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Los traslados y nombramientos de sacerdotes

En estos días de fin y principio de año, es muy normal que las comunidades parroquiales despidan o reciban sacerdotes, a tenor de los cambios que sus respectivos obispos han considerado necesario hacer.

Es normal que dichos nombramientos causen expectativas, penas y hasta algún sentimiento de incomodidad entre los fieles, que, enhorabuena, han integrado a sus pastores a la vida de sus comunidades y familias.

Algunos católicos, especialmente cuando los sacerdotes llevan más años sirviendo en sus parroquias, sufren verdaderos duelos cuando éstos parten a otros lugares, o como también sucede con frecuencia, cuando se retiran por motivo de edad.

Llegan incluso a expresar rechazo al cambio dado el apego generado, fruto de relaciones sanas y frutos palpables de orientación espiritual y desarrollo material en las parroquias.

Es bueno percatarse del aprecio que los pastores generan entre sus fieles, al punto de querer que no se vayan nunca de su lado, sin embargo hay un criterio que no se debe de perder de vista, y es el deber pastoral del obispo como responsable global de la evangelización en cada Iglesia particular.

Es él quien conoce a profundidad las necesidades pastorales y espirituales de cada comunidad, y quien toma decisiones para el mayor bien de la grey. 

Tampoco el obispo tiene una tarea sencilla cuando se plantea un conjunto de cambios sacerdotales, especialmente por la escasez de clero que sufre la mayoría de nuestras diócesis. A veces las decisiones son duras pero necesarias.

Tampoco son cambios que el pastor realice solo o por capricho, por el contrario, se trata de movimientos cuidadosamente analizados y consultados con su equipo de trabajo inmediato, y que tienen como referencia principal las experiencias vividas en espacios como las visitas pastorales y el propio criterio de los fieles.

El sacerdote, igualmente, vive su proceso de desapego cuando es trasladado. Humanamente muchas veces surge el cariño y la comodidad, que son difíciles de dejar atrás, sin embargo el presbítero debe saber que su vida es así, desinstalada a ejemplo del Señor, y que el deber de obediencia se impone a sus propios deseos o preferencias.

Podría ser muy valioso extraer de estas experiencias de cambio una práctica positiva, como es la oración de parte de los fieles por quienes han sido sus pastores, y de parte de los presbíteros hacia las que han sido sus comunidades parroquiales.

Esta reciprocidad en el amor alejará cualquier tentación de rechazo y más bien permitirá que no se pierdan los lazos, abonando a un sano consejo evangélico como es orar unos por otros.

Normalmente y cuando se puede, todo esto es explicado por el obispo cuando participa de las eucaristías en las que se oficializa la llegada del nuevo párroco a una comunidad, pero ciertamente ni todos los fieles tienen la oportunidad de escucharlo, ni el obispo puede estar siempre en todas partes, por eso es necesario insistir.

La correcta actitud cristiana frente al sacerdote que llega por delegación del obispo, es de acogida y de aprecio, de apoyo y de orientación. Lejos está el egoísmo, el complot o la retirada del servicio de una auténtica vida de fe. 

Todo lo opuesto, es necesario que los fieles intensifiquen su trabajo en las diferentes áreas pastorales para que el sacerdote tenga a mano todo ese potencial y pueda, con su criterio, conocimiento e iluminación, tomar las mejores decisiones para el bien de la Iglesia a él confiada.

Así, en un clima de respeto y consideración mutua se edifican parroquias más evangélicas y mejor dispuestas a cumplir con la misión de llevar a Cristo a todos, porque esencialmente viven primero el amor y la comunión a lo interno y así lo impregnan de un modo natural al resto de la sociedad.

Que el Señor nos ayude a que juntos, pastores y laicos, seamos capaces de crear espacios de encuentro reflejo de una vida animada por Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Amén.

 

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