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“La Iglesia debe hablar con la verdad y con el testimonio”

el . Publicado en Entrevista

  • Entrevista al Papa Francisco de la revista holandesa Straatnieuws

Este 19 de marzo se han cumplido seis años del inicio del ministerio petrino del Papa Francisco. Seis años de camino en medio del pueblo, tendiendo puentes y enfrentando con valor y con fe los retos, las crisis y situaciones difíciles que desde siempre, golpean la barca de Pedro y amenazan su estabilidad.

Una de las marcadas prioridades del Papa Bergoglio son los pobres. La pobreza material, espiritual y social de quienes, en las periferias de la existencia, solo tienen a la Iglesia de su lado. Como un sello, han moldeado un pontificado rico en decisiones, gestos, simbolismos y nuevas visiones construidas sobre el aporte de todos, esperanzas con visión de futuro para la Iglesia del siglo XXI.

Vale por ello actualizar para este aniversario, una entrevista publicada por la revista holandesa Straatnieuws, en la cual una persona habitante de la calle es quien hace las preguntas al Sumo Pontífice. Su nombre es Marc, tiene 51 años y vende la revista en la ciudad holandesa de Utrecht. Con él estuvieron Frank Dries -editor de la revista- y los periodistas Stijn Pantanos y Jan-Willen Astucia.

El encuentro fue realizado a finales de octubre del año pasado en la Casa Santa Marta, donde vive el Papa. En ella Francisco habla de las supuestas riquezas de la Iglesia y relata algunos recuerdos de su infancia y de su elección como Pontífice, pero dedica la mayor parte de la entrevista a los pobres. A continuación un extracto del diálogo:

Redacción y agencias

Nuestras entrevistas empiezan siempre con una pregunta sobre la calle en la que ha crecido el entrevistado. Usted, Santo Padre, ¿qué recuerda de aquella calle?, ¿qué imágenes le vienen a la cabeza pensando en las calles de su infancia?

Desde cuando tenía un año hasta el momento en que entré al seminario he vivido en la misma calle. Era un barrio simple de Buenos Aires, todas las casas bajas. Había una plaza pequeña, donde nosotros jugábamos al fútbol. Me acuerdo que escapaba de casa e iba a jugar al fútbol con los niños después de la escuela. Entonces mi papá trabajaba en una fábrica que estaba a cien metros. Era el contable. Y los abuelos vivían a cincuenta metros. Todo a pocos pasos el uno del otro. Me acuerdo también de los nombres de la gente. De sacerdote fui a dar los sacramentos, el último consuelo a muchos que me llamaban e iba porque les quería mucho. Estos son mis recuerdos espontáneos.

¿Cómo nació su compromiso personal por los pobres?

Sí, me vienen muchos recuerdos a la mente. Me sorprendió mucho una señora que venía a casa tres veces a la semana para ayudar a mi madre. Por ejemplo, ayudaba a lavar la ropa. Ella tenía dos hijos. Eran italianos, sicilianos, y vivieron la guerra, eran muy pobres, pero muy buenos. Y de esa mujer he mantenido siempre el recuerdo. Su pobreza me sorprendía. Nosotros no éramos ricos, llegábamos a final de mes con normalidad, pero no nos sobraba. No teníamos un carro, no nos íbamos de vacaciones y esas cosas. Pero a ella le faltaban muchas cosas necesarias. Nosotros teníamos bastante y mi mamá le daba las cosas. Después ella regresó a Italia y después volvió a Argentina. Yo la encontré cuando era Arzobispo de Buenos Aires, tenía 90 años. La acompañé hasta la muerte a los 93 años. Un día ella me dio una medalla del Sagrado Corazón de Jesús que llevo todavía cada día conmigo. Esta medalla me hace mucho bien. ¿Quiere verla? (el Papa enseña la medalla). Así pienso en ella todos los días y cuánto ha sufrido por la pobreza. Y pienso en todos los otros que han sufrido. La llevo y la rezo…

¿Cuál es el mensaje de la Iglesia para los sin techo? ¿Qué significa la solidaridad cristiana en concreto para ellos?

Me vienen dos cosas a la cabeza. Jesús ha venido al mundo sin un techo y se ha hecho pobre. Entonces la Iglesia quiere abrazar a todos y decir que es un derecho tener un techo. En los movimientos populares se trabaja con tres ‘t’ españolas: trabajo, techo y tierra. La Iglesia predica que toda persona tiene el derecho a estas tres ‘t’.

Usted pide a menudo atención para los pobres y los refugiados. ¿No teme que de este modo se pueda generar una forma de agotamiento en los medios y en la sociedad?

A todos nos viene la tentación –cuando se trata de un tema que no es bonito, porque es feo hablar– de decir: ‘Bueno, terminemos: esto ‘quema’ demasiado’. Yo siento que existe el agotamiento, pero no le tengo miedo. Debo continuar hablando de la verdad y de cómo son las cosas.

¿Es su deber?

Sí, es mi deber. Lo siento dentro de mí. No es un mandamiento, pero como personas todos tenemos que hacerlo.

¿No teme que su defensa de la solidaridad y de la ayuda por los sintecho y otros pobres pueda ser utilizada políticamente? ¿Cómo debe hablar la Iglesia para ser influente y al mismo tiempo permanecer fuera de los planteamientos políticos?

Hay caminos que llevan a equívocos en este punto. Querría subrayar dos tentaciones. La Iglesia debe hablar con la verdad y también con el testimonio: el testimonio de la pobreza. Si un creyente habla de la pobreza o de los sintecho y lleva una vida de faraón… esto no se puede hacer. Esta es la primera tentación. La otra tentación es firmar acuerdos con los gobiernos. Se pueden hacer acuerdos, pero deben ser acuerdos claros, acuerdos transparentes. Por ejemplo: nosotros gestionamos este ‘palacio’ (la Casa Santa Marta), pero las cuentas están todas controladas, para evitar la corrupción. Porque existe siempre la corrupción en la vida pública. Sea política o religiosa. Yo recuerdo que una vez con mucho dolor he visto –cuando Argentina bajo el régimen de los militares entró en guerra con Gran Bretaña por las Islas Malvinas– que la gente daba cosas, y he visto cómo muchas personas, también católicos, que eran encargados de distribuirlas, se las llevaban a casa. Existe siempre el peligro de la corrupción. Una vez hice una pregunta a un ministro de Argentina, un hombre honesto. Uno que dejó el encargo porque no podía estar de acuerdo con algunas cosas un poco oscuras. Le hice una pregunta: Cuándo ustedes envían ayuda, sea comida, sea ropa, sea dinero, a los pobres o a los indigentes: de aquello que envían, ¿cuánto llega allí, sea en dinero o en gastos? Me dijo: ‘el 35 por ciento’. Esto significa que el 65 por ciento se pierde. Es la corrupción: una parte para mí, otra parte para mí.

Los sintecho tienen problemas económicos, pero cultivan la propia libertad. El Papa no tiene ninguna necesidad material, pero es considerado por algunos como un prisionero en el Vaticano. ¿No siente nunca el deseo de meterse en la piel de un sintecho?

Me acuerdo del libro de Mark Twain ‘El Príncipe y el pobre’. Cuando uno puede comer todos los días, tiene ropa, tiene una cama para dormir, tiene un escritorio para trabajar y no le falta nada. Tiene también amigos. Pero este príncipe de Mark Twain vive en una jaula de oro.

¿Se siente libre aquí en el Vaticano?

Dos días después de ser elegido Papa fui, como se dice de manera oficial, a tomar posesión del apartamento papal en el Palacio Apostólico. No es un apartamento lujoso. Pero es largo, es grande… Después de haber visto este apartamento me pareció un embudo del revés, es decir, grande pero con una puerta pequeña. Esto significa estar asilado. Yo pensé: ‘no puedo vivir aquí simplemente por motivos mentales. Me haría mal’. Al inicio parecía una cosa extraña, pero pedí quedarme aquí, en Santa Marta. Y esto me hace bien porque me siento libre. Almuerzo en el comedor donde comen todos. Y cuando llego antes como con los empleados. Encuentro gente, la saludo y esto hace que la jaula de oro no sea tanto una jaula. Pero me falta la calle.

Santo Padre, Marc quiere invitarle a ir a comer una pizza con nosotros. ¿Qué piensa?

Me gustaría, pero no lograremos hacerlo. Porque en el momento en que salga de aquí vendrá la gente a mí. Cuando fui a cambiar los cristales de mis gafas a la ciudad eran las siete de la tarde. No hay mucha gente en la calle. Me han llevado al óptico y he salido del carro y allí había una mujer que me ha visto y ha gritado: ‘¡Aquí está el Papa!’ Y después yo estaba dentro y fuera toda la gente…

¿Le falta el contacto con la gente?

No me falta porque la gente viene aquí. Cada miércoles voy a la Plaza para la Audiencia General, alguna vez voy a alguna parroquia: estoy en contacto con la gente. 

Su homónimo San Francisco eligió la pobreza radical y vendió también su evangeliario. En cuanto Papa y Obispo de Roma, ¿se siente alguna vez bajo presión por vender los “tesoros” de la Iglesia?

Esta es una pregunta fácil. No son los tesoros de la Iglesia, sino que son los tesoros de la humanidad. Por ejemplo, si yo mañana digo que La Piedad de Miguel Ángel sea subastada no se podría hacer porque no es propiedad de la Iglesia. Está en una iglesia, pero es de la humanidad. Esto vale para todos los tesoros de la Iglesia. Pero hemos comenzado a vender los regalos y otras cosas que me dan. Y los beneficios de las ventas van a Mons. Krajewski, que es mi limosnero. Y después está la lotería. Estaban los carros que han sido todos vendidos o dados a través de una lotería y lo recaudado se ha usado para los pobres. Hay cosas que se pueden vender y estas se venden.

Para muchos hasta el 13 de marzo de 2013 (día en que fue elegido Papa) usted era un desconocido. De un momento a otro se convirtió en famoso en todo el mundo. ¿Cómo vivió esta experiencia?

Llegó y no lo esperaba. No perdí la paz. Y esto es una gracia de Dios. No pienso tanto en el hecho de que soy famoso. Me digo a mí mismo: ‘ahora tengo un puesto importante, pero en diez años ninguno me conocerá más’ (se ríe). Sabe, hay dos tipos de fama: la fama de los ‘grandes’ que han hecho grandes cosas, como Madame Curie (una famosa física, matemática y química polaca), y la fama de los vanidosos. Esta última fama es como una pompa de jabón.

Santo Padre, ¿se puede imaginar un mundo sin pobres?

Yo querría un mundo sin pobres. Debemos luchar por esto. Pero yo soy un creyente y sé que el pecado está siempre dentro de nosotros. Y la codicia humana existe siempre, la falta de solidaridad, el egoísmo que crea los pobres. Por eso me parece un poco difícil imaginar un mundo sin pobres. Si usted piensa en los niños explotados por el trabajo esclavo, o en los niños explotados por abuso sexual. Y otra forma de explotación: asesinar a los niños para sacarles los órganos, el tráfico de órganos. Asesinar a los niños para quitarles los órganos es codicia. Por eso no sé si lograremos este mundo sin pobres, porque el pecado existe siempre y nos lleva al egoísmo. Pero debemos luchar, siempre, siempre.

 

 

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