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Migrar no es un delito

Delirios nacionalistas, temores infundados y movidas políticas se combinan en el recrudecimiento de las medias anti inmigración del gobierno estadounidense de Donald Trump.

Junto al anuncio de redadas en varias ciudades de ese país, cual cacería de presas a las que con falsa compasión se les avisa para que corran a esconderse, y la detención de personas que ayudan o apoyan la causa de los migrantes, asistimos a la repugnante expresión en nuestro continente de la oleada xenofóbica que recorre el mundo.

En Europa, sacudida desde hace años por la llegada de migrantes africanos, se acusa, detiene y sanciona a quienes recojan migrantes a la deriva en el mar, cuya muerte es casi segura, y se impide a los barcos de rescate atracar prácticamente en cualquier puerto de la Unión.

Esta política de hostilidad, de puertas cerradas e indiferencia ante el sufrimiento constituye una de las graves afrentas actuales a la dignidad y los derechos humanos.

Representa, igualmente, un grave llamado a la conciencia de los cristianos, invitados desde la raíz de nuestra fe a un protagonismo activo en favor del hermano que llega de lejos huyendo de la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades.

El último episodio de esta escalada anti migrantes centroamericanos se vivió recién la semana pasada, cuando un grupo de unos 70 católicos, conformado por sacerdotes, religiosas y laicos, fueron arrestados en un edificio del Capitolio de Estados Unidos, en Washington DC, mientras protestaban pacíficamente contra la crisis migratoria que enfrenta el país.

La manifestación buscaba llamar la atención sobre la situación en la frontera sur del país y en particular sobre la detención de niños, cuyas imágenes, prácticamente enjaulados junto a adultos, ha dado la vuelta al mundo despertando el rechazo de numerosas organizaciones de derechos humanos.

No se cuestiona aquí el deber de los países de asegurar sus fronteras, ni de establecer adecuados ordenamientos a los flujos de personas, sino de tratos inhumanos y de vidas perdidas en busca del sueño de un futuro mejor. Se parece olvidar la verdad fundamental de que migrar no es un delito, sino el fruto de la injusticia, la corrupción y la inequidad.

La acción de las autoridades migratorias motivó a una fuerte declaración de los obispos estadounidenses, en respuesta al clima de temor creado en las comunidades y  las nuevas reglas que limitan drásticamente el asilo de los migrantes. Entre sus objeciones concretas está el sufrimiento inaceptable de miles de niños y sus padres, a causa de la separación de las familias.

Su posición es coincidente con la enseñanza de la Iglesia y con la posición del Papa Francisco, quien enmarca el drama migrante dentro de la cultura del descarte practicado en las sociedades económicamente más avanzadas, que han incubado el germen del individualismo y la mentalidad utilitarista generando lo que llama la “globalización de la indiferencia”.

Los migrantes y refugiados son, bajo esta lógica perversa, emblema de la exclusión porque además de soportar muchas dificultades por su condición, son objeto de juicios negativos pues se les considera responsables de prácticamente todos los males sociales.

Paradójicamente, la decadencia moral que victimiza a los migrantes es para los creyentes una oportunidad para recuperar dimensiones esenciales de la existencia cristiana, comenzando por el genuino interés por ellos y por todos los que hoy en medio del mundo sobreviven en medio del odio y la exclusión.

Todos conocemos a una persona migrante. No se trata de una realidad lejana, sino por el contrario, de una ocasión para tomar conciencia, procurar la cercanía, la escucha recíproca y el apoyo activo, sin dejar de lado la sensibilización de las realidades sociales e institucionales alrededor del tema.

Como Iglesia, el drama migrante no puede pasar desapercibido, y junto al compromiso que ya asumen instituciones como la Pastoral Social y las parroquias en zona de frontera, se elevan un clamor de apoyo a quienes ponen en riesgo su libertad para defender la causa de los migrantes. Con ustedes, hermanos, nuestra oración, nuestro pensamiento y nuestra acción unida y decidida por esta noble causa.

 

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