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Confesiones de un pastor

  • Monseñor Ignacio Trejos Picado: Obispo Emérito de San Isidro de El General.

Bernal Martínez Gutiérrez 
Profesor de Filosofía, Seminario Nacional
Especial para el Eco Católico

Visitamos recientemente a Monseñor Ignacio en su casa de habitación y entablamos con el pastor una conversación, a modo de entrevista, que ofrecemos seguidamente a los lectores.

Llegué aquel viernes poco antes de las tres de tarde, la hora acordada para reunirnos. No era la primera vez que lo visitaba, pues me une a él una gran amistad desde hace varios años, y suelo visitarlo para conversar y tomarnos un café, aderezado de una sabrosa charla, en la que por lo general la sapiencia del pastor se impone al silencio de quien solo desea limitarse a escuchar; y es que una palabra de Monseñor Trejos nunca resulta estéril, siempre da sus frutos. Pero la visita que ha motivado este espacio para el lector sería diferente… esta vez la tertulia tendría el carácter de confesión, de quien anhela despojarse de algo que a lo mejor nunca había contado antes, y que él quería compartir; por lo que empezamos la conversación. 

Monseñor, cuénteme… ¿dónde sintió usted el primer aviso; ese llamado a la vida sacerdotal?

Yo pienso que desde mi infancia, pues gracias a Dios mis padres, que me llevaron a la pila bautismal por medio de los padrinos, fueron unos verdaderos catequistas. Pienso que la vocación es vida y la vida es vocación, entonces el Señor va abriendo caminos y fui descubriendo mi vocación desde temprano. De niño quise ser salesiano, pero era tan pequeño que no me creyeron. Cuando salí de sexto grado, un día viniendo de coger café con mi papá, él me preguntó: -¿vas a entrar a los salesianos, o vas al colegio San Luis? Y yo le contesté que me iba al San Luis. Una vez terminado el colegio decidí irme al seminario. En el caminar, un buen día me encontré ahí por la plaza de deportes a un borrachito que me dijo: -Aunque usted no lo diga nosotros vemos que usted va a ser padrecito. Eh, Dios se vale de todo. En ese proceso antes de entrar al seminario, me dediqué a ayudar en la catequesis, que consistía en tomar la lección; se llamaba entonces La Explicación, aunque nadie explicaba nada, era solo tomar lo estudiado, con el catecismo abreviado de la doctrina cristiana, de Monseñor Thiel, que me enseñaron acá; mamá, palmeando las tortillas me enseñaba el padrenuestro, el avemaría, y lo demás, y papá cansado del trabajo se acostaba y me tomaba la lección. 

Usted se va al seminario una vez terminada la secundaria: ¿en qué momento se percata de que no se equivocaba, y que persistía aquel llamado a la vida sacerdotal?

Entré al seminario el 8 de marzo de 1946. Cuando nos trasladamos al nuevo seminario en Paso Ancho, fui el primer campanero porque los padres alemanes eran muy formales y vieron que yo era muy puntual. Yo era demasiado tímido y muy serio, eso agradaba a los padres formadores, les caí bien, porque era -según su parecer- el tipo de seminarista que ellos querían y apreciaban; en esa confianza fue creciendo y afianzándose mi vocación, fíjate que hasta llegué a ser decano del seminario, tal era la confianza de los formadores y seminaristas en mi persona. 

¿Tuvo algún mentor, un guía espiritual, en su proceso de discernimiento?

Se interesó por mí Monseñor Alfonso Coto Monge, que fue un gran sacerdote y fue siguiendo ahí mi vocación, le agradezco muchísimo. Agradezco también a Monseñor Rubén Odio, que era mi párroco y recibió la propuesta para mi ingreso al seminario; él me mandó con el Padre Álvaro Coto Orozco, que después fue mi Vicario General en la Diócesis de San Isidro; él me presentó al seminario y Monseñor Sanabria me recibió como uno de sus nuevos seminaristas, lo mismo que a Luis Martínez Ortega y a Edgar Rivera, ambos de Cartago también, y que como vos bien sabés, llegaron a ordenarse sacerdotes; el Padre Martínez ya falleció, Edgar si vive aún. 

Usted terminó sus estudios en Roma y recibió ahí mismo su ordenación sacerdotal. Cuénteme: ¿cómo fue el paso de San José a la Ciudad Eterna?, ¿quién le comunicó que iba a ser obispo?,¿Pasó por su mente algún temor, alguna inseguridad; o se sentía preparado para ello? La respuesta a estas y otras preguntas en la edición impresa de Eco Católico. 

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