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Abierta persecución contra la Iglesia

Un catedrático universitario acosa desvergonzadamente a sus estudiantes y es enviado a la casa ocho días como “reprimenda” de sus insultos, frases obscenas y proposiciones sexuales. Su jefe directo, decano de facultad, le baja el tono a las denuncias diciendo que se trata de una leyenda negra sobre el funcionario y que todo son rumores…

Apenas dos meses antes, un laureado escritor es denunciado nada menos que por 17 mujeres quienes lo acusan de agresiones sexuales. El premio nacional es un viejo conocido por su afición a las ofensas de los sentimientos religiosos emitidas desde un espacio de radio en la emisora de servicio público de nuestro país.

El viceministro de justicia tiene abierta una investigación por supuestamente compartir pornografía explícita a una funcionaria de ese ministerio desde el teléfono celular que la institución le entregó para el desempeño de su trabajo. El video en cuestión mostraría a dos hombres en un centro nocturno teniendo relaciones sexuales.

Un enfermero habría aprovechado su función en el Hospital de Pérez Zeledón para abusar de una mujer embarazada, a quien retiró de la sala donde se encontraba, a vista de otros pacientes y empleados, para supuestamente realizar un procedimiento que terminó en el acto criminal.

Todos estos casos recientes tienen en común el hecho de que la prensa comercial simplemente se ha limitado a informar de ellos, fueron noticia un día y después desaparecieron de su agenda de interés.

Ningún periodista montó entrevistas, debates ni encuestas. Nadie recriminó a la Universidad de Costa Rica sus inoperantes procedimientos para llevar hasta las últimas consecuencias las -multiplicadas- denuncias de abuso, ningún medio cuestionó el dinero público entregado a manos llenas a esta institución, ni el hecho de que el celular del viceministro lo pagamos los costarricenses…

No se montaron shows mediáticos en la Caja del Seguro Social ni se hicieron campañas para dejar de comprar los libros de cuestionado escritor. Nadie fue a perseguir funcionarios, acosar a voceros o demandar, plantón incluido, al Ministerio de Cultura explicaciones sobre los procesos de asignación de los premios nacionales.

En redes sociales no se tildó de corruptos ni de encubridores a los jerarcas de las instituciones en cuestión, nadie se preocupó por buscar fotos de los encartados y compartirlas para que su escarnio fuera público y notorio… nadie demandó acciones contundentes del Ministerio Público ante la gravedad de los hechos denunciados… el rostro de ninguno fue portada nunca de ningún periódico ni abrió el noticiero de ningún canal de televisión.

Surge aquí la pregunta de por qué entonces cuando se trata de la Iglesia el trato es tan, pero tan distinto. El desbalance en la cobertura de hechos que son igual de graves deja entrever prioridades y prejuicios de quienes controlan los medios de comunicación en este país, pero también intereses concretos de grupos de poder.

Nada justifica el crimen del abuso sin importar dónde y quién lo cometa. Se trata de delitos que deben ser perseguidos y castigados con todo el peso de la ley, pero que se alimentan precisamente de la doble moral y la manipulación. 

La conclusión es clara: vivimos una abierta persecución actual contra la Iglesia, sus ministros, y todos los que, en medio del bombardeo secularizante y anticristiano, se atrevan a proponer su fe y sus convicciones religiosas.

En nombre de las ideologías de moda sacrificamos la justicia, la democracia y la libertad. Estamos a la merced de fuerzas malignas para las cuales el orden natural, la armonía, la moral y la vida espiritual son estorbos que deben ser arrancados del camino al precio que sea. 

Fuerzas oscuras que se han apoderado del entramado político nacional, que se han tragado instituciones y que han hecho que muchos terminen aceptando como inevitable toda esta marea decadente en que hemos convertido buena parte de nuestra vida en sociedad.

La verdad, la única que prevalecerá de esta lucha, confirmará a quienes, por el contrario, conserven la fe, la coherencia, el valor y el arrojo para, una vez más, ser signos de contradicción en medio del mundo.

 

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