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La protección de los niños

Nuevamente las noticias sobre niños agredidos en nuestro país sacuden las conciencias y despiertan cuestionamientos sobre el trabajo de instituciones como el Patronato Nacional de la Infancia, PANI.

Razonablemente se reclama una actuación más rápida por parte de sus funcionarios, que permita, no solo llegar a tiempo para evitar que los menores mueran, sino para identificar los factores de riesgo y prevenir cualquier tipo de maltrato.

Desgraciadamente la diferencia entre una y otra forma de actuar significó la vida para al menos tres niños en las últimas semanas en el país, una tragedia que no puede pasar desapercibida, y ante la cual, es necesario puntualizar alcances y responsabilidades.

El cuido de los niños es responsabilidad primera de los padres de familia, y el Estado contribuye con esta función garantizando el marco legal e institucional para la identificación, evaluación y acción de aquellos casos que representen riesgo para los menores.

Pero el deber de protección no termina ahí. La comunidad también tiene una obligación en el cuido de los niños y las niñas, porque cuando se dan situaciones de abandono, violencia y maltrato, los vecinos y familiares son los primeros en darse cuenta, pero lamentablemente muchas veces son los últimos en denunciarlas.

Junto a ellos, el resto de instituciones de la sociedad civil, como la escuela y la Iglesia, deben de crear una cultura de protección a los menores, que cierre el escudo a las agresiones de quienes, en última instancia, son los ciudadanos del futuro, y en quienes estará en poco tiempo la responsabilidad de crear y replicar la cultura de la paz y la convivencia en sociedad.

La primera y más repugnante agresión hacia los niños es el flagelo del aborto, pues sucede en el momento de mayor vulnerabilidad de sus vidas cuando su llanto no puede ni siquiera ser escuchado, y en el lugar donde deberían estar más seguros: el vientre de sus madres.

Una sociedad donde se condena la agresión a los niños y se rasgan las vestiduras reclamando acciones y pidiendo sanciones pero donde se ve complaciente el crimen del aborto, se ubica en el fangoso terreno de la doble moral homicida e incoherente.

A propósito de ello, se anunció que ya está disponible la llamada “pastilla del día después”, con el visto bueno del gobierno, ignorando el efecto anti implantatorio -abortivo- de dicho compuesto químico, y sin mencionar los posibles efectos secundarios dado que ni receta médica se necesita para adquirirla.

En la misma línea de protección a los menores lo hemos dicho hasta la saciedad: el crimen del abuso sexual debe ser perseguido y castigado esté donde esté, y la Iglesia debe mantenerse en primera línea de defensa del principio de cero tolerancia. Quienes huyen de la justicia acusados de este delito tienen que dar la cara y afrontar las consecuencias de sus actos.

Otra forma de agresión solapada es sin duda alguna el adoctrinamiento de los niños y las niñas a tenor de la imperante y bien financiada ideología de género, que empuja desde las aulas visiones antropológicas desarraigadas, anti naturales y a contrapelo muchas veces de los valores familiares.

En fin, si se trata de protección de los menores la visión tiene que ser amplia y responsable. Porque podemos quedarnos muy contentos con el despido de algún funcionario poco diligente, que aunque pudiendo merecerlo, es apenas la punta del problema de las violencias contra los niños y niñas en nuestro país.

Por el contrario, la comprensión responsable y equilibrada es la única forma que permitirá impulsar políticas y acciones acordes con la dignidad de los niños y niñas, los preferidos del Señor, que merecen por tanto de cada uno de nosotros y de la sociedad en conjunto, solo lo mejor.

 

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