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La familia, “Iglesia doméstica”

By Pbro. Ronny Solano Mayo 30, 2020

En el Nuevo Testamento, especialmente en Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo, descubrimos la importancia que tiene la vida doméstica en el desarrollo de la evangelización y la vivencia del culto, específicamente de la Eucaristía. Es evidencia de que la liturgia cristiana se inició en las casas de las primeras familias que se convertían. Así se da testimonio en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que narra los inicios de nuestra Iglesia: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles… partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.” (2,46). “Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas” (5, 42)

También en las cartas del Apóstol Pablo encontramos testimonios de esa Iglesia doméstica que transmite la fe: “Doy gracias a Dios, a quien, como mis antepasados, rindo culto con una conciencia pura, cuando continuamente, noche y día, me acuerdo de ti en mis oraciones… Pues evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti.” (II Timoteo 1, 3.5). Y en la Carta a los Romanos leemos: “y del mismo modo saludo a la Iglesia que está en su casa”. Aquí se está haciendo referencia al hogar de Priscila y Áquila, matrimonio que había abandonado la vida pagana para hacerse cristiano después de escuchar la predicación de Pablo. (16,5)

“Desde sus orígenes el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, ‘con toda su casa’ habían llegado a ser creyentes (Hch 18,18). Cuando se convertían, deseaban también que se salvara ‘toda su casa’ (Hch 16,31). Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente”.1 “La casa entendida como “personas” unidas por la misma sangre, o vínculos socio-familiares fue el primer escenario en donde se acogió y experimentó el cristianismo… La familia se convirtió en un centro de vida eclesial y de evangelización.”2 En efecto recuerda el Papa Francisco en Amoris Laetitia que ser Iglesia doméstica determina es espiritualidad propia de la familia cristiana que la hace transformadora del mundo.3

En el siglo IV San Juan Crisóstomo llama a la familia “pequeña iglesia” o “Iglesia doméstica”. Exhortará a prolongar la liturgia en la propia casa, es decir a hacer de la familia una Iglesia, en efecto invita a que “una vez que hayamos regresado a casa, preparemos una doble mesa: una de los alimentos y otra de la Sagrada Escritura, y el varón repita aquellas cosas que fueron dichas y la mujer enseñe y los hijos oigan, de igual manera los criados reciban esta instrucción. Haz de tu casa una Iglesia: la salvación en ti está en responder por tus criados y por tus hijos.”4. “Si sabemos administrar así nuestras casas, seremos aptos para administrar la Iglesia: la casa en efecto es una pequeña Iglesia”5

El obispo de Hipona, San Agustín, explicaba con vehemencia que en esta Iglesia doméstica el cabeza de familia (entiéndase especialmente el papá) tiene un medio primordial para evangelizar desde el sacerdocio común de los fieles. En efecto se dirigía al padre diciendo: “¡ocupen mi lugar en la familia! Todos los que son cabeza de familia tienen el deber de ejercer una misión sacerdotal y cuidar la fe de los suyos… ocúpense con toda diligencia de la salud espiritual de las personas a ustedes encomendadas”6

Ya en nuestros tiempos será el mismo Concilio Vaticano II el que hará resonar, de manera muy especial en el Magisterio actual, la imagen de la familia “Iglesia doméstica”: Afirman los pastores de la Iglesia: “En esta especie de Iglesia doméstica los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe mediante la palabra y el ejemplo”.7 “La familia ha recibido de Dios esta misión de ser célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá esta misión si por la mutua piedad de sus miembros y la oración común dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia”8

Pablo VI ve en la Sagrada Familia de Nazaret, el modelo a seguir por toda familia cristiana para ser verdaderamente una Iglesia doméstica, porque ella es “la escuela del Evangelio” donde podemos iniciar a comprender la vida de Jesús. Nos enseña a vivir el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oídos a las buenas inspiraciones y a las palabras de los verdaderos maestros, nos enseña la necesidad y el valor de la preparación, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la oración que Dios sólo ve secretamente. Nos muestra lo que realmente es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseña lo insustituible que es la pedagogía familiar en la formación de una sociedad. Es este modelo el que hace comprender la necesidad de una disciplina espiritual, si se quiere llegar a ser alumnos del Evangelio y discípulos de Cristo.9

Por esta razón, aún escuchamos el eco del Discurso Inaugural de Aparecida cuando el Papa Benedicto XVI afirmaba que la familia “ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente... La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos.”10 El Papa Francisco nos recuerda que esto sucede porque es en la familia donde “madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia, el misterio de la Santa Trinidad. En ella “se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida.”11

La Iglesia doméstica en la Iglesia Universal

Pablo VI afirmaba que en cada familia “Iglesia doméstica” deberían reflejarse los diversos aspectos de la Iglesia entera” y uno de estos es evangelizar.12

Es la evangelización lo que pone a la Iglesia doméstica en relación con la Iglesia Universal; para que la familia cristiana sea una verdadera Iglesia doméstica debe estar siempre acompañada por la Iglesia que la evangeliza y le comparte su misión de ser a la vez evangelizadora, constructora del Reino de Dios en esta tierra; junto a la Iglesia y no separada de ella. En efecto afirmaba Juan Pablo II que “entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia. Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y características de tal participación, se debe examinar a fondo los múltiples y profundos vínculos que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana. Esos vínculos que hacen de esta última como una «Iglesia en miniatura» de modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia.”13 Esta relación se concreta en la Parroquia que es familia de familias.14 La parroquia es el hogar de la fe. En ella nacemos como cristianos, en ella creemos y nos educamos en la fe; y en ella vivimos la fraternidad y el compromiso cristiano. Pero este hogar grande, que es la parroquia, necesita de los hogares familiares para cumplir su misión. Por eso decimos que la familia es como una Iglesia en pequeño o “la Iglesia doméstica” porque es la primera comunidad donde descubrimos la fe y el amor y donde aprendimos a vivirlo. De allí que el Papa Francisco afirme que “la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino”15

La Iglesia doméstica en tiempos de Covid-19

La pandemia que sufre actualmente el mundo debido al corona virus “Covid-19” ha hecho que las autoridades de salud de nuestro país hayan pedido a nuestros pastores el cierre temporal de los templos mientras pasa esta crisis sanitaria que nos afecta a todos por una u otra razón. Por otro lado, se ha pedido a las familias “no salir de casa” para proteger la salud de sus miembros. Esta situación ha provocado que en la Iglesia Universal se haya destacado, tal vez hoy más que nunca, la importancia de la familia cristiana como Iglesia doméstica. Prácticamente todas las parroquias del país han acompañado a sus familias, a través de la puerta de las redes sociales, y otros medios de comunicación. La Iglesia doméstica no ha perdido ni el contacto ni la sintonía con sus pastores (obispos, párrocos, vicarios parroquiales, capellanes, diáconos y más) en medio del confinamiento sanitario. También las familias han querido convertirse en cenáculos de oración elaborando altares u oratorios en sus casas en torno a los cuales se congregan para orar. Antes se abrían las puertas del templo para que entraran todos a la Iglesia, hoy se abren las puertas de las familias para que se siga haciendo presente en ellas la Iglesia. De algún modo se ha desarrollado más familiaridad de las familias con la comunidad cristiana y más sentido eclesial en las familias de las parroquias. Es decir, se ha logrado más esa correlación entre la familia y la comunidad cristiana. Se ha notado como una tiene necesidad de la otra. La Iglesia como tal ha proveído a las familias de las celebraciones de los sacramentos con transmisiones desde las redes y medios de comunicación, se ha editado subsidios desde las parroquias, diócesis, Conferencia Episcopal y hasta desde el mismo Vaticano para ayudar a las familias a comprender temas como la Comunión Espiritual, el perdón de los pecados sin el sacramento de la Reconciliación, celebraciones familiares para Cuaresma y Pascua, y más. No se ha abandonado a las familias que piden compañía ante situaciones de duelo. A la vez las diferentes comunidades cristianas no han abandonado a los pobres y las familias que más están sufriendo por esta pandemia, ya sea por la pérdida de un ser querido o por el desempleo. Por su lado los fieles han sido muy generosos con sus parroquias ayudando para poder superar la crisis económica ante la ausencia total de fieles ante la celebración de los sacramentos.

Hoy no nos tiene que desgastar el decir o pensar que esta crisis sanitaria habrá alejado a la familia Iglesia doméstica de la Parroquia, porque los signos son otros y los frutos de comunión eclesial son evidentes porque la naturaleza de la Iglesia es la unidad. Que sigan las diócesis y parroquias acompañando a todas las familias cristianas con transmisiones y subsidios para que sigan rezando el Santo Rosario y otros oficios piadosos; para que se preparen a ver y escuchar la Santa Misa desde sus hogares; para que puedan orar con la Palabra de Dios; para que todos podamos celebrar la fe según el ritmo litúrgico de la Iglesia. Y sigan las iglesias domésticas orando por sus pastores y por la pronta superación de esta pandemia; sigan apoyando a los pobres y a las familias heridas por esta situación; y sustentando a sus parroquias para que decaigan en sus asuntos administrativos. Todo esto es lo que hace a la Parroquia familia de familias, y será mucho más fuerte después de esta experiencia sanitaria que el Señor ha aprovechado para hacer más rica la experiencia de familia cristiana como “Iglesia doméstica”

Que sea la Santísima Virgen María, compañera de camino, la que nos enseñe a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseñe a orar para mantener encendida la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son las preocupaciones del Señor. Que sea ella la que recuerde a cada Iglesia doméstica, especialmente en este tiempo de pandemia, que el mejor vino está por venir.16

 

1CIC 1655

2Mons. Flavio Calle Z. La familia cristiana como Iglesia doméstica.

3AL 324

4San Juan Crisóstomo. In Gen. Sermo 6,2, Pg 54, 60

5San Juan Crisóstomo. In Ep. AD Eph 20, 6; PG 6d2,143

6San Agustín, Strom. Lib II,C. X, PG 8, 1169

7LG 11

8AA 11

9Cfr. Pablo VI. Peregrinación a Tierra Santa. 5/1/1964

10Papa Benedicto XVI. Discurso Inaugural Aparecida. 13/5/2007

11AL 86

12EN 71

Last modified on Sábado, 20 Junio 2020 19:43

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