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Lázaro, el mendigo

By Pbro. Mario Montes M. Junio 06, 2020

¿Quién es hoy el pobre Lázaro, entre nosotros? No será difícil encontrarlo… A lo mejor ya está llamando o frente a nuestra puerta…

Conocemos muy bien a los protagonistas de la parábola del hombre rico y de Lázaro, el mendigo, de Lucas 16,19-31, que escuchamos el domingo 29 de setiembre del año pasado (Domingo XXVI del Tiempo Ordinario).  Ambos personajes aparecen unidos en la parábola, pero hoy los vamos a separar, para presentarles a Lázaro el mendigo y darle el lugar preferencial que merece y al que Dios le dio en el seno de Abrahán. Pero antes de conocerlo, vamos a presentarles la situación política y económica de Israel, reflejada en el texto evangélico

La situación de los pobres en Israel, en tiempos de Jesús 

En el año 64 a. C. los romanos invadieron Palestina e impusieron al pueblo un pesado tributo. Los historiadores calculan que, más o menos, la mitad del ahorro familiar se destinaba al pago de los tributos, impuestos y tasas del gobierno romano. Roma, además, hizo una reorganización geopolítica en la región. Antes de la invasión romana, toda la región, desde Tiro y Sidón hasta la frontera con Egipto, era gobernada por los asmoneos, una familia descendiente de los macabeos. Después de la invasión, quedaron sólo tres regiones bajo el gobierno de los judíos: Judea, Perea y Galilea. Para poder tener el control de los pueblos dominados, con un mínimo de sacrificio y gastos propios, los romanos querían atraerse a su favor la élite local.

En efecto, la élite local de Israel para los romanos eran los saduceos, los ancianos, algunos publicanos y parte de los sacerdotes, gente pudiente. Así, todo este cambio producido por la invasión romana, hizo que los judíos que habitaban en otros territorios de aquella región, emigraran casi todos hacia la región de Judea y Galilea. Consecuencia: la población se duplicó en aquellas regiones y disminuyó en la mitad el ahorro familiar. Resultado: por un lado, empobrecimiento progresivo, desocupación, mendicidad y pobreza extrema. Y por otro, el enriquecimiento exagerado de la élite local, apoyada por los romanos. El retrato fiel de esta situación crítica, la podemos ver muy bien reflejada en la parábola del pobre Lázaro y del rico epulón.

Lázaro, el mendigo 

Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico...pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán… El rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno… (Lc 16,20. 22ª.23b).

La parábola del rico epulón comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa; tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas. El cuadro es sombrío y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática, si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente “Dios ayuda”. Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, Lázaro para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado y recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano. Es probable que este mendigo fuera un limosnero bien conocido por los oyentes de Jesús o de una figura proverbial, de algunos cuentos populares de la época. No es Lázaro, el hermano de Marta y María (Jn 11,1), ni tampoco “San Lázaro”, santo propio de la santería cubana.

El cambio de su situación 

El pobre muere y es llevado por los ángeles al seno de Abrahán. En algunas traducciones se pone así: “al banquete de Abrahán” (¡se había muerto de hambre…!). Y por ello, digno de ser llevado al banquete de Reino de Dios (Lc 13,29; 14,15-24; Mt 22,1-10). El seno de Abrahán es la fuente de la vida, de donde nace el pueblo de Dios. Lázaro, el mendigo, pertenece al pueblo de Dios, forma parte del pueblo de Abrahán, del cual estaba excluido, puesto que yacía hambriento a la puerta del rico. El rico que piensa ser hijo de Abrahán, también él muere y es sepultado. Pero no va al seno de Abrahán, sencillamente porque no es hijo de Abrahán.

Pues bien, la clave para entender el sentido de esta parábola, es el mendigo Lázaro. Dios viene a nosotros en la persona del pobre, sentado a nuestra puerta, para ayudarnos a colmar el abismo insondable que los ricos han creado. Lázaro es también Jesús, el Mesías pobre y siervo, que no fue aceptado, pero cuya muerte cambió radicalmente todas las cosas. Es la luz de la muerte del pobre que lo cambia todo. El lugar del tormento es la situación de la persona sin Dios (¡ojo!, el texto no es una descripción del infierno). Por más que el rico piense tener la religión y la fe a su favor, después de muerto según el texto de Lc 16,23-31, no hay forma de que pueda estar con Dios, pues no fue capaz de abrir la puerta al pobre, como lo hizo en cambio, Zaqueo el publicano (ver Lc 19,1-10).

Lázaro hoy 

El mendigo Lázaro representa el grito de los pobres en tiempos de Jesús, del tiempo de san Lucas y de todos los tiempos. Son los pobres, marginados, los inmigrantes despreciados, los enfermos desahuciados, los drogadictos, los excluidos de la sociedad, los que no gozan del bien común, los explotados, los niños, las mujeres y los adultos tratados como mercancías baratas en el tráfico de personas… La lista se hace interminable. Somos llamados a buscarlos y a procurar sacarlos de su terrible marginación y miseria. No hay que ir muy lejos para encontrarlos entre nosotros.

Last modified on Sábado, 20 Junio 2020 19:23

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