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El enorme reto del sistema educativo

La crisis por la pandemia del Covid-19 tiene otra víctima silenciosa en el sistema educativo nacional. Se trata de los niños, jóvenes y adultos que de forma abrupta vieron cortado su proceso formativo ante las medidas impuestas para prevenir los contagios de la enfermedad.

Hay que aceptarlo, nadie estaba preparado para asumir el reto de una verdadera educación digital, a lo sumo lo que se ha puesto en marcha son planes remediales con mediación tecnológica, que no resuelven el problema de fondo, pero por lo menos mantienen ocupados, a ratos, a los estudiantes.

Ello pensando en los que tienen acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, ¿y los que no?, sería bueno preguntarnos qué antiguas y nuevas brechas estamos profundizando con esta forma de trabajar.

Es curioso como ahora sí la educación es responsabilidad primera de los padres y madres de familia que el Estado apoya subisidiariamente. En otro momento nada o muy poco podrían aportar los progenitores a los temas y enfoques, muchas veces sesgados y cargados de ideología, que se imparten en las escuelas y colegios, especialmente públicos, del país.

Lo cierto es que este curso lectivo será muy difícil de salvar. La interrupción de las lecciones ha asestado un golpe al proceso sin que se vislumbre pronto el regreso a las aulas. Es comprensible que, especialmente los niños, estén entre los últimos para regresar, hay que garantizar para ellos y ellas su primero y más importante bien: la vida.

Ante esta realidad, sin embargo, el sistema educativo público ha sido lento en reaccionar, muy lento y fraccionado. Las asignaciones semanales de trabajos atiborraron de repente las obligaciones en la casa. Los maestros y maestras, necesitados de evidenciar su trabajo y justificar su salario envían y envían asignaciones sin preguntarse por las dinámicas familiares, por demás caóticas de frente a la nueva carga impuesta.

Nuevamente, ¿se asume que todos los niños y jóvenes tienen siempre a algún adulto a su lado para guiarlos en esta nueva forma de aprendizaje? ¿qué sucede con los hogares donde hay que salir a las calles para lograr traer algo de comida para el día?, ¿y en aquellos heridos por situaciones como la violencia doméstica, el desempleo, el alcoholismo y las drogas? ¿Se está llevando el control del cumplimiento de los objetivos o se está implementando a ciegas, casi de forma improvisada?

Son preguntas válidas para las que sabemos que no hay respuestas fáciles en medio de una crisis como la que vivimos, pero que si se ignoran, podríamos estar siendo cómplices de una debacle peor que será visible en el corto plazo en la deserción estudiantil, en el mediano en el vacío y la debilidad de los conocimientos, y en el largo plazo en la limitación de oportunidades de superación y de vida digna.

Una mirada más amplia y sosegada podría hacer que, como motivaba el Papa Francisco en su bendición extraordinaria Urbi et orbi, en medio de la tormenta que vivimos, se despierte y active también en el ámbito educativo “esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar”.

La esperanza se traduce en compromiso para que, de esta pandemia, surja un mundo más colaborativo, más solidario y más democrático asumiento las grandes lecciones de vida que nos ofrece este tiempo y estemos dispuestos a un replanteamiento de nuestra vida y misión.

“Que nadie se quede atrás” no puede ser un slogan político de pre campaña, tiene que ser un compromiso que nazca del reconocimiento de la dignidad humana, y del deber común de apoyarnos mutuamente para salir adelante.

Ella, la persona humana en cada niño, niña, joven y adulto, es la medida, y todas las decisiones que se tomen deben ir en la dirección de buscar su bienestar integral.

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