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Las muchas “cruces” de los costarricenses

El 1 de mayo, en la fiesta de San José Obrero, Día del Trabajador, el obispo auxiliar de San José Mons. Daniel Blanco, pronunció una homilía que no puede pasar desapercibida, pues presenta con realismo y valor una visión evangélica sobre nuestro país, y las “cruces” que laceran la dignidad de muchos costarricenses.

La indigencia creciente, el desempleo rampante que roza ya el 13%, (unas 294 mil personas), la pobreza imparable, las bajas pensiones de los adultos mayores y los rostros de los jóvenes y las mujeres que apuestan por un trabajo decente, estuvieron entre los ejes de su mensaje.

Ante ello, reiteró Monseñor Blanco, es necesario sentirnos todos involucrados en la búsqueda del bien común, que se coloca siempre por encima del bien particular. 

“La participación de los sectores productivos, empleadores y actores sociales, entre estos, sindicalistas, cooperativistas, empresarios, solidaristas, agricultores, laicos comprometidos en acciones de la pastoral social de la Iglesia, gobernantes y otros, será el reto para unir voluntades y poder alcanzar metas sublimes, en favor de resolver los problemas nacionales que nos aquejan y requieren de una respuesta de todos” iluminó el obispo auxiliar.

Y dicho reto pasa por un diálogo social “efectivo y eficaz”, desde la dignidad humana y sin discriminación, por la generación de empleo, especialmente en los campos y litorales, tan profundamente deprimidos por la pobreza.

Apremia el diálogo social respecto a situaciones que preocupan a los distintos sectores de la población, por ejemplo: el proyecto de ley sobre empleo público, la determinación integral de una canasta básica, la seguridad alimentaria ante el fenómeno climatológico del “niño”, el proyecto de “Ley para brindar seguridad jurídica sobre la huelga y sus procedimientos”, la educación dual, la solución definitiva al déficit fiscal y otros temas de interés nacional. 

Dichos asuntos deben, a juicio de la Iglesia, tratarse en el Consejo Consultivo Económico Social, donde no solo se mire el crecimiento económico como parámetro y meta de las acciones, sino atendiendo el bienestar integral de todas las personas.

Es alarmante por ejemplo, que, según la Encuesta Nacional de Juventudes del año 2018, 968.000 personas jóvenes, entre los 15 a 35 años, no realizaron labores remuneradas, lo cual puede ser considerado una calamidad social por las implicaciones que comporta.

De igual modo, si se consideran los datos de dicha encuesta, pero los referidos a las mujeres jóvenes, se descubre que 662.000 mujeres no realizaron actividades remuneradas, lo que explica por qué la situación es mucho más seria para las mujeres que para los varones.

Pero no solo es alarmante el problema del desempleo, sino, también, el del empleo informal que afecta tanto a hombres como mujeres. Existe casi un millón de personas en esa situación de precariedad laboral, lo que supone remuneración por debajo de lo establecido legalmente, falta de acceso a derechos elementales, incluido el seguro social. 

Este pesado fardo económico de las mujeres se une al machismo todavía presente en nuestra sociedad, que impide reconocer su papel protagónico en las tareas del desarrollo nacional, tanto en el mundo del trabajo, como de la protección y bienestar de sus familias, en las tareas de gobierno, en su compromiso en las organizaciones sociales y comunales, en sus inconmensurables manifestaciones de solidaridad.

Todas estas “cruces” hieren la dignidad de los costarricenses y deben ser los motivos de todas las acciones tanto del Estado como de los demás actores sociales, en la verdadera transformación social que necesita Costa Rica: la de la solidaridad, el encuentro y el esfuerzo conjunto en aras del bien común. 

 

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