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¡Ven Espíritu Santo!

¡Ven Espíritu Santo y renueva la faz de la Tierra! Con esta invocación, desde los primeros cristianos hasta nuestros días, los creyentes imploramos la ayuda del Paráclito ante todas aquellas situaciones que nos sobrepasan, nos duelen y nos quitan la paz.

A la luz de los acontecimientos recientes en la Iglesia local y universal, es necesario pedir nuevamente al Espíritu Divino sabiduría y paz para comprender cómo, detrás del dolor y el sufrimiento, se cumple la voluntad misericordiosa de Dios en todo.

La Iglesia gime con dolores de parto, en todas partes se escuchan reproches y desprecios. Hay una sacudida brutal, un estruendo alarmante ha irrumpido y quebrantado la quietud. Nada ha quedado sin ser sobresaltado, sin ser alcanzado…

No hay palabras para describir el daño que los crímenes de los abusos sexuales han hecho en la Iglesia. Desde Roma hasta Washington, pasando por Santiago de Chile, Melbourne, Londres, México, Colombia, Argentina y dolorosamente Costa Rica… la plaga se ha extendido desgarrando el Cuerpo de Cristo, abofeteándolo, escupiéndolo…

No intentemos disimularlo -escribía con sorprendente actualidad el teólogo Joseph Ratzinger, luego Benedicto XVI, en 1969 en su obra Introducción al Cristianismo-, hoy sentimos la tentación de decir que la Iglesia ni es santa ni es católica…

La historia de la Iglesia está llena de compromisos humanos. Podemos comprender la horrible visión de Dante que veía subir al coche de la Iglesia a las prostitutas de Babilonia y nos parecen hasta comprensibles las terribles palabras de Guillemo de Auvernia (siglo III), quien afirmaba que “deberíamos temblar al ver la perversión de la Iglesia: la Iglesia ya no es novia, sino un monstruo tremendamente deforme y salvaje”.

Igual de problemática nos parece la catolicidad como la santidad, para muchos, con dolor, hoy la Iglesia se ha convertido en el principal obstáculo para la fe.

Si todo esto es duro de escuchar y de aceptar, es entendible que en este momento haya muchos corazones defraudados y heridos en su alta expectativa y que ahora sufran una terrible decepción. 

Entonces, ¿por qué a pesar de todo seguimos amando a la Iglesia?, ¿vale la pena seguir en ella?, ¿tiene sentido seguir sirviendo y entregando las fuerzas por la causa de la evangelización?

La Iglesia es santa, no porque todos sus miembros lo sean, sino por el poder con el cual Dios obra la santidad en ella aun en medio de la gravísima pecaminosidad humana. 

No podemos caer en la tentación de pensar en una Iglesia inmaculada o blindada contra la contaminación del mundo. La idea de que la Iglesia no se mezcla con el pecado es un pensamiento simplista y dualista, que tiende a una imagen ideal, pero no real.

“La santidad es un don de Dios, una gracia a pesar de la infidelidad humana, es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo ama”, resumía el mismo Ratzinger.

Visto así, por doloroso que sea este trance fruto del pecado innombrable de los abusos contra menores, es necesario para purificar y para transparentar de un mejor modo el rosto de Cristo en la Iglesia.

Porque no ponemos nuestra confianza en hombres mortales, sino en Jesucristo, el mismo de ayer, hoy y siempre, ni la esperanza ni el ánimo pueden decaer, muy por el contrario, es el momento de redoblar la oración y el trabajo para que de todo esto salga la Iglesia renovada, purificada y lista para seguir sirviendo y amando a todos como lo quiere el Señor.

 

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