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Cuidar la familia

Con claridad meridiana, Monseñor Manuel Eugenio Salazar, Obispo de Tilarán-Liberia, recordó el pasado 2 de agosto, que destruir la familia es destruir el país.

Sus palabras, apuntando al bien común, nos invitaban a los católicos a no replegarnos más ante la oleada de situaciones negativas que vive nuestra sociedad y que tienen como origen el egoísmo y la falta de compromiso de los ciudadanos.

Una de ellas posee especial gravedad: la desintegración de la familia. Si es cierto que la familia está a la base de la sociedad, lo es también que su bienestar repercute directamente sobre ella. De igual forma, tal y como lo atestiguamos hoy, su precariedad se ve reflejada como un espejo en nuestra colectividad.

La pérdida de valores que alimenta la criminalidad y la violencia, el relativismo moral que desdibuja la diferencia entre lo que es bueno y lo que es malo, y el abandono de la fe que lleva a oscuros abismos de vacío existencial, son frutos, en buena medida, de ese descuido generalizado de la familia.

En la misma línea del mensaje de Monseñor Salazar, es de justicia reconocer que también la Iglesia, más por omisión que por acción, tiene en ello su cuota de responsabilidad.

No hemos podido hacer, por ejemplo, que la catequesis se encarne en el mundo de las relaciones humanas, ha faltado seguimiento a las parejas jóvenes y nos hemos quedado muchas veces en un discurso moralizante, sin entrar a analizar las causas de fondo que hunden a las familias en la crisis.

Hemos fallado en acompañar a tiempo a los matrimonios, y las parroquias muchas veces se consumen en quehaceres administrativos dejando en un segundo plano la misión pastoral. Hemos pecado en señalar y juzgar el error antes que ayudar a quien ha caído.

Desde luego que el Estado, con la promoción de ideologías y prácticas ajenas a la familia y contra la vida, tiene también parte en el deterioro de la institución familiar. Hemos perdido de perspectiva el valor estratégico, incluso económico, de cuidar la familia y de velar por su unidad.

El Ministerio de la Familia es una buena idea que nadie ha querido asumir, y los esfuerzos aislados de las instituciones con miembros específicos de la familia más bien contribuyen a su disgregación.

Por un lado se atiende a los niños, por otro a las mujeres, y por otro a los adultos mayores, desconociendo que todos forman parte de una misma realidad en la que interactúan.

No se podría desconocer el impacto que tienen también otros actores, como los medios de comunicación y los organismos internacionales, tanto económicos como de justicia, que tuercen el brazo de los países en detrimento de sus principios fundamentales.

Por eso es tan importante tomarnos en serio iniciativas como las que se impulsan en este momento desde la Pastoral Familiar Nacional, para recolocar a la familia en el centro de las prioridades personales, eclesiales, políticas y sociales, si de verdad queremos sacar a Costa Rica adelante.

Porque ningún esfuerzo, ni de reactivación económica, ni de seguridad ciudadana, ni de asistencia social, ni ambiental, ni siquiera de evangelización, pueden ser exitosos si se ignora o margina a las familias.

Muchos dicen que es una lucha perdida, porque, por ejemplo, se casan menos parejas de las que se divorcian, y el mundo tiene otras prioridades, pero nunca será una causa inútil custodiar y promover una obra de las manos de Dios, como lo es el matrimonio y la familia.

En particular, la Iglesia está llamada a hacerlo desde todos los frentes posibles, entre ellos la Pastoral Juvenil y la Vocacional, así como la Comunicación y la Pastoral Social, cuyos trabajos deben de tenerla siempre como objeto y fin.

Siguiendo con el hilo de la homilía de Monseñor Salazar, ¡o nos unimos o nos hundimos!, y esto es válido también para la situación de la familia hoy. Es necesaria una cruzada nacional por su unidad y su fortaleza, como primer paso para tener un mejor país, con más paz, justicia, desarrollo y fraternidad para todos.

Que la Virgen María, Nuestra Señora de los Ángeles, a quien acabamos de celebrar en su fiesta nacional, reina y madre de las familias costarricenses, nos acompañe, anime y fortalezca en esta impostergable misión.

 

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