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El amigo inoportuno

By Pbro. Mario Montes M. Mayo 30, 2020

¿Qué aprendemos de este amigo importuno, con respecto a la oración? ¿Hemos de “molestar” a Dios con nuestras peticiones?

En la vida conocemos a personas necias e inoportunas, que llegan a molestar, tal vez pidiendo algo de comida, otras, dinero en efectivo, incluso hasta atención y tratamos de evadirlas, como para “quitárnoslas de encima. Algunas por verdadera necesidad, otras por “joder” o fastidiar como decimos los ticos. Un poco de esto es lo del personaje que hoy trataremos: el amigo importuno de Lucas 11,5-13. Pero vayamos al texto:

Jesús agregó: “Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”.

Encontramos en el Evangelio de San Lucas (11,1-13) un pequeño tratado sobre la oración y dentro del mismo, la parábola del amigo inoportuno y finalmente, unas consideraciones sobre la confianza en la oración. Todo el texto ofrece una gran unidad y viene a ser como un comentario a la eficacia de la oración, continua y perseverante.

Amigos como intermediarios para pedir favores (Lc 7,6)

Era muy frecuente en Palestina que los viajeros llegaran a sus destinos, cuando ya había caído la tarde e incluso a media noche. La hospitalidad era un deber sagrado de todo judío, sin importar el momento de la llegada; se ofrecía algo de comer al huésped, aunque fuera necesario pedir prestado a un vecino. En efecto, la situación descrita por Jesús en la breve parábola, es la de una persona que se encuentra a media noche tocando la puerta en la casa de su amigo, para pedirle un favor (un préstamo).

Resulta que un inesperado visitante lo tomó de sorpresa a medianoche -pues a veces se preferían los viajes nocturnos para evitar el calor del día- y lo encontró sin ninguna provisión para atenderlo bien (recordemos las acciones de Marta con Jesús viajero, en Lc 10,40-41). Es verdad que muchas de estas eventualidades no se pueden prever; no es su culpa. ¿Qué se esperaría, entonces, que haga el amigo? (recordemos la lección del samaritano en Lc 10,36-37).

Encima, la historia tiene como agravantes: es medianoche (Lc 11,5); y, en consecuencia, no hay ninguna panadería abierta a esa hora (en el caso de ser una ciudad); luego es una verdadera impertinencia o necedad hacer levantar al amigo, porque no es fácil de abrir (Lc 11,7ª, pues en ese tiempo las puertas eran de hierro o de madera pesada); es inconveniente ponerse él mismo a asar un pan casero, estando el visitante ya en la casa a esas horas. Lo peor de todo es que el favor -de prestar tres panes que son una generosa ración para una sola persona- parece inviable, porque la familia ya está durmiendo y ésta parece ser una casa campesina judía, por lo general de un solo cuarto, que cuando llega la noche, toda ella es dormitorio para todos (Lc 11,7b). La respuesta, por lo tanto, es clara: “No puedo levantarme para dártelos” (Lc 11,7c).

Pero es verdad que si es impensable que el primer personaje, no ofrezca una buena hospitalidad al viajero (como Marta y María a Jesús), también parece improbable que aquel de quien se requiere un servicio, no lo haga por encima de todo (como el buen samaritano de Lc 10,33-37). Esto no cabe en la cabeza de un oriental.

No hay duda, el dueño de la casa está molesto, pero la responsabilidad va a prevalecer aún por encima de la relación de amistad (Lc 11,8ª). La “importunidad” o majadería (Lc 11,8b) de quien aquí se trata, no es la desfachatez del que toca la puerta, sino la “vergüenza” que siente el amigo de no ser hospitalario: será reconocido como un mal prójimo. Éste, al final, se muestra excesivamente generoso: “le dará todo lo necesario”, como dice Jesús (11,8c). Si un amigo da lo que se le pide, ante la insistencia del otro, con más razón Dios actuará así con los que se dirigen a él.

En la segunda parte del texto (Lc 11,9-13), vemos cómo la oración siempre alcanza su objetivo: el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre. Dios no necesita de nuestros halagos, para darnos lo que necesitamos, porque él ya sabe lo que nosotros necesitamos, antes de que nosotros se lo pidamos. En este sentido, san Lucas nos dice que la oración constituye una urgente invitación a la confianza y a la insistencia, con la certeza de ser escuchados. Basta precisar que Dios nos escucha, pero no en los tiempos y en los modos que fijamos nosotros.

La oración oída es la oración que nos transforma, que nos hace entrar, bajo el impulso del Espíritu, en el proyecto de Dios, que nos introduce en su acción. Lo que se recibe, no es automáticamente lo que se pide, sino el don del Espíritu, que nos permitirá afrontar las situaciones de la vida con la fuerza de Dios; así, la oración es confianza y no acción mágica que resuelve nuestros problemas o carencias.

El hombre majadero e insistente es un reflejo de lo que somos nosotros con Dios, al que podríamos “abrumar” con nuestras oraciones insistentes, a veces desconfiadas o todo lo contrario, confiados que él nos escucha y atiende. “Si Dios no abre de inmediato”, dice el P Molinie, “no es porque le guste hacernos esperar. Si debemos perseverar en la oración, no es porque sea necesario un número determinado de invocaciones, sino porque se requiere cierta calidad, cierto tono de oración. Si fuéramos capaces de presentarla de entrada, inmediatamente escuchada…” (Comentario de la Biblia Latinoamericana, Letra Grande, p. 187; de Lc 11, 1-13). Que así lo practiquemos.

Last modified on Sábado, 20 Junio 2020 19:36

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