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Tiempo para reflexionar

Llegar al último tramo de cada año siempre abre una valiosa oportunidad para mirar atrás lo vivido, asumir con paz todo aquello que ha causado dolor, revivir los momentos de alegría y disponerse para iniciar un nuevo tiempo con la esperanza puesta en Dios.

Este es un tiempo de reflexión muy útil porque permite poner en perspectiva los elementos que configuraron el tiempo que ya pasó y que nadie podrá cambiar. Darnos cuenta de que lo que realmente tenemos es el presente es fundamental para la vida cristiana, en orden a la misión que nos ha sido confiada.

El año 2019 no fue fácil para la mayoría de costarricenses. Una coyuntura económica y social compleja marcó estos 12 meses como fruto de transformaciones culturales de fondo que han supuesto para muchos cambios radicales de vida.

Costa Rica sigue el rumbo secularizante del mundo, marcado por aspectos positivos como las nuevas formas de comunicación global, pero al mismo tiempo por elementos denigrantes para la dignidad humana, como la pérdida de sentido del valor de la vida humana, el egoísmo, la violencia, la desintegración familiar y la destrucción del ambiente.

Para muestra la Norma Técnica del aborto impune que acaba de firmar el Presidente Carlos Alvarado, a contrapelo del clamor de miles y miles de ciudadanos que en la calle y de diversas formas se lo hicieron saber.

¿Cuál fue la prisa señor Presidente?, ¿por qué no hubo un espacio para el diálogo y la escucha recíproca sobre la última versión del documento?, ¿es consciente de la puerta que ha abierto?, solo Dios y su conciencia lo sabrán.

La pobreza sigue marcando la vida de demasiadas familias en nuestro país y nada parece ser suficiente para lograr que ese vergonzoso 20% de pobreza baje. Mientras en Costa Rica haya personas con hambre no se puede celebrar ningún logro en ningún campo. 

La coherencia exige, primero, superar las barreras que impiden a todos los ciudadanos de este país tener una vida digna y en paz, sin embargo, la tendencia es radicalmente opuesta: las brechas sociales se ensanchan y las noticias de muertes, asaltos y accidentes son el pan nuestro de cada día.

Un elemento es desolador: el desempleo. Son cientos de miles los que en nuestro país buscan una forma digna de ganarse la vida y no lo consiguen. Muchos han perdido hasta la esperanza de obtenerlo y sus historias personales y familiares deberían de avergonzar a los que impulsan políticas económicas excluyentes.

De frente a todo esto, ¿cuál es la misión del discípulo de Cristo?, ¿dónde entra la fe en medio de esta maraña de complejidad social?, ¿podemos cambiar algo realmente?

La respuesta es definitivamente sí. Los cristianos estamos llamados a ser fermento en la masa, luz en la oscuridad y sal en medio del mundo, a cambiar la realidad en nuestro entorno y con nuestras posibilidades, y permearla con los valores del Evangelio.

Desde lo más alto del servicio público o privado hasta en la humildad de las funciones aparentemente más simples, estamos llamados a hacer presente a Aquel que vino a darnos vida en abundancia.

Renunciar a esta misión es la verdadera derrota y no podemos permitir que el maligno nos lleve a ello. La esperanza no defrauda, la fe no defrauda y menos cuando se nos exige de cada uno coherencia y valor para enfrentar situaciones que en apariencia nos sobrepasan.

Las mejores páginas en la historia de la fe han sido escritas en tiempos difíciles, de ataques y persecuciones, y nuestro tiempo no es diferente. Ánimo, y que el Señor nos fortalezca para hacer del año que llega 2020, un tiempo de gracia y bendición.

 

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