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Repensar la huelga

La huelga del sector educativo contra el Plan de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas del gobierno lleva ya más de 60 días. La mayoría del resto de sindicatos del sector público depusieron o postergaron el movimiento y se reincorporaron a sus funciones, a la espera de las resoluciones judiciales definitivas sobre la ilegalidad o no de sus movimientos de protesta.

Esta decisión sindical ha dejado sin lecciones a más de la mitad de los estudiantes de las escuelas y colegios públicos del país, en momentos en que el curso lectivo está llegando a su fin. Muchos niños y jóvenes ni siquiera tendrán las notas finales en su registro, ante la negativa de los gremios a sentarse a dialogar para encontrar alguna medida de presión distinta a la interrupción de las clases.

Estamos seguros que la intención de los maestros en huelga no es afectar a sus estudiantes, pero en la práctica es algo que está pasando. Se están abriendo brechas entre ellos y sus compañeros que sí tienen lecciones, y desde luego con los que asisten a escuelas y colegios privados.

El tiempo perdido no se recuperará jamás. Esta generación de estudiantes cargará para siempre con el efecto de la huelga. Se ha vulnerado su derecho a la educación, así como el derecho de los padres de familia de que sus hijos reciban una formación de calidad.

No estamos diciendo que la lucha sindical no pueda tener aspectos que la justifiquen, pero sus consecuencias deberían de hacer repensar la huelga, especialmente cuando las causas que la motivaron han quedado, a lo largo de tanto tiempo, opacadas por el daño que se está ocasionando a la misma sociedad que los gremios afirman defender.

Tampoco defendemos la gestión de ninguna administración ni funcionario público en el contexto de la huelga. Cada quien debe hacer su propio examen de conciencia y evaluar lo actuado. De todos modos, la historia juzgará implacable cada decisión u omisión tomada.

Estamos llamando a la reflexión, a la cordura, a la madurez y a la responsabilidad con el interés superior, que en este caso lo tienen los estudiantes de las escuelas y colegios que siguen sin recibir lecciones.

El Eco Católico fue uno de los pocos medios de comunicación que con despliegue planteó la propuesta alternativa de los sindicatos al Plan Fiscal, y fue la Iglesia Católica la que medió, por días, noches y madrugadas para alcanzar un acuerdo con el gobierno que pusiera fin al movimiento de protesta y diera curso de algún modo a las ideas de los sindicatos para sacar al país de la inminente crisis fiscal en que está, sin embargo, como es de conocimiento público, a nada se llegó.

En medio de todo esto, situaciones como la filtración de los exámenes de bachillerato y ver a los propios estudiantes, pocos por suerte, bloqueando calles y tratando de impedir que sus propios compañeros hicieran las pruebas a que tienen derecho para poder graduarse, termina por conformar un escenario de pena y decepción.

Ante la falta de espacios de encuentro y canales de diálogo, surgen las amenazas recíprocas y se profundizan las divisiones y los rencores entre las dirigencias sindicales y las autoridades educativas. No podríamos imaginar un peor ejemplo para las nuevas generaciones sobre cómo manejar las diferencias de criterio. 

La huelga, lo enseña el magisterio de la Iglesia, que de paso alienta la existencia de los gremios y sus justas causas, no puede ser un fin en sí misma, no puede afectar el derecho de los demás, no puede convertirse en una herramienta para la manipulación ideológica y mucho menos terminar siendo un capricho de alguien o de algunos.

Que la prudencia y la sensatez se impongan a la obcecación y la impulsividad. Es hora de detenerse, reflexionar y tomar decisiones que miren al bien común, replanteando nortes, actitudes y formas de actuar. Lo merecemos como país, como sociedad y como la familia que somos.

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