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No más diálogo de sordos

Hace apenas 6 meses, los sindicatos anunciaban el fin de la huelga más extensa registrada en la historia de Costa Rica. Aquel proceso había dejado en el camino a miles de estudiantes, quienes terminaron anticipadamente su curso lectivo.

La mayor parte de la población, extenuada por los efectos de las manifestaciones, acabó repudiando la actitud intransigente de las partes en conflicto, que se evidenció, como se recordará, en una mesa de diálogo donde la Iglesia Católica sirvió como facilitadora.

Aquel espacio, se convirtió en un diálogo de sordos en el que ni el Gobierno de la República ni los sectores sindicales se escucharon auténticamente. El resultado todos los conocemos: el levantamiento de la mesa decantó en una huelga que solo se acabó porque llegó el periodo de vacaciones.

La forma como se llevó adelante dicho movimiento social, y el modo como se cerró, hacía evidente que el germen del conflicto social seguía presente en la sociedad costarricense. No se logró en aquel momento canalizar el sentimiento de frustración y disgusto de grupos sociales que objetivamente se sienten desprotegidos de la acción del Estado, ni las demandas sindicales que, quiérase o no, forman parte de una situación como ésta.

A contrapelo de los principios democráticos y de paz sobre los que se forja la identidad de nuestro país, se incubaron odios y resentimientos, ataques mutuos y deseos de venganza que están saliendo a flote ahora con una nueva oleada de manifestaciones y protestas en distintas partes del país.

El detonante fueron los pescadores, que a tenor de un proceso inicialmente manejado de modo fatal por el gobierno, llegaron a inaceptables niveles de violencia en las afueras de la Casa Presidencial. Siguieron los estudiantes, transportistas y grupos sindicales que se van sumando.

El nivel de tensión social aumenta, primero por la entrada en vigencia de nuevos impuestos, y después por la acción de las autoridades policiales para restablecer el paso en las vías nacionales, solución que puede servir momentáneamente, pero que no implica una respuesta de fondo al clima de conflictividad nacional.

La renuncia de funcionarios como el ex ministro de educación Edgar Mora, a manera de válvula de escape, solo tiene sentido si más allá de personas, hay un cambio de políticas, que es hacia donde apunta el descontento social. Advertir esta sutil diferencia es fundamental para generar cambios realmente sustanciales.

El presidente Carlos Alvarado anunció el establecimiento de mesas de diálogo con los diversos sectores, en las que de nuevo apeló al papel de la Iglesia Católica y otras instituciones como observadoras y facilitadoras del diálogo, sin embargo, se impone una actitud distinta de parte de todos los actores involucrados.

El diálogo no puede ser más un recurso “apagaincendios”, o una vía para disolver, alargando en el tiempo, el clamor popular. Debe de ser una actitud permanente, genuina y basada en la verdad y la honestidad a todo nivel, tanto de la gestión pública como en el ámbito de las organizaciones sociales y sindicales.

Sin esta condición fundamental nada se va a resolver en una mesa donde lo que impera es el interés particular sobre el legítimo bien común del país.

En un proceso de diálogo genuino, hay que estar dispuestos a perder y a ganar, a ceder y a negociar. Las intransigencias y los caprichos son candados que cierran toda posibilidad de llegar a acuerdos y balances donde no siempre se obtiene lo que se quiere del modo que se desea.

La soberbia de ostentar poder, de parte de quien venga, tampoco contribuye en una mesa de diálogo, como tampoco los borrosos anteojos de las ideologías, que todo lo tiñen y desfiguran.

Si se tiene realmente la voluntad de dialogar, hay que hacerlo sabiendo las implicaciones que tiene un proceso así. Habrá cosas que replantear, mecanismos que revisar, decisiones que revertir, pero todo lo que sea necesario hacer es poco en comparación con la paz social del país.

La vida le da a los involucrados, tanto de parte del gobierno como de los sectores sociales y sindicales, una nueva oportunidad de hacer historia de la buena en Costa Rica. 

Apéguense a los valores que han forjado nuestra Patria, véanse como los hermanos que son, sean capaces de ponerse mutuamente en el lugar de los otros, construyan, acerquen, unan y no cometan el error de llevar a Costa Rica al abismo de una confrontación que nadie sabe cómo podría terminar.

 

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