisco propone este año una perspectiva de atención activa a la realidad de pobreza y marginación que viven los pobres del mundo.

A ejemplo del Señor que escucha los pobres que claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión, los cristianos, afirma el Papa, estamos llamados a atender a cuantos son atropellados en su dignidad para que puedan recibir luz y consuelo.

“Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas”, afirma Francisco en su mensaje para esta Jornada, instituida por él mismo recién en el 2017.

Gritar, responder

El salmo 34, explica el Papa, caracteriza con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Estos verbos son “gritar”, “responder” y “liberar”.

“¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza?”, se pregunta Francisco, y agrega, “¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles?” 

En una Jornada como esta, reitera, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres: si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos.

“A menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre”, denuncia el Papa, para quien este mal está relacionado con una cultura que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, y que piensa que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin tener que comprometerse directamente.

El segundo verbo es “responder”. El Señor, dice el salmista, no sólo escucha el grito del pobre, sino que responde. Su respuesta, como se testimonia en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. 

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a retomar la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en Él obre de la misma manera dentro de los límites de lo humano. 

“La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío”, sostiene Francisco. 

Probablemente, afirma, es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de compartir para cuantos pasan necesidad, que hace sentir la presencia activa de un hermano o una hermana. 

Cercanía que libera

El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia, recuerda el mensaje del Papa, vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle dignidad. La pobreza no es buscada, sino creada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. 

Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que involucran a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. 

La acción con la cual el Señor libera es un acto salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza, explica el Papa, se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. 

Por eso, prosigue, la salvación de Dios toma la forma de una mano tendida hacia el pobre, que ofrece acogida, protege y hace posible experimentar la amistad de la cual se tiene necesidad. 

Es a partir de esta cercanía, concreta y tangible, que comienza un genuino itinerario de liberación. En consecuencia, “cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (Evangelii gaudium, 187).

Fobia a los pobres

El Santo Padre, identificando a los pobres con el ciego Bartimeo que clama al Señor desde la orilla del camino, constata que lastimosamente a menudo las voces que se escuchan son las del reproche y las que invitan a callar y a sufrir a los pobres.

“Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, considerados no sólo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento”, denuncia.

Se tiende a crear distancia entre ellos y el propio yo, sin darse cuenta que así se produce el alejamiento del Señor Jesús, quien no los rechaza, sino que los llama así y los consuela. 

Los pobres, explica Francisco, son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. “Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no hace faltar el calor de su amor y de su consolación”. 

Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares.

Por eso, la invitación en esta Jornada Mundial es celebrarla bajo el signo de la alegría por redescubrir el valor de estar juntos. “Orar juntos y compartir la comida el día domingo”, sintetiza el Papa.

El imperativo de la caridad 

El mensaje del Papa elogia las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana para dar un signo de cercanía y de alivio a las variadas formas de pobreza, reconociendo que a menudo la colaboración con otras realidades, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, hace posible brindar una ayuda que solos no podríamos realizar.

“Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente hace que tendamos la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda alcanzar el objetivo de manera más eficaz”.

“Frente a los pobres, no es cuestión de jugar a ver quién tiene el primado de la intervención, sino que podemos reconocer humildemente que es el Espíritu quien suscita gestos que son un signo de la respuesta y cercanía de Dios”. 

Nos mueve, asegura, la fe y el imperativo de la caridad, pero sabemos reconocer otras formas de ayuda y solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; siempre y cuando no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y a la santidad. “El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración, sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos realizar”.

Finalmente, el Papa recuerda la distancia que existe entre nuestro modo de vivir y el del mundo, “el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza”. 

Por el contrario, constata, con frecuencia son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, hija de una visión de la vida en exceso inmanente y atada al presente. 

“En la medida que se logra dar el sentido justo y verdadero a la riqueza, se crece en humanidad y se vuelve capaz de compartir”.

Los pobres nos evangelizan

“Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6, 1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que, en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. 

Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que, tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene”.

Francisco

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